Dossier: Relación entre Ritmo y Sentido. El tiempo en el cine (2) Imprimir

Hablamos de otro lugar y otro tiempo. Y son otros porque las leyes que los gobiernan no son las mismas que las que estamos habituados a pensar que rigen el espacio y el tiempo en los cuales transcurren nuestras vidas. Ese otro lugar es el de la contemplación estética.

Por Adrián Szmukler.

 

RELACION ENTRE RITMO Y SENTIDO. EL TIEMPO EN EL CINE (2ª PARTE) 

(Septiembre 2009) 

Por Adrián Szmukler

  

El presente estudio está basado en una investigación que realicé en el año 1997 con una beca de la Universidad de Morón. Agradezco el apoyo de dicha Universidad, así como la colaboración del equipo de los entonces estudiantes: Pablo Casenave, Gonzalo Gil, Mariano Laguzzi, Romina Lescano y Valeria Malatino. Cabe destacar que la siguiente publicación ha sido actualizada y ampliada recientemente para este medio.

 

Segunda Parte

 

Algunas palabras sobre el tiempo

 

“¿Qué es, entonces, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé.”

San Agustín, “Confesiones”.

 

“Time is a funny thing. Time is a very peculiar item. You see, when you’re young, you’re a kid, you got time. You got nothing but time. Throw away a couple of years here, a couple of years there, it doesn’t matter, you know. The older you get, you say, ‘Jesus, how much I got? I got 35 summers left.’ Think about it: 35 summers...”

Benny (Tom Waits) en “La ley de la calle”, de Francis Ford Coppola.

 

"¿Por qué el tipo tiró el reloj por la ventana? Porque quería ver como volaba el tiempo."

Richard Forst (John Marley) en "Faces" de John Cassavetes.

 

"El tiempo que te ha sido acordado es tan poco que en cuanto pierdas un solo segundo habrás perdido ya tu vida toda, puesto que ésta no es más larga; es siempre sólo tan larga como el tiempo que pierdes. Por lo tanto, si has comenzado un camino síguelo bajo cualquier circunstancia; únicamente puedes ganar; no corres peligro alguno; quizá, al final, te vengas abajo, pero si después del primer paso te hubieses vuelto y hubieses bajado la escalera, inmediatamente y ya desde el principio te habrías venido abajo, y no quizá sino con toda seguridad. Por lo tanto, si nada encuentras en los corredores abre las puertas; si detrás de esas puertas no encuentras nada, hay todavía otros pisos; si arriba tampoco encuentras nada esto no es nada grave: esfuérzate y sube escaleras arriba. Mientras no dejes de subir no se terminan los escalones: crecen bajo tus pies que suben."

Franz Kafka, "Abogado".

 

“Y es que el tiempo no está hecho para ser conocido sino para ser vivido: escudriñarlo, excavarlo es envilecerlo, es transformarlo en objeto.”

Emile Cioran, “La caída en el tiempo”.

 

    

Fuimos acostumbrados a dejar de pensar en el tiempo. Se nos explicó -se nos mintió- que el tiempo no es otra cosa que una especie de envase homogéneo en el que nos suceden las cosas. Un envase que puede ser llenado con cualquier clase de contenido, y del cual se nos otorga una cantidad estadísticamente determinable a la que se le puso el irónico título de "expectativa de vida". Por lo tanto, si tenemos la suerte de nacer en Suecia (o la habilidad para mudarnos allí) tendremos una mayor cuota de esa cantidad que si tenemos la desgracia de nacer en Colombia. Sin necesidad de conocer Colombia o Suecia y sin entrar en juicios de valor, todos sabemos que no es posible comparar un año de vida en un país con un año de vida en el otro. Y no porque "pasan muchas más cosas en Colombia en un año, que en Suecia en diez", sino porque las cosas que pasan son distintas y, como ya nos explicaba la maestra, no se pueden sumar manzanas con las horas de trabajo de un albañil(1).

Pero no hace falta que nos vayamos tan lejos. Nos pueden repetir hasta el hartazgo que un minuto es siempre igual a otro porque todo minuto dura sesenta segundos. Pero si dedicamos sólo uno de esos minutos a pensarlo en concreto y con honestidad deberemos reconocer que nuestra experiencia sugiere lo contrario. Nos resultaría muy difícil encontrar un minuto igual a otro porque todos y cada uno de los minutos de nuestra vida fueron vividos y no podemos separarlos de lo que en cada uno de ellos vivimos. ¿Podríamos, acaso, comparar el minuto previo a nuestro primer beso con el decimoséptimo minuto de una reunión en la que nuestro jefe nos explica las disposiciones de las nuevas autoridades? ¿Qué tienen en común, salvo los sesenta segundos? Y los propios segundos que los componen, ¿podemos asegurar que son sesenta en ambos casos?

No vamos a decir, desde luego, que medir el tiempo no tenga utilidad. ¿Cómo, si no, podría organizarse la producción de mercancías en el mundo moderno, o cómo llegaríamos a tiempo al cine para no tener que ver la película empezada? La dimensión cuantitativa del tiempo es real y el mundo no se puede manejar sin ella, sólo sostenemos que no es la única y pretendemos poner en duda que sea la más real de todas. El cine es algo más que veinticuatro imágenes por segundo(2).

Estamos muy lejos de pretender clausurar milenios de especulación con relación al tiempo. De hecho, esperamos estimularla y, más aún, entendemos que el cine ofrece un terreno en el que toda especulación relativa al tiempo puede tomar cuerpo y ponerse a prueba. Teniendo esto en cuenta, lo que sí intentaremos es apuntar suscintamente algunas reflexiones que esperamos permitan abrir nuestra percepción a los fenómenos temporales y al modo en el que estos son trabajados por el cine.

Hace casi un siglo –desde la Teoría de la Relatividad General–, que la Física ha demostrado que el tiempo no es homogéneo y que es una dimensión inseparable no sólo del espacio, sino también de los sucesos. Estos ya no suceden en el tiempo, sino que lo producen. Y –atención– nos estamos refiriendo al tiempo físico, cronólogico, no a la percepción que tenemos de él. No nos vamos a extender en el análisis de la dimensión física del tiempo, simplemente queremos subrayar que la noción del tiempo como coordenada externa e inmutable (el tiempo absoluto de Newton), que contiene lo que deviene sin verse afectada por ello, ha sido abandonada por la ciencia en el propio terreno de la física hace ya suficiente tiempo como para que el sentido común de nuestra época (supuestamente orientado por la ciencia positiva) la conserve dominando la percepción cotidiana(3).

La visión positivista –la visión dominante– aún a contrapelo de la ciencia positiva se obstina en suponer que el tiempo es sucesivo y unidireccional. El mundo todo se va modificando instante tras instante de modo irreversible, cada acción puede cambiar el futuro, abierto e indefinido. A toda causa le sigue un efecto que se transforma en causa de un nuevo efecto y así sucesivamente. En eso consiste el devenir y el tiempo es su medida. Fluye de modo constante, homogéneo. No es más que cantidad y se lo puede medir. La verdad del tiempo está en el reloj.

Desde esa perspectiva el tiempo no tiene misterios, no esconde nada porque es indiferente a lo que en él transcurre. Existió en cantidad infinita antes del nacimiento del Universo y seguirá existiendo infinitamente después. No sólo nuestra vida, no sólo la historia de la humanidad ni la existencia del sistema solar, toda la duración del Universo no es más que un instante arbitrario, una infinitesimal irregularidad frente a la límpida infinitud del tiempo positivo. Cualquier pregunta por cualquier sentido, cualquier inquietud es absurda ante ese tiempo abrumador.

Desde luego no es, fue, ni será la única manera de concebirlo.

Dice Platón que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. La eternidad no es la adición acumulativa de todo el tiempo, sino que éste es el despliegue sucesivo de lo que en "otro lugar" coexiste en unidad. Ese otro lugar es la eternidad y es, necesariamente, ontológicamente anterior al tiempo sucesivo: La eternidad es el motor inmóvil del tiempo. Todo el tiempo sucesivo, cada uno de los momentos que lo componen, refieren en conjunto a un centro que les da coherencia... es decir, sentido. El tiempo, es mucho más que la medida del devenir ya que está compuesto por lo que deviene. Y remite o recuerda, siempre, a su origen.

Pero si la intuición intelectual puede apropiarse del devenir como totalidad otorgándole un sentido, nuestro entendimiento no puede hacerlo sino fraccionándolo: por un lado en momentos sucesivos (eras, épocas, eones, edades, minutos, etc.), por otro en órdenes (cosmológico, biológico, social, psicológico, moral, etc.) y, finalmente, en situaciones simultáneas (mientras yo escribo esto alguien tiene una pesadilla, otro está agonizando, un ser está siendo concebido; mediante la imaginación de algún modo los convoco y establezco un vínculo).

 

El tiempo sucesivo

 

“Subí a mi cuarto; absurdamente cerré la puerta con llave y me tiré de espaldas en la estrecha cama de hierro. En la ventana estaban los tejados de siempre y el sol nublado de las seis. Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí...”

Jorge Luis Borges, “El jardín de los senderos que se bifurcan”.

 

“Pon tu mano sobre una estufa caliente durante un minuto y te parecerá una hora. Siéntate junto a una chica bonita durante una hora y te parecerá un minuto. Eso es la relatividad.”

Albert Einstein.

 

“- Creeme, Halton, un hombre no debería poner obstáculos en su camino.
- Imagino que exactamente eso le habrá dicho Bruto a César, cuando César dijo: ‘Bruto, acabo de conocer una chica egipcia que se llama Cleopatra y me está volviendo loco’
- Bueno, si mi recuerdo de la historia es correcto, César lo superó, ¿no?
- Correcto. Pero mi querido, Cleopatra no era Angel. Si César hubiera conocido a Angel, hubiera cambiado la historia del Imperio Romano.
- Sí, hubiera caído doscientos años antes.
- ¿Y qué son doscientos años de historia? Veinticinco páginas. Pero una hora con Angel....
- ...son sesenta minutos.
- (negando con la cabeza) Tres mil seiscientos segundos.”

Herbert Marshall (Sir Frederick Barker) y Melvyn Douglas (Anthony Halton) en “Angel” (1937), de Ernst Lubitsch.

 

"Si usted lo piensa bien, cada segundo es un precipicio, un precipicio de una milla de altura, lo suficientemente elevado, si llegamos a caer, como para arrancarnos cada rasgo de humanidad."

Robert Louis Stevenson, "Markheim".

 

"Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
And time future contained in time past.
If all time is eternally present
All time is unredeemable."

T. S. Eliot, "Burnt Norton".

 

 

Veamos. La fragmentación del tiempo en momentos sucesivos no parece ofrecer demasiadas dificultades porque es el dominio de la cronología. El día y el año, con su regularidad cíclica establecen un patrón natural que se subdivide o multiplica definiendo fragmentos más largos y más cortos. Las medidas que así obtenemos se vuelven objetivas y demuestran su precisión al permitirnos situar inequívocamente cualquier acontecimiento en relación temporal con los demás. Permiten que organicemos nuestra vida y la de nuestra comunidad, establecer simultaneidades y relaciones entre distintos acontecimientos, actividades, etc. Además configuran una Cronología ordenada de todos los hechos del universo. Así, que la edad de la Tierra es de 4.500 millones de años (millón más, millón menos), que Colón llegó a América el 12 de Octubre de 1492 (hora más, hora menos) o que hace dos horas que estoy escribiendo (minuto más, minuto menos). Como de una ojeada al reloj podemos predecir el exacto momento en el que saldrá la luna creemos que nos hemos apoderado del tiempo. Dentro de los límites de los movimientos mecánicos y a la escala de nuestro planeta, esto es rigurosamente cierto. Pero la existencia se vería muy empobrecida reducida a esos límites y, por otro lado, si miramos con detalle, veremos que se trata de un rigor, en verdad, rigurosamente relativo…

Cada minuto se nos presenta como un pequeño ladrillo que se va apilando a los demás formando horas, días y así sucesivamente. Cada fragmento de tiempo tiene así una duración fijada con precisión. Sin embargo, equivocarse por un año en el cálculo de alguna fecha no es lo mismo si el cálculo refiere al nacimiento de la Tierra o a la última vez que el equipo del que somos hinchas fue campeón. Tiene más realidad, densidad y consistencia el año pasado que el año 15.000 a. C., o el año que viene más que el año 15.000. A medida que el tiempo se aleja de nosotros las medidas (días, años, siglos) parecen irse achicando, del mismo modo que lo hacen en el espacio las medidas métricas con la distancia(4). Si en algún momento se establece con más precisión que la Tierra en realidad nació hace 4.483 millones de años, los 17 millones de años de diferencia con la estimación anterior nos va a parecer muy pequeña (¡y estamos hablando de 17.000.000 de años!), en tanto que puede parecernos natural que una chica se ofenda si su novio comenta que hace 7 meses que están saliendo, cuando en realidad son 8. Se dirá que es una cuestión de proporción de magnitudes y es cierto, pero no deja de ser cierto, entonces, que esas magnitudes son relativas y, por lo tanto, elásticas.

El tiempo es siempre tiempo experimentado y se constituye en relación a un sujeto que lo vive con intensidad variable. A todos nos pasa que hay horas que se nos escapan como minutos y minutos que se nos estiran como horas. A medida que crecemos, el tiempo transcurre con mayor velocidad: en la infancia un día es mucho más largo que en la madurez porque está lleno de incertidumbres y descubrimientos, todo es nuevo y deja marcas que le dan una densidad que no tiene el día de la madurez. Cuando la experiencia domina nuestra aproximación al mundo este tiende a perder su misterio, los días se parecen más unos a otros y en la medida en que se identifican, se igualan; pasan 10 días como si fuera el mismo, pasan 10 años y sólo los accidentes que los diferencian hacen sensible el transcurso del tiempo. Un año, entonces, está muy lejos de ser la medida objetiva e invariable que sabemos que es. O, para ser más precisos, la medida simula una regularidad y una constancia que poco tienen que ver con la realidad del flujo del tiempo.

Si La cosa, claro, se puede seguir complicando... Las horas se suceden unas a otras, venimos diciendo, como si fueran bloques… pero ¿es así? ¿son bloques en verdad? El punto que separa una hora de otra, por ser indiferente a lo que sucede en cada una de ellas, no puede dejar de ser arbitrario. Lo que transcurre, en realidad, no son horas, sino sucesos, acciones, acontecimientos que no tienen por qué coincidir en su duración con ninguna medida externa, por lo tanto el bloque definido por una hora, o un minuto, sería totalmente arbitrario. Pero no solucionaríamos gran cosa si designamos los bloques refiriéndolos a momentos definidos por lo que sucede en ellos y, por lo tanto, de duración variable. Cabría preguntarse, entonces, si la separación entre un momento y otro es tal; ¿cuál es el instante exacto en el que termina uno y comienza el que sigue? ¿ese instante a qué momento pertenece, al que se va o al que viene? ¿o entre el instante final de un momento y el inicial del siguiente no hay nada? En ese caso el tiempo se interrumpiría entre un momento y el otro. Y siendo el tiempo condición de la existencia, al no haber tiempo entre los dos momentos, no habría existencia… El mundo desaparecería y se crearía, en ese caso, casi permanentemente, entre momento y momento, entre instante e instante(5).

Si el tiempo es una sucesión que fluye constantemente no puede expresarse adecuadamente, entonces, por su medida. Al estar prefigurado, el momento que viene ya tiene presencia en el momento actual, y lo mismo el que se fue, al haber configurado el momento presente. El tiempo, entonces, más que una sucesión de presentes es un único presente en continua transformación. Como percibió Bergson, interpretarlo mediante intervalos es falsearlo, porque el tiempo está siempre entre los intervalos y por más que multipliquemos los intervalos achicando la distancia que los separa, el tiempo está siempre en el pasaje de uno a otro, en su flujo. En mi futuro, dentro de una hora, más o menos, llegará el momento de la cena, que vendrá a reemplazar mi momento de escritura. Ese momento se va acercando minuto a minuto y de algún modo está ya presente porque acciona sobre este momento. Se volverá definitivamente presente y, tras el cafecito final, pasado. Aún siendo pasado, seguirá estando todavía presente mientras mi cuerpo, saciado, sienta los efectos de la digestión. ¿O será que este momento en el que estoy escribiendo se irá desplegando hasta convertirse en el momento de la cena?

El presente, sin duda, en ningún momento dejará de serlo. Como dice Borges “todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora”, este ahora, entonces, no se irá para ser reemplazado por otro, seguirá siendo el mismo –el único–, transformado. Ahora siempre es ahora y lo que lo caracteriza es precisamente el cambio, porque todo cambia y todos los cambios son ahora. Y si mi ahora, ahora prefigura cena y café, para el ahora de mi lector esta es una mera suposición de algo definitivamente instalado en el pasado en que lo escribí, pero en parte es también presente, en la medida en que contribuye a dar forma ahora –ahora futuro, para mí, que estoy escribiendo– a su reflexión sobre el tiempo.

Si todavía no logré marear del todo a mi lector, espero hacerlo enseguida.

El pasado no fue. El futuro no será. Ambos son porque todo lo que es, es presente. Si lograra volver efectivamente a un momento pasado, o trasladarme a un momento futuro, en el mismo momento en el que lo hiciera, ambos se volverían presentes. Lo que fue y lo que será, no son. El pasado y el futuro son, entonces, sólo en relación al presente. Los hechos del pasado que recuerdo, ¿fueron tal como son en mi recuerdo? Sin duda no. Un hecho doloroso de mi pasado, por ejemplo, tiene distintas potencias y me afecta de maneras diferentes de acuerdo a cómo me encuentre en cada momento; a veces lo acepto con fatalidad, otras se llena de matices siniestros, en momentos de felicidad parece casi un accidente menor. Ese hecho sigue siendo sólo en el modo en que me afecta ahora. Cuando en el futuro me afecte de modo diferente, ese será su ser –y será presente–. Cómo fue en realidad es otra historia. Ese hecho me afecta desde el pasado, pero me afecta ahora, por lo que ahora es, o no me afecta en absoluto. Pasado y futuro son, en definitiva, tensiones del presente.

Si pasado y futuro no tienen existencia propia –no son– sólo nos queda el presente. Única dimensión real del tiempo, única dimensión donde suceden las cosas. Pero ¿qué es el presente sino un límite entre pasado y futuro? ¿Y cuál es la duración de un límite? Ninguna. La única dimensión del tiempo no tiene dimensión…

Si el lector nunca se ha detenido en pensar esto, este es un buen momento. Puede tomarse su tiempo...

Si se entiende cabalmente esto debería experimentar una vertiginosa pérdida de realidad del mundo: todo, absolutamente todo lo que sucedió, sucede y sucederá en el universo entero lo hace en un tiempo sin dimensión: el único tiempo real, el presente, es un tiempo sin duración, un tiempo, entonces, que no existe… ¿Existen, entonces, las cosas, si suceden en un tiempo que no existe? ¿Dónde están, a dónde se fueron, de dónde vienen?

Confío que mi lector no se sacará este problema de la cabeza sólo porque no lo pueda concebir.

Esta paradoja excede el alcance de la razón, para resolverse de un modo u otro requiere un acto de fe. El mismo desechar el problema diciéndose: “el mundo es real, las cosas me pasan y el reloj demuestra que el tiempo transcurre; este laberinto es por lo tanto falso y no voy a seguir su juego” es, definitivamente, un acto de fe. Entre un acto de fe que niega el problema, y otro que acepta el desafío, me quedo con el segundo. Aceptar la paradoja con toda su tensión, sentir su vértigo, acostumbrarse a él, es dar el primer paso en el misterio del tiempo, único modo de comenzar a intuirlo.

Merleau-Ponty intenta superar este problema mediante el concepto de campo de presencia: “No puede haber tiempo más que si está completamente desplegado, si pasado, presente y futuro no están, no son, en el mismo sentido. Es esencial al tiempo el que se haga y el que no sea, el que nunca esté completamente constituido. El tiempo constituido, la serie de las relaciones posibles según el antes y el después, no es el tiempo, es su registro final, es el resultado de su paso, que el pensamiento objetivo siempre presupone y no consigue captar. Es espacio, puesto que sus momentos coexisten ante el pensamiento, es presente, porque la consciencia es contemporánea de todos los tiempos. Es un medio distinto de mí e inmóvil en donde nada ocurre ni se escurre. Tiene que haber otro tiempo, el verdadero, en donde yo aprenda qué es el paso o el tránsito. Verdad es que yo no podría percibir una posición temporal sin un antes y un después, que para descubrir la relación de los tres términos es preciso que no me confunda con ninguno de ellos y que el tiempo tiene necesidad de una síntesis. Pero es igualmente verdad que esta síntesis está siempre por reiniciar y que, de suponerla acabada en alguna parte, se la niega. (…) El problema consiste, ahora, en explicitar este tiempo en estado naciente y en situación de aparecer, siempre sobreentendido por la noción de tiempo, y que no es un objeto de nuestro saber, sino una dimensión de nuestro ser.

Es en mi «campo de presencia» en sentido lato –este momento que paso trabajando con, tras él, el horizonte del día pasado y, delante, el horizonte del atardecer y la noche– que tomo contacto con el tiempo, que aprendo a conocer el curso del tiempo. (…) Todo me remite, pues, al campo de presencia como a la experiencia originaria en la que el tiempo y sus dimensiones aparecen en persona, sin distancia interpuesta y en una evidencia última. Ahí vemos un futuro deslizándose en el presente y en el pasado. Estas tres dimensiones no nos las dan unos actos discretos: no me represento mi jornada, ésta pesa sobre mí con todo su peso, está aún ahí, no evoco ningún detalle de la misma, pero tengo el poder próximo de hacerlo, la tengo «aún en mano».” (Maurice Merleau-Ponty, op. cit., pág. 423-424).

Si bien el campo de presencia no modifica en esencia la cuestión, ya que el mismo se modifica permanentemente, (el de este instante, ya no es exactamente el mismo que el de este), permite dar cuenta del vínculo entre las tres dimensiones del tiempo, en tanto que presentes. Inclusive, permite intuir el modo en que el tiempo se va adensando en duración y cómo los instantes se fijan en la propia duración: el instante caracterizado en el que esta idea, por ejemplo, se me aparece, provoca una variación en el flujo del tiempo, variación que inmediatamente adquiere una cierta perspectiva, en la medida en que inmediatamente se sitúa en un pasado próximo sobre el que el tiempo se va acumulando (adensando, es más apropiado). La idea se va precisando, esto quiere decir, se va puliendo –en el ahora que cambia– mediante mi reflexión, que ensaya prolongaciones, aclaraciones, fijando algunas y descartando otras tomando como referencia el eco de la intuición original. Todo el proceso en relación a esta idea, configura un campo de presencia próximo, muy fluido, que se extiende tanto hacia el pasado como al futuro: digamos, aproximadamente desde el momento en que apareció la idea como intuición (aunque se podría extender más allá en el pasado hacia las condiciones que permitieron, o reclamaron, esa intuición) hasta que la idea encuentre un cierto equilibrio, lo suficientemente estable, como para que dé paso a otra reflexión o actividad de mi espíritu. Este campo de presencia, se integra en otros más amplios (salvo, tal vez, en momentos de extrema concentración, o en el exacto instante en que la idea se intuye, en el que la propia noción de campo de presencia se debería cuestionar), que se pueden pensar en términos de horizontes (como lo hace el propio Merleau-Ponty), el del comienzo y el final del día, por ej., mucho más estables que el de elaboración de esta idea. El día gravita de algún modo, con intensidad variable, sobre la propia elaboración de la idea, y así como gravita el día con sus límites, amenazas y promesas, también gravita el período de mi vida y hasta la época que me ha tocado vivir. Esto, insisto, no basta para resolver la paradoja de la no duración –y simultánea eternidad, ya que es el único tiempo real– del presente, pero al menos le da un cierto marco de contención y estabilidad que facilita su aprehensión.

Propongo un acto de fe: creamos, al menos, en nuestra existencia. Podemos poner en duda el grado y forma de realidad de muchas facetas y atributos de nuestra existencia, pero no podemos dudar de que ésta es real. Puedo desconfiar de mi memoria y no estar seguro de algún hecho de mi pasado, pero no puedo dudar de que ese pasado existió. Hasta hace un mes, estaba convencido que había viajado a Europa a los 16 años. En la última reunión familiar me demostraron que había sido a los 17. Hasta donde puedo recordar, creía que era a los 16… ¿Cuál fue el momento en que me confundí? No fue, seguramente, a los 17, porque recordaría que fue el año anterior, a los 18, 20, 23 años podemos confiar en que tenía todavía bastante fresco el viaje para recordar que había sido a los 17. ¿Cuándo fue el momento en que dudé –ante alguna pregunta o relatando alguna anécdota del viaje– si había sido a los 17 o a los 16 y me decidí por los 16? ¿Y por qué habré preferido los 16? No es imposible que si llego a los 85 me olvide del propio viaje… Para entonces ¿habrá sido real?

Hoy por hoy, que viajé a los 17. Esta declaración parte de una petición de principio: la identidad compartida entre mí y ese chico de 17 años que hizo el viaje. ¿Somos la misma persona? Racionalmente debería decir que no, son mucho más visibles e innegables las diferencias que las similitudes, y basta una sola diferencia para negar la identidad. Pero la propia petición de principio expresa la convicción íntima de que sí: más allá de que sin duda ese chico de 17 años contestaría de modo diferente a esta pregunta ambos sabemos que somos el mismo. Ese yo que somos completará su figura en el momento de nuestra muerte, después de haber atravesado toda nuestra vida. Mi ser es un ser que se realiza en el tiempo de mi vida. Pero si el tiempo es flujo y el flujo es cambio, ni flujo ni cambio pueden percibirse si no es en relación a lo que permanece. Y esto aún si lo que permanece es también relativo, es decir: aquello que tomo como la referencia en relación con la cual percibo lo que cambia, puede ser a su vez algo que cambia en relación a otra referencia. Desde la orilla veo pasar el bote, siguiendo el curso del río. Desde el bote veo como se va yendo el bosque, escondiéndose detrás del recodo. En el ser del tiempo está la permanencia no menos que el cambio.

Si el yo es lo que permanece en relación al flujo de mi vida, en el mundo sensible permanece la materia y lo que cambia es su forma. Si en el cine lo que cambia es la historia que se desarrolla, con sus imágenes y sonidos, ¿qué es lo que permanece, lo que le da unidad a esas imágenes cambiantes, lo que les da identidad, aquello a lo que todas refieren?

Efectivamente: el sentido.

Algo importante –particularmente si nuestro tema es el cine– nos queda por pensar sobre el aspecto sucesivo del tiempo y es la dirección de esa sucesión: ¿El tiempo fluye del pasado al futuro o del futuro al pasado?(6). Tendemos a asumir la primera alternativa, que el tiempo avanza hacia el futuro, porque nos movemos de lo que fue a lo que será, tenemos el pasado a nuestras espaldas y el futuro por delante, y hacia allí vamos. Pero si pensamos el tiempo como devenir, tendremos que admitir que lo que deviene proviene del futuro, pasa por el presente y se va hacia el pasado. Ahora estás leyendo esto. Este momento fue prefigurado por mí cuando lo escribí y en ese momento era futuro. Al prefigurarlo lo imaginé, lo intuí (puedo exagerar y decir que lo produje). Este momento de tu lectura ya era –con sus imprecisiones inevitables– para mí antes, vino hasta este presente en que tus ojos recorren estas líneas –el destino y yo sabíamos que así sería–, y se está yendo, lenta e inexorablemente, hacia el pasado, que todo lo mezcla. Pensá, ahora, que lo que acabás de leer fue presente para mí al escribirlo, y mientras lo hacía estaba situándome en tu presente actual, futuro para mí, ahora que escribo esto.

Habrá que aceptar las dos direcciones, una doble circulación del tiempo en el presente. Pensemos el presente más bien como el “campo de presencia” que propone Merleau-Ponty, donde se cruzan las tensiones que provienen tanto del futuro como del pasado. No hay presente sin presencia de pasado y futuro, sin todas sus tensiones actuando simultáneamente. El presente –el tiempo– es, básicamente, el resultado de ese juego de tensiones.

 

Ordenes temporales

 

“El tiempo es el sentido de la vida (sentido: como se dice el sentido de un curso de agua, el sentido de una frase, el sentido de un tejido, el sentido del olfato).”

Paul Claudel, “Arte poética”. 

 

“El sentido del existir humano es la temporalidad”

Martin Heidegger, “El ser y el tiempo”.

 

Para analizar la sucesión, casi hicimos abstracción de algo que en los párrafos anteriores nos había parecido fundamental. Decíamos que el tiempo se compone de lo que deviene, que está determinado por lo que en él sucede, y designábamos tutores nada menos que a Einstein y Aristóteles. Si esto es así, para entender el tiempo con más precisión habrá que preguntarse por cómo se presenta –se hace presente– lo que deviene.

El movimiento del sistema solar dentro de la galaxia y de la galaxia dentro de la Vía Láctea es parte del devenir. También lo es el proceso biológico de la germinación del poroto. Y la crucifixión de Cristo, el golpe de Estado del ‘76, la intuición que dio forma en Beethoven a la 9ª Sinfonía, la modificación que ha experimentado mi noción del mal a lo largo de mi vida, el movimiento de los electrones en el átomo, los malos años de River, la impotencia de Fredo en el atentado contra Vito Corleone, la sorpresa de descubrirse enamorado.

¿Es posible sostener que todos esos procesos participan del mismo tiempo?

Podemos afirmar ligeramente que todo tiene que ver con todo y que los tiempos de todos esos procesos están conectados, pero si podemos encontrar fácilmente un vínculo entre el movimiento de los astros y las malas campañas de River, más arduo nos resultará encontrarlo entre el tiempo de la germinación del poroto y los balazos contra Don Corleone.

Sin embargo podríamos hacerlo. Aunque sea como juego, podríamos asociar los eventos más distantes y disímiles del universo a través de una cadena de eventos intermedios más o menos larga, más o menos firme. Eso sí, ¡cuidado!, dejarnos llevar por la intuición de que todo está conectado hace que todo el universo descanse sobre nuestras espaldas, ya que no podemos prever en qué medida cada decisión que tomemos se expandirá en consecuencias sobre el futuro. Jugar a vincular los eventos más distantes puede hacernos intuir que el más leve desvío de nuestro camino podría tener consecuencias determinantes, no sólo para nosotros, sino para el mundo.

Pensemos con el cliché: Si la casi infinita cadena de casualidades que hizo que los padres de Hitler se conocieran, se ¿enamoraran? y engendraran a su engendro se hubiera cortado en cualquier punto, ¿hubiera existido el nazismo? Podríamos pensar en viajar al pasado y ofrecerle un empleo más que conveniente a Papá Hitler en algún país lejano de Alemania antes de que conozca a Mamá Hitler y presentarle a ella un buen muchacho, preferentemente judío, de buen pasar y mejor ver para que se enamore de él (para no tener que pensar en ir a matar a Hitler en la cuna, que es mucho más desagradable… más bien impensable, hasta Hitler habrá sido un tierno bebé). ¿Podríamos garantizar, entonces, que el mundo hoy sería mejor? ¿Qué otros ajustes tendríamos que hacer?

No quiero distraerme demasiado de nuestro tema, pero la sospecha de que probablemente el mundo no sería demasiado diferente es, por lo menos, atendible. Más allá del lugar que cada uno asigne a los individuos en la corriente de la historia, nadie negará que nadie puede hacer o deshacer a su antojo. Siempre hay condiciones que permiten o reclaman que alguien ocupe cierto lugar y personifique ciertas fuerzas que hasta cierto punto lo trascienden. Hubo condiciones sociales, culturales, económicas y políticas concretas que permitieron o hicieron a Hitler ser lo que fue. No podemos imaginar lo que hubiera pasado sin su figura, porque esta le dio a ese proceso su carácter concreto, pero tampoco podemos pensar que sin él todo hubiera sido sustancialmente distinto. Planteado esto, esquivemos cualquier polémica histórica. Limitemos el ejemplo como terreno para pensar que el tiempo de la vida de Hitler se encontró con un tiempo histórico concreto, con una dinámica política, una dinámica cultural, una dinámica económica específicas –todas ellas integradas, claro– que permitieron que la historia fuera como fue. Donde decimos una dinámica podríamos decir un devenir que fluye, es decir un tiempo, o una dinámica temporal, o un orden temporal. Hay un orden temporal de la economía; los procesos económicos tienen una lógica propia, una autonomía relativa que condiciona posibilidades en los demás ámbitos. Por supuesto que el orden de la política es muy próximo y tiene una dependencia recíproca con el de la economía, y lo mismo el de la cultura, pero todos ellos tienen sus temporalidades –sus dinámicas– específicas. En todos ellos inciden las personalidades, con sus propias temporalidades, que actúan vinculando esos órdenes de diferentes maneras.

No podemos pensar que Borges sea un simple producto de la sociedad argentina, pero es evidente que no podría haber escrito lo que escribió de no haber sido argentino y vivir la época que le tocó en suerte. Los autores del cine norteamericano que realizaron las prodigiosas películas de las décadas del ’40 y ’50 ¿podrían haberlo hecho fuera del sistema de estudios de Hollywood? ¿Cuando se piensa en Orson Welles, su genio y su famosa independencia, se piensa lo suficiente si películas como “El Ciudadano”, “La dama de Shanghai” o “Sed de mal”, nada menos, podrían haber sido posibles sin la RKO, Columbia o Universal? Famosamente, cuando con veinticuatro años llegó a Hollywood, Orson Welles dijo que se encontraba ante el mejor tren eléctrico con el que ningún chico pudiera soñar. Si bien es absolutamente legítimo –inevitable, en verdad– pensar esas películas integradas en el despliegue temporal del genio de Welles, sin ese tren eléctrico –desarrollado en una temporalidad independiente de la suya, al menos hasta que cayó en sus manos–  los juegos del niño Orson no hubieran dado como resultado “El Ciudadano”.

Podemos imaginar infinitas variantes de ejemplos de este estilo, cruzando en la vida de cualquier persona los tiempos de sus familias (con el de sus tradiciones y traiciones), de los colegios donde estudiaron (con su temporalidad institucional), amigos, enfermedades (con su temporalidad biológica y farmacológica), etc.;  lo que importa acá es que fijemos nuestra atención en que el devenir del tiempo no es homogéneo, que discurre en diferentes niveles u órdenes cuya integración nunca es estable ni claramente definida. Definir esa integración implica necesariamente situarse en ese devenir, adoptar un punto de vista, una perspectiva desde la que vincular y jerarquizar esos órdenes, es decir, una mirada. El tema no es nada menor, domina nuestra concepción de lo que llamamos realidad.

La "realidad" como concepto es una construcción de nuestra mirada. Por ejemplo, podemos pensar que lo real es lo material, siendo lo espiritual una superestructura que se articula en función de los movimientos de la materia (vg: la cultura es la expresión de los intereses de clase) o podemos pensar que el mundo sensible es la manifestación perceptible de fuerzas sutiles que se rigen por un orden superior, siendo desde luego esas fuerzas más reales que el mundo sensible, que en relación a ellas es ilusorio. O bien podemos pensar una gran cantidad de variantes, privilegiando un orden sobre otro, o estableciendo determinaciones y vínculos diversos entre ellos. Si lo que entendemos por realidad es una construcción subjetiva (“el mundo es mi representación”) que depende del modo en que los datos sean organizados por nuestra mirada, entonces el mundo adquiere un carácter plástico, el mundo (o, para el caso es lo mismo, su representación) puede ser moldeado y es moldeado por nuestra subjetividad(7).

Previniendo objeciones, diré que no me interesa en este momento discutir si en el orden de lo creado –o, si se prefiere, de lo existente– el hombre ocupa un lugar central o es el fruto de la combinación azarosa de los átomos, de lo que suponemos que no podrá dudarse es que en el orden de la estética en general y del cine en particular el hombre es el centro de todas las cosas... O, para ser más precisos, el hombre está en la base del eje vertical alrededor del cual se constituye el mundo y que lo conecta –al hombre– directamente con lo numinoso. Y si para ciertos fines se podrá separar legítimamente el tiempo del modo en que es percibido, para los nuestros decididamente no. Por eso, tal vez no esté de más a esta altura recordar que para Kant el tiempo es un a priori de nuestra percepción, anterior a toda experiencia y condición, junto al espacio, de la misma(8). Todo nuestro conocimiento del mundo se organiza dentro de los parámetros que fijan nuestros conceptos a priori del espacio y el tiempo. Si no viniéramos al mundo con la noción del tiempo incorporada a nuestro espíritu jamás podríamos experimentar la sucesión, o vincular una causa a un efecto. Viviríamos, podría decirse, en la eternidad. El tiempo es por lo tanto una adquisición de la caída, un vínculo con el mundo; pero también, si queremos, un puente de retorno al origen.

Cada uno de nosotros tiene, o cree tener, una determinada visión del mundo. Un determinado vínculo y jerarquización de las temporalidades de las que venimos hablando y un juicio sobre los actos propios y ajenos basado en esa jerarquía. Si el orden económico es el que domina nuestra subjetividad, por ejemplo, mediremos el éxito y el fracaso en la vida en función de la cuenta bancaria, pensaremos que la inteligencia se define por la capacidad de ubicarse en situaciones donde sacar provecho material y eso irá determinando las diferentes esferas de nuestra vida: culturales, familiares, amistosas, etc. Pero este esquema, como cualquier otro, nunca es del todo estable, podemos imaginar un cruce con el orden temporal biológico, p. ej. una enfermedad que se desarrolle en nuestra persona, o en la de un ser querido, que modifique ese sistema de jerarquías por completo, o que nos recuerde que ese sistema no era el que verdaderamente expresaba nuestra visión del mundo.

Hablamos de órdenes, esquemas, sistemas, jerarquías... inducimos así, probablemente, una percepción errada de lo que sucede... toda esa estructura es, en verdad, extremadamente fluida, los límites son muy difusos e inestables. El ordenamiento que estamos ensayando es conceptual, meramente conceptual. Pero la pobre herramienta del concepto es la que tenemos a mano y, hecha la aclaración, espero que alcance para una primera aproximación a la intuición que nos permita comenzar a aprehender el complejo conjunto de tensiones temporales que en cada caso nos constituye. Estamos en cada instante atravesados por múltiples corrientes temporales que integran los más variados órdenes, con sus respectivas autonomías relativas, y el conjunto que entre todas integran se modifica constantemente. Eso sí, lo hace dentro de ciertos márgenes estructurados según lo que podríamos llamar nuestra visión del mundo propia. Visión del mundo que excede cualquier aprehensión conceptual, que no necesariamente coincide con la que sostenemos públicamente ya que ni siquiera somos nunca plenamente conscientes de ella.

De pronto nos sorprendemos a nosotros mismos por una reacción desproporcionada frente a una situación que se nos presenta. Inmediatamente nos damos cuenta que no es la situación concreta la que nos provoca la reacción, sino que hemos venido acumulando en el tiempo una emoción que estaba esperando la ocasión de salir a la luz y que esta situación se limitó a ofrecer esa posibilidad. Por qué no pensar esa emoción como en una corriente temporal, oculta en casi todo su recorrido, mantenida en un segundo plano y creciendo en el contacto con las demás corrientes temporales, a la espera de la ocasión que le permitiera emerger. Vayamos un poquito más lejos, pensemos que esa emoción que subterráneamente fue creciendo no es una mera emoción (¿existe la mera emoción?), sino que expresa algún aspecto de nuestro carácter o de nuestro ser que, negado por nosotros mismos, tuvo que buscar ese recurso para salir a la luz. Descubrimos, entonces, que no nos conocemos tanto como creemos y que, en verdad, no necesariamente la visión del mundo que adoptamos es la visión del mundo propia que, como tal, no puede negar las posibilidades todavía no expresadas. Esa visión del mundo propia integra todos los órdenes temporales que nos atraviesan, los que podemos reconocer y los que todavía –y quizás nunca– no, y es al mismo tiempo el resultado de esa integración. Al tiempo que nos constituye como personas, nos da la representación del mundo en que se funda lo que entendemos por realidad.

 

Situaciones simultáneas

 

“Todas las tragedias que se puedan imaginar confluyen en una sola y única tragedia: el paso del tiempo”.

Simone Weil. 

 

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego."

Jorge Luis Borges, "Nueva refutación del tiempo".

 

 

Los órdenes temporales de los que venimos hablando no son abstracciones. Se manifiestan siempre en concreto y en situaciones determinadas. La situación, el evento, el acontecimiento, son la emergencia y manifestación de estos órdenes ya articulados, convertidos en totalidad que define la cualidad del momento. Y, en su devenir sucesivo, la cualidad del tiempo.

Lo que me pasa ahora es la manifestación de lo que soy. Incluyendo en lo que me pasa, claro está, mi imaginario, mis procesos subconscientes y mis intuiciones supraconscientes así como todas las determinaciones sociales, culturales, económicas, etc. que me atraviesan; digamos, mi inserción en mi época. Estas determinaciones –que aquí bautizamos órdenes temporales– al atravesarme encarnan en mí de un modo específico, que me define, al tiempo que me otorgan un conocimiento directo -–o mejor una intuición directa– de ellas mismas. Todo ese conjunto se puede ver articulado en mí como una corriente con su propio devenir, y por lo tanto temporal, que lleva inscripto el conjunto de tensiones que me llevan y traen el pasado y el futuro. Y así como en mí, en todos los demás. Parte inseparable de mí –y de mi temporalidad, claro– es el saber de las corrientes temporales de los demás, haga lo que haga con ese saber.

Mientras estoy en este bar escribiendo esto, esperando el momento de ir a buscar a mis hijos a la escuela, soporto la espera porque confío en que el tiempo de ellos y el mío, separados momentáneamente, volverán a reunirse en algunos minutos… ¿Separados nuestros tiempos? ¿Hasta qué punto? Una vez más, todo es cuestión de perspectiva. No pasa un instante, no puede pasar, sin que los tenga presentes. Aunque no esté pensando en ellos, aunque no los esté recordando, están ahí, en mí. Así como estoy yo en ellos. Se podrá argumentar que lo que ahora tenemos unos de otros, físicamente separados, es sólo una imagen… ¿pero no es también una imagen lo que tenemos recíprocamente cuando estamos juntos? ¿Y el sólo una imagen qué significa? ¿Algo así como una foto mental? Convengamos en que la imagen que tenemos de cualquiera es bastante más que eso, más aún la de nuestros hijos: no sólo se trata de un conjunto de imágenes sensoriales, que incluyen el sonido de sus voces en sus múltiples variantes, sus olores, el tacto de sus pieles, sino también todas sus resonancias, las posibilidades de que estén contentos o tristes, de que me permitan acceder a sus estados de ánimos, respetar y conocerlos en su autonomía, en las distintas facetas de sus personalidades que tienen su momento actual de despliegue, etc., etc., etc.… En fin, que mi propio despliegue temporal no es independiente del de ellos, como tampoco lo es del despliegue temporal de los demás... La persona cuya existencia ignoro por completo y que, digamos, de acá a 10 años, o pasado mañana, al cruzarse conmigo modificará definitivamente mi existencia (¿cuántas veces ya me ha pasado?) está siguiendo paso a paso, tanto como yo, el camino que inexorablemente la llevará en el momento exacto a la cita secreta que nos espera. Cada demora, cada desvío o distracción, no es más que un recurso para garantizar la puntualidad de nuestro encuentro. Si proyectado al futuro esto es algo que puede sonar exagerado, piense cada uno en su existencia, trate de intuir el mundo sin ella, e intente proyectarse en el tiempo cincuenta años antes de su nacimiento... Por más que la razón se esfuerce por negarlo, en lo más íntimo de mi ser, anida firmemente la certeza de que mis hijos no son casualidades, de que no podrían no haber sido. En ese lugar que todos mis pasos y los de mi mujer (y el de cada uno de nuestros antepasados) se dirigieron a concebirlos. Pensarlo de otro modo implicaría imaginar un mundo no menos diferente del que vivo que un mundo sin sol o sin agua. Por supuesto que hace diez años no lo sabía, ni yo ni ningún otro ser humano, así como hasta dentro de diez años no conoceré el sentido del recorrido que harán mis pasos en ese lapso, ni cuáles son las encrucijadas que en él me esperan.

El tiempo, entonces, es la red que entreteje los hilos de las diversas corrientes temporales, que se mueven en órdenes y niveles diversos y cambiantes, y en la que cada uno de esos hilos es ya una determinada manera de articularlos. Cada articulación responde a una mirada, expresa un sentido, el sentido de esa mirada que es el sentido de ese tiempo, o del tiempo visto desde ahí, pero recordando que siempre el tiempo es tiempo experimentado desde un ahí.

Y si cada situación, evento o accidente es un ahí, y muchos de ellos están sucediendo simultáneamente sin vínculo aparente entre sí, el tiempo indefectiblemente los une, porque las cadenas de causalidades en que se integran, sin duda se han cruzado en el pasado y más tarde o más temprano lo harán nuevamente en el futuro. El tiempo es entonces, también, aquello que da cohesión al mundo.

No hay modo de no perderse en esa emergencia infinita de situaciones, simultáneas y sucesivas si no acudimos a la referencia de algo estable. Eso sí, no todos entendemos como estables las mismas cosas y la propia estabilidad es una noción relativa; pero para cada uno de nosotros hay cosas más estables que otras. El recorrido que subyace desde lo más móvil a lo más firme indica la dirección del centro de la visión del mundo de cada uno. Si esto es así, habría tantas visiones como personas, reales e imaginarias y cada lugar en el que nos podamos situar señalaría un centro distinto... Lo que equivale a decir que no hay ninguno –tal  como insiste en decirnos la modernidad, al menos en su fase actual(9)–, y si no hay un Centro, no hay Verdad, sólo perspectivas. Aunque podemos pensar que tal vez sí lo haya, y que lo que nos impide verlo es que vivimos des-centrados, con centros aleatorios que se modifican de acuerdo a las circunstancias o conveniencias (conveniencias de quién, cabría preguntarse). Es decir que tal vez no sea que no existe la Verdad, sino que el acceso a la misma nos está vedado en términos absolutos y estamos condenados a una búsqueda incesante de algo que podemos atisbar pero no poseer. A menos que...

A menos que de un modo u otro nos apoderemos del tiempo.

Para apoderarnos del tiempo deberíamos, en primer lugar, salir de su dominio. Salirnos de él y percibirlo en su totalidad, poder recorrerlo a nuestro arbitrio en uno u otro sentido, tenerlo sometido a nuestra voluntad para extraerle sus secretos, para encontrar el centro al que en su totalidad refiere. Para abrirnos sus misterios el tiempo debería estar cerrado. Y si en la realidad de la que formamos parte eso no es posible, el cine nos ofrece pequeños modelos de mundo, con un tiempo cerrado –que se abre en sentido–, en los cuales podemos ejercer ese dominio. El cine es, sin dudas, el medio más efectivo a través del cual el hombre moderno se puede apropiar del tiempo porque el tiempo es la materia del cine.

 

Tiempo de cine

 

“Yen una vez me dijo que se podía poner el tiempo de una vida en una hora.”

Jones (Walter Connolly) en “El amargo té del General Yen”, de Frank Capra

 

"Así,  en el cine, el tiempo se convierte en el fundamento de todos los fundamentos".

Andrei Tarkovski, "Esculpir en el tiempo".

 

Todos sabemos que el cinematógrafo produce la ilusión de movimiento proyectando 24 imágenes fijas por segundo y que nuestro cerebro se encarga de mezclarlas otorgándoles una continuidad que restituye un símil del movimiento original. De este modo, fija mecánicamente el flujo del devenir temporal y (salvando alguna diferencia despreciable entre las velocidades de los mecanismos de cámara y proyector, y exceptuando los trucos de cámara lenta o rápida) lo que se vea en un minuto de proyección, será la copia de lo que haya sido registrado en un minuto de rodaje. Por lo tanto, mediante un proceso mecánico, el cinematógrafo captura, "envasa" el tiempo, lo momifica. Nos permite re-producir aquello que fue registrado cuantas veces queramos.

Lo que no debemos olvidar, es que esa reproducción es una copia, el tiempo original no puede ser restituido. Por eso la exactitud de la expresión elegida por Bazin: la momificación del cambio. La momia no conserva a la persona sino su imagen. Mediante la imagen recordamos el original. La momificación supone un espectador, si la imagen se conserva es evidentemente para que alguien la vea. Pero hay algo que la momia no puede retener de la persona, su vida, el espíritu que la anima. Deberá ser aquel que la mire el que le dé nueva vida. La mirada está muy lejos de ser un registro neutro de algo exterior, es a un tiempo proyección e introyección; el objeto que percibimos cobra forma en nuestro ser estructurado por nuestro mirar, que a su vez no es otra cosa que una proyección de nuestro ser. La mirada tiene el poder de dar vida, en tanto que anida al objeto observado en el ser de quien observa.

La imagen cinematográfica momifica el cambio y lo reproduce cuantas veces queramos. Tenemos, entonces, la imagen del cambio. Pero imagen muerta hasta que la anime la mirada del espectador, que dará nueva vida a lo conservado en la película, restituyendo en su espíritu una copia del tiempo original. ¿Pero cuál es ese tiempo original? ¿El del rodaje? Sólo en los backstages. El tiempo conservado en El Padrino no es el de Brando y Pacino sino el de los Corleone, por más ficcional que sea su existencia. Cada vez que vemos El Padrino ingresamos a su mundo y es ese mundo el que se re-produce. El original, en todo caso,  sería la Idea que existía como intuición en el espíritu de Coppola al rodar la película y de la que la propia película es ya una copia... Bueno, en rigor, es también el tiempo del rodaje y el de las circunstancias que lo rodearon y limitaron; en ese sentido es un documento de época, donde se entrecruzan todos los órdenes temporales de los que antes hablábamos y que se manifestaron hacia 1972 durante la producción de la película. Dependerá de los ojos con que mire el espectador el tipo de vida que pueda recuperar de la película, pero de las múltiples miradas que admite una película nos interesa ahora la que para nosotros justifica la existencia del cine: aquella que encuentra en él un objeto de contemplación estética y que sigue el recorrido pautado de antemano (construido) por el realizador.

Lo que final y cíclicamente nos devuelve al principio de nuestro estudio (en la entrega anterior): esta mirada del espectador se produce en el tiempo de la contemplación. Tomado por la temporalidad de la película, el espectador se aparta de su propio devenir temporal y se sumerge en el del mundo proyectado, ya articulado y organizado según un sentido. Es el sentido que intuimos y experimentamos el que absorbe nuestra subjetividad dando forma a una temporalidad orgánica y autónoma, que como tal demanda que nos desprendamos de nuestra temporalidad personal, y sólo en la medida que lo hacemos el goce de la película es pleno. Son esos los casos en que más allá de lo que dure la película no hay posibilidad de medir el tiempo transcurrido, porque es inconmensurable con nuestra duración, es un tiempo heterogéneo al nuestro. Tiempo que implica, entonces, un desvío de nuestra corriente, una parada en el camino a partir de la cual nos podemos encontrar de otro modo frente al tiempo propio y el de los demás. Nuestra proyección en el mundo de la película al separarnos de nuestro tiempo, nos limpia de él y nos devuelve de otro modo, tras una experiencia que fue, como decíamos al final de la entrega anterior, íntimamente personal, absolutamente individual, y al mismo tiempo colectiva. Cuando una película verdaderamente logró conmovernos, miramos de reojo a nuestros acompañantes o vecinos tratando de descubrir si la conmoción fue compartida. No para confirmar la realidad de ésta, de la que no tenemos la menor duda, sino para averiguar si la revelación que nos fue dada nos otorga también un espíritu afín. Nos encontraremos seguramente con rostros que revelan la más completa indiferencia al lado de expresiones que intentan enmascarar una profunda conmoción, y que tal vez lo consigan con aquellos que, impermeables a la película, no puedan reflejarse en ellas. En cualquier conversación casual puede ser sólo un sutil cambio en la mirada, ante la mención de un título o escena, el que nos indique que esa emoción tan íntima, fue también íntimamente compartida. Y de eso, no sólo no hace falta hablar, sino que no se puede.

El tiempo de la contemplación no es la duración de la proyección. El tiempo de la contemplación no tiene duración, o no la tiene definida. La película en la que nos perdimos se conserva, con su temporalidad completa, en nosotros y va destilando su sentido lenta y, muchas veces, secretamente. Un sentido que, como decíamos antes, no se agota, no se puede agotar. El tiempo que va transcurriendo con la película vista, visitada y vuelta a visitar, va haciéndola decantar en nuestro espíritu, entrando en contacto con nuestra experiencia, nuestros saberes, deseos y temores, y sublimándolos en un sentido que los ordena. La íntima relación entre tiempo y sentido no se da sólo porque el sentido es el orden del tiempo estructurado en la película, sino porque es necesario que el tiempo transcurra más allá de la duración de la película, para que el sentido vaya emergiendo como algo vivo, que nunca se cierra, en nosotros. Por eso conviene ser cuidadosos con el comentario inmediato, a la salida del cine, que intenta concluir un proceso que, en rigor, recién comienza. Las películas que verdaderamente valen la pena, sólo abren sus secretos al espectador paciente.

Este tiempo de la contemplación es lo que nos queda, en nuestra triste modernidad, del tiempo sagrado de los mitos. Como consuelo, todo cinéfilo sabe, en sus momentos de desesperación, que hay una pequeña reserva de cielo a la que puede acudir, conservado en la duración de las escasas películas en las que, aunque sea por un instante, borrosamente, se entrevió cara a cara.

(continuará…) 

Acerca de Adrián Szmukler

Realizador, docente, investigador. Es egresado de la carrera de Dirección del CERC-INCAA.

Profesionalmente se ha desempeñado como director y guionista en distintas producciones. Actualmente está preparando su primer largometraje, Bodega. Su  proyecto de largometraje Punto de Fuga fue becado para el “II Curso de desarrollo de proyectos cinematográficos Iberoamericanos” (Fund. Carolina, Casa de América, Ibermedia, Fund. Autor y EGEDA). Ganó el primer premio del Concurso de Guión de TV del diario La Nación (1997) con el guión de miniserie “El enigma de Fray Benz”, escrito junto a Ignacio Rey.

Como docente, actualmente es Coordinador Técnico de la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la FADU-UBA, Profesor Titular de Montaje II y Profesor Asociado de DAV III Cát. Arbós en la misma Carrera. Dictó clases en distintas instituciones (ENERC-INCAA, UM, UP, BAC, CIC, Film College) y participó en diversas investigaciones.

Filmografía como director: La fuga (1996), La noche lateral (1995), Bárbara la barba (1994), Para servirle las 24 hs. (1993).

 

Notas al Pie 

(1) Muchos recordarán aquí la célebre frase de Harry Lime (Orson Welles) en El tercer hombre (Carol Reed, 1949): “En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, tuvieron guerras, terror, asesinatos y baños de sangre... Pero produjeron a Miguel Angel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal y quinientos años de democracia y paz... ¿y qué produjeron? El reloj cucú”. (Volver)

(2) Sobre la dimensión cuantitativa del tiempo y su grado de realidad, no estaría de más señalar que el tiempo sólo puede ser medido convirtiéndolo en espacio a través del movimiento: lo que se mide es siempre la evolución de un móvil a velocidad constante sobre una determinada superficie. La “medida” en cuanto cantidad es un atributo del espacio, mucho más que del tiempo. (Volver)

(3) Tal vez no esté de más recordar que ya Aristóteles, en su Física, había establecido que el tiempo era un aspecto del movimiento, concretamente su medida. Y dado que el movimiento (tal como lo plantea Aristóteles) es siempre movimiento de algo en el espacio, el tiempo es, en definitiva, producido por una acción... Es decir que la Teoría de la Relatividad demostró matemáticamente lo que el pensamiento filosófico había fundamentado más de 2200 años antes... Aristóteles, desde luego, fue más allá del alcance de la ciencia con la cuestión: “¿existiría o no el tiempo si no existiese el alma? Porque si no pudiese haber alguien que numere tampoco podría haber algo que fuese numerado, y en consecuencia no podría existir ningún número, pues un número es o lo numerado o lo numerable. Pero si nada que no sea el alma, o la inteligencia del alma, puede numerar por naturaleza, resulta imposible la existencia del tiempo sin la existencia del alma...” (Aristóteles, Física, p. 165)
Y, ya que estamos, si queremos podemos atribuir a la casualidad que la Teoría General de la Relatividad, que abolió definitivamente la percepción del tiempo como dimensión autónoma fija, haya sido propuesta sincrónicamente (1915) a la creación definitiva del Cine como lenguaje, fundado en la manipulación del espacio y el tiempo, con El nacimiento de una Nación. (Volver)

(4) En su Fenomenolgía de la percepción, Merleau-Ponty encuentra esta analogía: “el tiempo, en la experiencia primordial que del mismo tenemos, no es para nosotros un sistema de posiciones objetivas a través de las cuales pasamos, sino un medio movedizo que se aleja de nosotros, como el paisaje desde la ventanilla del tren. No obstante no creemos en serio que el paisaje se mueva, el guardabarrera pasa como un relámpago, pero la colina del fondo apenas se mueve, y, de igual modo, si el principio de mi jornada ya se aleja, el principio de mi semana es un punto fijo…” (Maurice Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción, pág. 427). (Volver)

(5) Ya que le dedicaremos los dos próximos capítulos, dejemos de lado, por ahora, el hecho de que cada momento está compuesto por diversos procesos simultáneos, que tienen sus propias| duraciones. Mientras estoy escribiendo, estoy tomando mate, cuando éste se lave interrumpiré la escritura por un momento para renovar la yerba. Este momento, ¿se define por la duración del mate, o por la de la escritura, que podrá atravesar varios mates? Es decir que la propia decisión de cuál es la característica principal que define cuál es el principio o el final de mi momento actual para integrarlo en una sucesión de momentos, es definitivamente indeterminable. (Volver)

(6) "Invirtiendo el método de Plotino (única manera de aprovecharlo) empezaré por recordar las oscuridades inherentes al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad, que es hija de los hombres. Una de esas oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en verso español por Miguel de Unamuno:
Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno...
"
Jorge Luis Borges, Historia de la eternidad. (Volver)

(7) La noción de orden, sugiere por sí misma la de jerarquía. Los diferentes órdenes son ámbitos jerarquizados. Venimos utiliazando la categoría orden, tal vez, con demasiada flexibilidad, señalando como tales aspectos que pueden tener una misma jerarquía y por lo tanto pertenecer al mismo orden, pero no encontramos una categoría más precisa. Espero que este párrafo no sugiera que porque cada uno, desde su propia perspectiva, adopta ciertas jerarquías necesarias para estructurar su visión del mundo, pueda entenderse que siendo toda perspecitva relativa, todas son equivalentes y que no hay, en realidad, órdenes con una prioridad genuina. Si bien, para no desviarnos del objetivo del presente estudio, no queremos hacer demasiado hincapié en la jerarquización en que creemos, para ser precisos nos parece importante señalar que el propio hecho de que cualquier visión del mundo requiera de jerarquías para tomar forma es un claro índice de que la constitución de lo real se produce efectivamente de un modo jerarquizado. La visión de cada uno de nosotros tiene los límites de nuestra propia subjetividad y está acechada por el error, en esa medida no podemos afirmar sin lugar para la duda que nuestra perspectiva es la que reproduce con mayor precisión la jerarquía verdadera, lo que está muy lejos de suponer que ésta no exista. (Volver)

(8) "... si bien todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por eso origínase todo él en la experiencia. Pues bien podría ser que nuestro conocimiento de experiencia fuera compuesto de lo que recibimos por medio de impresiones y de lo que nuestra propia facultad de conocer (con ocasión tan sólo de las impresiones sensibles) proporciona por sí misma, sin que distingamos este añadido de aquella materia fundamental hasta que un largo ejercicio nos ha hecho atentos a ello y hábiles en separar ambas cosas."
Emmanuel Kant, Crítica de la razón pura, p.27. (Volver)

(9) Bueno, a esto se refería Chesterton cuando decía que el mundo de los ateos es un laberinto sin centro. (Volver)