Desde sus primeras ediciones hemos estado cerca de Pantalla Pinamar, ya sea como invitados, ya sea cubriéndolo, inclusive con una participación en la competencia oficial, más exactamente la del año pasado, cuando La Tigra, Chaco -de la que varios integrantes del staff formamos parte del equipo de dirección y producción- se alzó con dos galardones: Premio Balance de Bronce y Premio SIGNIS (ver).
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Inés Efrón y Nahuel Pérez Biscayart en Cerro Bayo (2010, Victoria Galardi)
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Exceptuando la mudanza de calendario -pues originalmente se celebraba en diciembre y luego pasó a marzo- me atrevería a decir que este festival mantiene sus objetivos en el tiempo sustentados por una estructura sólida pero dinámica, siempre en proceso de expansión. En este sentido, la organización es un punto destacado en este festival, tanto en lo que respecta a la rigurosidad de los horarios de programación y atención en salas, así como también la oferta de conferencias de prensa, la atención a críticos y demás especialistas por parte del equipo de prensa del festival, además de los espacios de encuentros con representantes diversos del quehacer audiovisual (Pinamar es un excelente espacio para encontrarse de cerca y con tranquilidad con realizadores, actores, productores, programadores y periodistas).
Descontando nuevamente su efectivo funcionamiento, pasemos ahora a revisar parte de la programación del Séptimo Encuentro Cinematográfico Argentino-Europeo.
En primer lugar comencemos con la competencia oficial, integrada en su mayoría por algunas de las mejores producciones argentinas del último año 2010, de gran reconocimiento tanto en festivales nacionales como internacionales, convirtiéndose en una buena posibilidad para ver en pantalla grande algunas de las películas que nos perdimos en el momento de su estreno o simplemente como una buena posibilidad de revisarlas nuevamente. A éstas hay que sumarles algunas premieres que funcionan como preestrenos antes de su lanzamiento en la cartelera comercial, como fueron los casos de Juntos para siempre (2010, Pablo Solarz) -que además fue la película de ceremonia de apertura del festival- y Cerro Bayo (2010, Victoria Galardi). Con relación a la primera, una apuesta compleja y arriesgada del guionista de Historias mínimas (2002, Carlos Sorín), debutando en la dirección con una comedia -aparentemente romántica- que migra -no sin ciertos altibajos- hacia lugares oscuros, buscando a través del fenómeno del humor visitar un universo interior de ribetes trágicos, dejando un sabor amargo al finalizar la historia de Gross, su protagonista, un guionista cinematográfico (con una referencia tan marcada imposible no pensar en lo autobiográfico) de lastimosa existencia (desconexión sentimental con relación a todas sus mujeres, devenida de su nacimiento no deseado y la marcada ausencia de la figura paterna que lo abandonara de pequeño). Con relación a la segunda, a mi criterio una de las perlas que descubrí en este festival. La segunda película de la directora neuquina explora a través de una premisa clara como lo es intento de suicidio de la matriarca de la familia, los sinsabores del resto de sus integrantes que ven trastocada su cotidianeidad, replanteando sus vínculos, sacando a relucir sus miserias y traumas intestinos, a través de personajes de carne y hueso. En este sentido, imposible no señalar el gran trabajo de dirección de actores y la química que existe cuando se encuentran en la pantalla Inés Efrón y Nahuel Pérez Biscayart, a la que se suman las hermanas interpretadas por Verónica Llinás y Adriana Barraza. Habrá que esperar hasta agosto para verla en las salas comerciales de Buenos Aires.
Entre las ya estrenadas en 2010 comencemos por Rompecabezas (2010, Natalia Smirnoff), cuyo título es una pieza que encaja a la perfección con la construcción de sentido que atraviesa el universo y la vivencia de María del Carmen, un proceso de reconstrucción identitaria (ser deseante en tanto ser deseado) impulsado a partir del encuentro fortuito con la mirada de Nefertiti, al concluir su primer rompecabezas. En este sentido, la película se construye a partir de una puesta en escena orgánica y coherente con el latir de su protagonista: planos cerrados y cortos, montados mediante la lógica del raccord elíptico (pequeñas supresiones temporales entre plano y plano sin anular la unidad temporal de la escena), espacios siempre de fondo, muy delimitados, y subordinados al rostro de los personajes, y una cámara ágil y resuelta que los sigue muy de cerca, casi pegada, para ver y escuchar sus mínimas expresiones, las más íntimas y secretas, al detalle. De este modo, la totalidad de la imagen (personaje), como en el rompecabezas, se completa sólo al unir todas las piezas. Un panorama no declarado de antemano, sino vislumbrado a partir del devenir de los sucesivos fragmentos. Quizás por ello la imagen final -que funciona como epílogo y donde se suceden los créditos finales- sea uno de los escasos momentos donde la cámara toma distancia para abrir el plano y encontrar de cuerpo entero a María del Carmen, sentada sobre el verde, en un picnic improvisado nuevamente en la Laguna de Chascomús, aunque esta segunda vez liberada, con ella misma.
Casi con las mismas palabras dedicadas en el párrafo anterior en cuanto la construcción de los espacios, la aplicación de los tiempos y al uso de la cámara y la cercanía a los personajes (con la salvedad si se quiere de los planos secuencias al final del recorrido), podríamos describir algunos de los rasgos más marcados de la puesta que caracteriza a Carancho (2010, Pablo Trapero). También aquí, siguiéndolos muy de cerca encontramos a Sosa y Luján, cuya unión surge como un intento desesperado por correrse de la marginalidad a la que pertenecen (marca autoral de Trapero con relación a sus personajes), corregir algunas cosas del pasado y hacer lo que es debido y apropiado por una vez, darle un nuevo sentido a sus grises y fatigadas existencias. Sin embargo, “cuando pensaba que estaba fuera, me vuelven a meter” dice Michael Corleone en El Padrino Parte III (The Godfather: Part III, 1990, Francis Ford Coppola), palabras que encajan al dedillo para describir el futuro próximo de los protagonistas de esta historia. No debemos olvidar que se trata de un policial negro, y saldar las deudas y abandonar el universo delictivo al que pertenecen no es un doblez fácil ante un destino trágico que irremediable se les impone, y su amor, imposible por cierto, los lleva directo al mismísimo descenso a los infiernos, aunque con ubicación geográfica en el conurbano bonaerense (otro de los rasgos comunes del realizador).
Sigamos con La mirada invisible (2010, Diego Lerman). La tercera película del realizador (adaptación junto a María Meira sobre la novela Ciencias morales de Martín Kohan) tiene una ubicación contextual precisa: Argentina, 1982. Gobierno militar en decadencia, apenas meses antes de La Guerra de Malvinas. Sin embargo, -y más allá de las contundentes e ilustrativas imágenes documentales que conforman el epílogo de la película-, no es la rigurosidad historicista lo que interesa aquí (de hecho, existen cantidad considerable de licencias epocales), sino utilizarla como marco para dar cuenta de una atmósfera sombría producto de un poder represivo en decadencia, del aparato represivo del Estado que se traslada análogamente a cualquiera de sus instituciones, como al colegio por ejemplo, más precisamente al Colegio Nacional de Buenos Aires (en el universo ficcional, ya que las autoridades no permitieron a la producción de la película filmar en el establecimiento real). Aquí, la preceptora María Teresa y el director Biasutto encarnan las figuras de la autoridad, los que ejercen coercitivamente la vigilancia y el control sobre los jóvenes alumnos, reflejo de la sociedad toda donde el poder “cincela el cuerpo y el alma de los individuos” -parafraseando a Michel Foucault- para lograr la total transparencia (la invisibilidad del título) de los sujetos para su clasificación, cálculo y utilidad. “Individuos útiles y dóciles al sistema” -agregaría-. Por ello, la elección del micromundo del considerado “el colegio” con mayúsculas, resulta una analogía contunde con el contexto al que refiere. Los alumnos son cosificados bajo la mirada de María Teresa que los vigila, los controla, los disciplina y los castiga. En este sentido, es un acierto contar la película casi exclusivamente desde el punto de vista de ella (nuevamente un cámara cercana, pegada al personaje, casi subjetiva), distanciándose del resto de los grupos y espacios con los que no encaja, a los que nunca termina de pertenecer, reforzándolo plásticamente al trabajar los cuerpos de los alumnos siempre de fondo, como si fueran parte de la escenografía, marcando el paso, tomando distancia, marchando por los pasillos del establecimiento como si fueran los niños autómatas de Another brick in the wall. Pero mientras se concentra su mirada controladora algo irracional e infame vive debajo de este (y de todo) aparato represivo, y que en este caso particular se manifiesta en la perversidad sexual de María Teresa, producto del miedo y del terror que perduran debajo de la coraza inmutable de su existencia, y que finalmente irrumpe y se manifiesta brutalmente en un doble acto de violencia: violación y asesinato, para recordarnos que una sociedad enferma, controladora, vigiladora, castigadora, conlleva en su seno el germen de su propia destrucción. Quizás por ello Lerman decida quedarse con los personajes en la escena final de la violación -de excelente interpretación actoral- en vez de tomar distancia y optar por contarla fuera de campo (como debatimos con mi compañero Nicolás Aponte A. Gutter a la salida de la proyección) para no dejar duda que la violencia genera más violencia, revelada aquí en el crimen cometido por María Teresa.
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Julieta Zylberberg y Omar Núñez en La mirada invisible (2010, Diego Lerman)
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Con Los labios (2010, Iván Fund y Santiago Loza) sucede algo único, intenso, maravilloso, emotivo, bello. Si obviamente pensar hoy día en términos estrictamente de ficción y documental resulta absurdo, es necesario destacar aquí el trabajo de cruce perfecto demostrado en la invisibilidad de sus fronteras, devenido de una puesta coherente y acabada, donde credibilidad, forma y significación son resultado de un todo orgánico. Con su honestidad expositiva y su interpretación sincera la película genera un tránsito emocional que conecta sin barreras, directa y sensiblemente, con las vicisitudes y sentimientos vividos por cada una de esas mujeres y los pobladores con los que se encuentran día a día al llevar a cabo su trabajo de asistencia social, luchando contra reales geografías de desolación enmarcadas en el norte argentino. En efecto, ese acercamiento se produce en parte porque cada una de las personas que dan testimonio ante la cámara son reales, retratos provistos de humanidad, de carencia y dolor sin filtros, y en parte también por el respeto y la sensibilidad con la que sus realizadores se acercan y registran, y que lejos de gestarse como mera ilustración forzada las imágenes obtenidas de esos encuentros entre ellas y los lugareños son el resultado de un equilibrio ético/estético. Como manifestara el propio Santiago Loza “es una película que sí o sí te obliga a cuestionarte cosas de manera permanente, siempre se generaban debates entre nosotros sobre la importancia de seguir filmando, sobre cómo continuar”. Los labios, una gran película.
En cuanto a lo estrictamente documental vale la pena mencionar Che, un hombre nuevo (2009, Tristán Bauer). ¿Cómo realizar un enfoque original para que un nueva versión se convierta en un aporte histórico valioso, considerando que se trata de una figura tan emblemática y tantas veces abordada por el documental pero también por la ficción como lo es la de Ernesto ‘Che’ Guevara? En principio -y aunque no asegure tampoco la solución demandada por el planteo de este interrogante- digamos que detrás de la película existe más de una década de investigación por parte de su realizador, lo que ya de movida es un buen síntoma. Agreguemos que gracias a su constancia Bauer consiguió revelar finalmente documentos sobre la muerte del Che que eran celosamente guardados por el ejército boliviano e imágenes privadas e inéditas de la familia (manuscritos, cartas, fotografías, películas). Y finalmente digamos que con rigurosidad, con inteligencia y lucidez, asoció todos esos elementos (algunos de ellos utilizados con anterioridad en otras visitas al personaje, pero sin la sensibilidad de ésta) con su mirada, para dar como resultado una nueva dimensión al hombre: lo nuevo del hombre que plantea el título del documental es la forma de encontrarse con él, como nunca antes se ha visto (estudiando, leyendo, escribiendo, explorando, trabajando, recitando poemas a través de la voz de su sobrino), generando un imagen de dimensión humana, lejos del retrato bustórico y la épica ilustrativa, lo que es sin lugar a dudas un gran aporte a una de las figuras centrales de la historia del último siglo.
Con relación a la ya clásica sección dedicada a aniversarios de películas argentinas (lo que muchas veces implica un gran esfuerzo de rastreo de copias en embajadas y cinematecas del mundo) este año fue el turno de Hijo de hombre (1961, Lucas de Mare), La película del Rey (1986, Carlos Sorín) -un habitúe ya del festival que en la edición 2009 participó en Gala de Inauguración con La ventana (2008), como preestreno nacional- y la siempre actual e inmensa Tiempo de Revancha (1981, Adolfo Aristarain).
Sigamos con los focos especiales -en algunos casos suponen también coproducciones con nuestro país- que dan acceso a películas europeas (este año con las presencias de Suiza y Alemania, además de la ya instalada selección de lo mejor del Festival de Málaga) o de otras cinematografías casi imposibles de ver en nuestro país, como es el caso del invitado especial de esta edición, el Cine de La India, conformado por películas actuales (2004-10) producidas en Bollywood, y donde se destaca el plato fuerte, Aparajito (1957) del gran Satyajit Ray, una proyección exquisita (copia nueva proveniente de una restauración reciente) y oportunidad única de revisitar esta obra maestra.
Y con relación al cine europeo este año nuevamente en Pinamar autores consagrados como Ken Loach, Shopie Barthes, Carlos Saura, Alex de la Iglesia, André Téchiné, y las destacadas Another year de Mike Leigh y Potiche, mujeres al poder de François Ozon (película de clausura, programada también en el Festival de Cine Francés 2011, la 3° edición de Les Avant-Premières que como en sus ediciones anteriores se llevará a cabo en las salas de cine del Patio Bullrich, del 17 al 23 de marzo próximo).
Por su parte, la agenda de actividades especiales, comenzando todos los días con las conferencias de prensa a las 10 de la mañana finalizando pasado el mediodía, son una buena oportunidad para dialogar con los protagonistas y responsables de las películas, este año con gran cantidad de invitados nacionales e internacionales.
A todo ello hay que sumarle el accesible precio de las entradas (un valor de $ 5, en tanto que los abonos para ver 10 películas a $ 30) y la posibilidad siempre latente de disfrutar de la playa en temporada baja junto a una justa cantidad de buen cine.
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Adela Sánchez y Victoria Raposo en Los labios (2010, Iván Fund y Santiago Loza)
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Al cierre de esta nota, se definen los ganadores de los Balance de Oro, Plata y Bronce, así como el Premio SIGNIS de cuyo jurado este año forma parte mi compañero de equipo Federico Godfrid, al que le deseo lucidez al momento del voto (ver premiados de Pantalla Pinamar 2011).