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Cuentos de Película: Aquella película contigo (Parte 1) PDF Imprimir

“Ahorren los descreídos sus muecas de desaprobación y burlas socarronas, ya que no conseguirán más que la compasión de este autor, porque si de algo está seguro es que en la vida de un hombre hay pocas ocasiones tan sentidas y profundas como la primera vez en el amor”. 

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Compilado por GRUPOKANE.

 

 

CUENTOS DE PELÍCULA: AQUELLA PELÍCULA CONTIGO (PARTE 1) 

(fecha de realización: Diciembre 2011) 

Introducción
por Pablo Acosta Larroca

Luego del éxito de la primera entrega de Cuentos de Película, “Mi primera película”, que publicamos en diciembre del año pasado (ver), llega la segunda entrega, esta vez con la consigna “Aquella película contigo”, nuevamente con una gran respuesta por parte de los autores convocados.

Para esta segunda entrega claramente se involucra desde la propuesta a un Otro: “un texto breve a manera de cuento que recupere y exprese una experiencia significativa en una sala de cine a partir de compartirla con alguien más: una novia, un amante, un amigo que ya no vemos, una persona muy cercana, un espectador desconocido que mantuvo cautiva nuestra atención, un insufrible vecino de butaca, etcétera.” versaba la convocatoria.

Así mismo y una vez más, esta segunda edición se gestó como un compendio conformado por el entramado de miradas de una gran cantidad de personas de distintas disciplinas relacionadas con el cine y audiovisual (realizadores, guionistas, actores, técnicos, teóricos, investigadores, coleccionistas, programadores, críticos, docentes, cuentistas, espectadores de distintas edades, etcétera), sumando a los ya convocados en la edición anterior nuevos autores, generándose un espacio de encuentro y un diálogo tácito donde, una vez más, afloran lugares comunes y líneas de conexión en más de un sentido, por lo que, como dijera en la introducción del año pasado “demuestra, una vez más, que el cine, en tanto expresión cultural, une emociones, generaciones y vidas diversas y se constituye en un dispositivo afectivo que pone de manifiesto el hecho de que habitamos un mundo común”. Particularmente “Aquella película contigo”, como si de un bolero se tratara, atrajo historias de amor, sobre todo de primeros amores, de declaraciones, de conquistas pero también de rupturas amorosas, donde el maestro Michelángelo Antonioni parece revelarse como el autor más citado, aunque también hay espacio para unas cuantas historias vinculares de padres e hijos, y otras repletas de erotismo, sexo y hasta morbo.

Debo señalar también unas cuantas manifestaciones en contra de compartir películas con un Otro, no sólo en lo que respecta a fastidiosos espectadores ocasionales (que las hay), sino como declaración de intenciones que, amén de reconocer el espacio colectivo de la sala, encuentra el placer del acto de ver una película en tanto experiencia solitaria, desprovista de compañías, reforzando de este modo su carácter netamente personal e intransferible.
 
Finalmente algunos agradecimientos…

En principio y como siempre a mis compañeros de GRUPOKANE, con los que compartimos ésta y otras propuestas vinculares.

A Diego Cirulo, por su escucha paciente ante cada lectura compartida en voz alta.

A Leandro Rodríguez Salcedo, que nuevamente tuvo la gentileza y la generosidad de ayudarme a hacer el trabajo de revisión y corrección final de los textos.

A Camila Flynn muy especialmente, por interesarse constantemente con cada propuesta, participando siempre con su entusiasmo, lucidez y generosidad.

A Hernán Guerschuny, por haber apoyado desde “Haciendo Cine” la difusión de esta sección.

A Raúl Manrupe, por su afinidad espiritual, por su inagotable creatividad, por su respaldo permanente y desinteresado.

También quiero agradecer a todos los que por una u otra razón no pudieron participar en esta segunda entrega, pero que se han mostrado entusiasmados por este espacio de expresión, desde este momento invitados para la próxima (especialmente a Elsa Drucaroff, Ángel Faretta, Marcelo Birmajer, Alberto Fuguet, Edgardo Cozarinsky, Inés Efrón, Cesc Gay, Laura Citarella, Julia Solomonoff, Nicolás Herzog, Lola Silberman, Horacio Bernades y Leonardo D’Espósito).

Y obviamente, a todos los autores de los diferentes cuentos de esta segunda compilación, por su generosidad para compartir desinteresadamente su pluma y su mirada, haciendo posible esta segunda edición de “Cuentos de Película”.


 

ÍNDICE

PARTE 1
01. Derribar paredes y que aparezca el amor - Mónica Acosta
02. No prendan todavía las luces del salón - Pablo Acosta Larroca
03. Crónica de un amor que nunca existió - Nicolás Aponte A. Gutter
04. Fútbol, cine y futuro - Paula Arella
05. Sin compañía - Miguel Baratta
06. Dos extraños son, los que se miran - Magalí Bayón
07. Aquella película conmigo - Ezequiel Boetti
08. El reflejo en la pantalla - Pilar Braunstein Bayer
09. Sucedió en París - Carlos Brück
10. Hermanos - Ceci Brück
 

PARTE 2 (ver)
11. Cine por medio - Anabella Bustos
12. La luz de frente - Fernando Castets
13. Casualidad - Marcela Ciccone
14. Las películas para chicos - Juan Pablo Cinelli 
15. Letra y música (de terror) - Diego Cirulo
16. Elegía por una función - Jorge Leandro Colás
17. Acupuntura un domingo por la noche - Malena Cores Penna
18. Guillermo solo - Víctor Cruz
19. Acerca de la amistad - Francisco De Matthaeis
20. Jugando al Apocalipsis - Jimena Depresbiteris
 

PARTE 3 (ver)
21. Los Otros - Mónica Discépola
22. Chyusu - Guadalupe Docampo
23. Verano del 42: una película iniciática para un día iniciático - Felipe Fernández
24. Camino al cine - Martín Figueredo
25. Las horas - Carol Ann Figueroa
26. Encontrarte en la oscuridad - Florencia Gasparini Rey
27. ¿Dónde está mi amigo? - Federico Godfrid
28. Eisenstein en invierno (Una aparición) - Lucas Granero
29. Aquella pesadilla contigo - Daniel Grilli
30. La cita - Hernán Guerschuny
 

PARTE 4 (ver)
31. La lección de la lección de la lección - Luisa Irene Ickowicz
32. Verano a la sombra - Maia Lopardo
33. La película que nunca vimos juntos - Carlos Losilla
34. Una tarde en el cine con R - Raúl Manrupe
35. Esfumaturas en el espacio - Pascual Massarelli
36. Más allá de la medianoche - Adrián Melo
37. Fotogramas de mis nonos colgados en un bar - Sebastián Miño
38. El final que no entendí  (“Blow Up”) - Roberto Montini
39. La mina del sillón - Mariano Morita
40. Las legiones - C. Adrián Muoyo
 

PARTE 5 (ver)
41. Viola, Bill - María Negroni
42. El hombre de la valijita gris - Luis Ormaechea
43. Escrito con fibrón negro - Lautaro Ortiz
44. Morbo Pasolini en la Lugones  - Paulo Pécora
45. Todo el mundo visita a Sam - Fernando Martín Peña
46. Sin bebida - Javier Porta Fouz
47. Cine de papá - Nicolás Prividera
48. Todos somos Doinel - Javier Rebollo
49. Esa misma película con… - Leandro Rodríguez Salcedo
50. Vivir en Buenos Aires, Morir en Madrid - Ricardo G. Rodríguez
 

PARTE 6 (ver)
51. El primo de la lágrima - Eduardo Rojas
52. La suspensión - Vicente Rozados Sauser
53. En la batalla contra el mal, también estás a mi lado - Alejandro Seba
54. Conmigo (sí, conmigo) - Griselda Soriano
55. True egoistic love - Ricardo Soto Uribe
56. El cuento de la buena pipa - Anabella Speziale
57. Grazie Don - Natalia Taccetta
58. Turista - Ezequiel Tronconi
59. Bicho de luz - Marcos Vieytes
60. Aunque no lo veamos, el Troll siempre está - Fabio Villalba
61. Nunca me contaste cómo empezó todo - Leonardo Zaffaroni
62. 76 89 11 - Cris Zurutuza
 

 


 

Derribar paredes y que aparezca el amor
por Mónica Acosta

 

 

 

 

 

 

 

Para el psicoanálisis el amor está ligado al amor a la madre. Según los griegos, en un principio éramos uno, una unidad completa en sí misma, una especie de ser que no necesita salir de sí para ir hacia otro. Hasta que algo nos separó y entonces, estamos siempre buscando lo que nos puede cubrir, completar, lo que nos falta desde el nacimiento.

¿Qué es el primer amor? Un deseo inmenso de tomar al otro todo para mí y darme toda para él. Linda definición para pensar el amor al cine. También para hurgar a partir de la consigna de escritura que nos convoca en este nuevo encuentro.

Mi adolescencia no fue un manto de rosas. Miradas sus espinas desde hoy, estoy en condiciones de afirmar, casi borgeanamente, que he sido todas las mujeres, he atravesado al menos siete siglos en poco más que cuatro décadas.

Un año antes de pasar a mi segunda década, el amor me llevó a ver un film que para la niña que todavía era, insistió en sonsacar todo lo que había estado escondido, dormido, prohibido durante una adolescencia signada por el ahogado respirar de la dictadura militar.

Esas serían mis últimas vacaciones familiares, clase media playera, resquebrajada por los efectos que en mí, hija predilecta y perfecta hasta ese momento, habían hecho una anacrónica educación religiosa: mi negativa a armar rosarios a los combatientes de Malvinas, mi negativa a donar dinero para la gesta guerrera en una diócesis comandada por las huestes de Monseñor Quarraccino, mi negativa a seguir con mi pelo planchado en honor al orden y atado en dos inmundas colitas, mis poemas eróticos en un ambiente monacal, mis pinturas de siluetas de desaparecidos sobre unos papeles de diario, los dibujos hechos sobre variaciones de desnudos femeninos que fueron secuestrados durante una muestra final de arte de quinto año, en fin, toda una estructura dispuesta a amar y a ser amada, a vivir la vida como la palabra en la poesía… Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.

Finalmente el día llegó y vino vestido de hombre. Me llevaba una década en edad pero contaba con al menos cuatro siglos de ventaja. Había conocido lo mejor y lo peor de este mundo, había vivido en París, en Roma, en Brujas, en Amsterdam y en Recife. Había realizado innumerables profesiones hasta recalar en esa insignificante playa de la costa bonaerense, unos meses antes de las elecciones generales de octubre, con claras intenciones de ver qué estaba pasando acá como para evaluar si definitivamente podía volver, o tenía que renunciar para siempre al deseo de vivir en este país.

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir, habré leído por ahí, en una de esas librerías de saldos escondida en alguna galería que daba sobre la peatonal, y en las que a menudo vendían libros que ni en la capital se encontraban.

Y ahí sí, frente a todas las prohibiciones familiares, apareció la medida de mi tiempo… Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Y ahí sí, empecé a ir en busca de quién soy.

Una noche estrellada de verano, con la brisa sobre el rostro, entré como quien camina sin sentido, a una sala cinematográfica cuya pantalla se caracterizaba por estar atravesada, durante todas las funciones, por innumerables murciélagos con sus consiguientes chirridos. Una sala húmeda, a media cuadra del mar, en una geografía demasiado apta para la formación de médanos contra su medianera, una sala que ya no está y creo, es hoy, estacionamiento frente al mar. Digo “entré” como si hubiera tenido conciencia de mi voluntad y en realidad fui llevada, transportada por el amor a no sabía bien dónde pero ya no importaba.

La película fue Pink Floyd The Wall de Alan Parker que, estrenada en 1982 en Gran Bretaña, vino a parar a esta salita del fin del mundo patagónico en el verano de 1983. Creo que entré en un éxtasis profundo, durante y después de la proyección. Los 15 minutos de secuencias de animación creadas por Gerald Scarfe –aclaro que hablo de una época en que la animación era patrimonio de la infancia y las producciones nacionales se limitaban al Libro Gordo de Petete– me sumieron “estoy segura”, en una especie de coma profundo. Fui del hipotético ataque alemán sobre suelo inglés a los campos minados por alemanes abusadores descriptos por mi nona durante mi infancia; se cruzaron los héroes ingleses, con los argentinos y con mi propio abuelo italiano sobreviviendo en un campo de concentración inglés en África.

El film no me daba respiro, la escuela era mi escuela, la familia eran todas las familias playeras por mí conocidas, el amor signado por la frustración… todavía no lo había conocido, pero funcionó como un indicio… después, bala certera… Pero, la entrada del protagonista en un estado alucinatorio y su enajenación me asustaron. Todavía era muy pequeña a pesar de mi edad. Era mucho para empezar así y recuerdo que pensé “menos mal que termina con estos niñitos volviendo a construir algo, aunque sea lo mismo”. Me vi finalmente, una y otra vez en la niña que estaba empezando a dejar de ser, y terminé perdiéndome en la imagen presentida.

Miré y me olvidé de todo lo que era. Lo siniestro se coló en mi percepción desdoblada por las caricias del amor y la violencia del mundo que asomaba. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.

 

(algunos versos de Alejandra Pizarnik acompañan este texto)


 

No prendan todavía las luces del salón
por Pablo Acosta Larroca

 

 

 

 

 

 

 

A ella(s)

 

En medio de las perpetuas ausencias y desolaciones de este mundo que hieren con su arrebato nuestra existencia, condenándola a la soledad, hay tiempos sin embargo para luces de cándido esplendor donde el pecho pareciera quemarse. Ahorren los descreídos y amnésicos emocionales sus muecas de desaprobación y burlas socarronas, ya que no conseguirán más que la compasión de este autor, porque si de algo está seguro es que en la vida de un hombre hay pocas ocasiones tan sentidas y profundas como la primera vez en el amor.

Por aquellos tiempos, en los que aún no tenía la descarada compostura que otorga la nutrida experiencia con las mujeres y desconocía por completo el afán por las empresas amorosas con flores de un día, vivía con un latir que me atravesaba el cuerpo del día a la noche y de la noche al día y que llevaba por nombre Mariela.

La había conocido en persona hacía un poco más de un año, aunque con anterioridad –y más allá de su pertenencia al turno tarde– su famoso nombre y apellido habitaban en mi universo gracias a cierta reputación de la que gozaba en aulas y pasillos de la escuela: Mariela era “La Alumna”. Finalizando el quinto grado turno mañana, en una de esas fiestas organizadas por la cooperadora del colegio –de la que Mirta, su madre, era además la responsable–, la vi por primera vez, con su cabellera larga y enrulada corriendo por el patio central, llevando de la mano a su primita Solange. Me enamoré al instante. “Vos sos Mariela ¿no? ¿Te gustaría bailar conmigo?” le dije a plena luz incandescente y sin vueltas mientras sonaban los primeros acordes de “Dices tú, digo yo” de Lionel Richie. “No puedo”, me dijo con cierta gracia y se fue corriendo en la dirección contraria. Quedé suspendido.

Pasó el verano, llegaron los primeros vellos y con el retorno de las clases un anuncio animaba mi adolescente virilidad en formación que necesitaba de constantes auto demostraciones corporales: “Clases de Taekwon-do. A cargo del instructor Silvio Bertolini”, sí, el hijo del dueño de las famosas tapas para empanadas. Si en algún momento titubeé en tomarlas, las dudas se disiparon por completo cuando en la primera clase descubrí que Mariela vestía dobok blanco sujetado a través de su cinturón, en el mismo color haciendo juego. Las probabilidades de un encuentro crecían, aunque ese año crucé poco y nada, salvo algún “Hola, ¿qué tal?” y un par de “luchas sin contacto”, pero definitivamente tenerla cerca, dejando su aureola perfumada a través de sus tiros de puño y patadas al viento, era una motivación poderosa para seguir esforzándome. Así, aunque durante esa primera temporada comencé con el equipo de gimnasia y continué luego con un traje artesanal cocido con delicadeza por la habitual habilidad de mi padre, logré convertirme en un practicante destacado, con dos puntas amarillas agregadas en mi cinturón y ganándome el “Premio al Mayor Esfuerzo” (no falté nunca), quedando a un punto de “Mejor Practicante”.

Y llegó diciembre y nuevamente con el fin de las clases también concluyeron las del arte marcial coreano, cerrando la única posibilidad de encuentro que me permitían las dos veces por semana en las que entrenaba y en doble turno: uno con los más chicos y el otro con los de mi edad. Y entonces volvió a llegar el verano y con él la confirmación de mi desarrollo que movilizado por los alentadores consejos de mi padre, los cassettes “TDK” grabados de mi hermana mayor, las melodías de Michael Jackson y Madonna, y los pasos de baile aprendidos gracias a “Música Total”, me dispararon de lleno a ganarme la calle.   

Fue así que en un asalto a punta de chizitos y botellas de “Coca-Cola”, celebrado en la casa de Romina Vignatti, conocí a Laura: morocha, labios grandes, piernas largas debajo de la pollera de jean, y sobre todo y a la vista sus prometedoras formas debajo de la remera a lunares que confirmaban su pasaje de la niña a la mujer. Imposible no sentirse atraído. Tras mis dotes de danzarín y mi cassette de “Signos” de Soda Stereo conquisté su atención y más tarde su boca en el balcón del primer piso. Definitivamente ya era un hombre.

Pasada la medianoche del sábado me quedé con su perfume y su número de teléfono anotado en una servilleta de papel del que, ni lerdo ni perezoso, hice uso al otro día, citándola para ese mismo domingo de finales de febrero en la esquina de José Cubas y Bolivia, cuya espera se hizo interminable y me encontró solo, sentado en el marco de entrada de la verdulería de la esquina, apoyando mis espaldas contra la reja y mi mentón descansando sobre mis brazos. Laura nunca llegó. Quizás se arrepintió cuando se arreglaba frente al espejo, quizás suplicó entre lágrimas ante la negativa de sus padres, o quizás simplemente confundí el juego de crecer con el de hacer de grande, tratando de dar el paso de una zancada desprovista de verdad, que luego de esa y de otras innumerables experiencias venideras comprendería que sólo a través de un tránsito emocional las historias se vuelven sentidas, amorosas, verdaderas.   

De regreso y con el orgullo destrozado, me desvié unas cuadras y tomé por la calle Vallejos, con la intención de pasar por la puerta de mi amado colegio buscando consuelo y refugio, que me esperaba en marzo para afrontar la adultez, ese genuino sentimiento de satisfacción que se experimenta en séptimo grado, cuando por fin llegamos al último año y nos convertimos en los más grandes. Llegando a la esquina –y vaya a saber por qué extraña casualidad del destino–, me encontré con el Gordo Laborde, un año menor que yo y del turno tarde, que me dijo: “mi prima Mariela gusta de vos”. En ese momento sentí que el alma me volvía al cuerpo y que el desasosiego se convertía en amor.

Y volvieron los días de Taekwon-do y todo era maravilloso, y los aires otoñales presagiaban un futuro soñado. Las clases pasaban y en cada encuentro con sus ojos marrones miel, la agitación del alma en la garganta detonaba en el pecho como una explosión luminosa. Así, preparado y seguro de mi amor, un lunes 4 de julio de 1988 (cuya rigurosidad figura datada en mis epístolas amorosas posteriores) le dije: “Yo gusto de vos. ¿Vos gustás de mí?”. “Sí”, me respondió dulcemente, y desbordado por la conmoción me di media vuelta y regresé al patio donde Karina Salvia y mi gran amigo Sergio Rossi contemplaban la declaración a través de los espacios que dejaban las cortinas de tela de los ventanales. Entre indignados y risueños por mi accionar, ambos impulsaron mi regreso. “¿Querés salir conmigo? ¿Querés ser mi novia?”. “Sí”, me respondió dulcemente una vez más, y desbordado nuevamente por la conmoción me di media vuelta y me fui, pero esta vez con la excusa perfecta, gracias al llamado del sabonin (que para ese entonces ya había dejado el rojo punta negra detrás) anunciándonos que habíamos llegado al final del descanso. A la salida, Mariela me esperaba con su hermoso saco de lana blanca y con detalles azules y rosados, y nos despedimos con nuestro primer beso, pequeño y tímido, pero amoroso y profundo, corriendo luego hacia el automóvil de su padre. Definitivamente era una historia verdadera.

Así nació un sentido romance cuya repercusión inundó las aulas y los pasillos del colegio, contagiando a otros, abriendo las puertas hacia la conformación de otras parejas inter turnos, despertando los celos de las chicas turno mañana y de los muchachos del turno tarde. Pero nuestro amor estaba por encima y se nutría día a día a través de cartas perfumadas, tarjetas móviles, notas en hoja n°3 debajo del pupitre, declaraciones de tiza en pizarrones, encuentros propiciados antes y después de las clases, los paseos y salidas a la luz del día, y sobre todo los bailes, el primero de todos en el living del Gordo Laborde, y luego en la terraza pop del Enano Hachuy, en el chalet sin terminar de la calle Helguera de mi gran amigo Sergio Rossi, en la terraza de la casa de Argerich del revoltoso Gabriel Cuevas, que al son de los “14 Top Hits” y las grabaciones arrancadas de las FM “Horizonte” y “Z 95” albergaban nuestra pasión, que llegaba a su momento climático gracias a los infaltables lentos, sobre todo los de César ‘Banana’ Pueyrredón, momentos idílicos donde Mariela y yo nos fundíamos en un único abrazo, besándonos apasionadamente, deseando detenernos para siempre en la eternidad del instante.

Sin embargo, antes de vivir una constante Luna en cuarto creciente no todo fue color de rosas, porque contando aún con la aprobación de Don Carlos, que era un tierno suegro, y mi gran aliado Nahuel, su hermano menor, que me tenía como referente, Doña Mirta vigilaba de cerca, por lo que durante las primeras semanas fue imposible encontrarnos fuera de las clases de la ITF (International Taekwond-do Federation), otorgándole a nuestra relación cierta iniciación dramática cuya angustia supimos expresar y contener a través de nuestras primeras cartas, temiendo que esa negativa se perpetuara por siempre (sólo las almas con cierta disposición emocional pueden temer esto a la edad de 12 años).

Sin embargo, tras semanas de paciencia y habiendo pasado mi cumpleaños a finales de julio, por fin nos concedieron la oportunidad de encontrarnos por fuera del recinto escolar, aunque en compañía de otra pareja, la de su primo, el Gordo Laborde y su novia, lo que rayaba el absurdo, considerando que habían enviado a vigilar a una pareja un año menor que nosotros.

La cita tuvo lugar a unas cuadras de su casa en Villa Urquiza, en un cine relativamente nuevo que constaba de una única sala y que se ubicaba en una suerte de galería sobre Avenida Olazábal, casi esquina Triunvirato, que años después se adaptaría a boliche bajo el nombre de “Mr. Cooper” primero y más tarde “La Cumbre”. Era un día nublado y ventoso de agosto, ideal para el cine. Llegué puntual, porque por esos tiempos aún no tenía el vicio de hacerme desear y el deseo de ver a Mariela era más fuerte que todo, incluso más que mi enorme ego, porque todo segundo con ella era valioso, y generaba luego ese disfrute embriagador de quedarse “mirando la Luna sin saber por qué”. Al bajar del colectivo allí estaba, en la vereda de en frente, con su saco de lana blanco y su vestidito de flores. Temblaba conmocionado, maravillado, levitando. Crucé y casi sin sacar mis ojos de ella, saludé a su primo y a su novia primero, dilatando hasta el final el dulce encuentro, celebrándose con nuestro beso de labios y nuestro abrazo únicos, donde su aroma a flores blancas del “Anne Anne” se mezclaba con la frescura mediterránea del “Old Spice”, que había tomado prestado del botiquín de mi padre.

(…) And we can build this dream together, / standing strong forever, / nothing's gonna stop us now. / And if this world runs out of lovers, / we'll still have each other, / nothing's gonna stop us, / nothing's gonna stop us, now (…). “Nada va a detenernos ahora” profesaba la canción con la que Mannequin sellaría nuestro amor, a partir de la primera película que transitamos y vivimos en stereo, con nuestras almas en tándem entre ambas butacas.

A la salida y con algunas gotas cayendo sobre nosotros, nos mojamos un poco y buscamos resguardo en el departamento de su primo, cuyos padres habían salido. Fue entonces cuando decidió dejarnos a solas. Un placárd empotrado, una alfombra amarronada, una cama de una plaza y una repisa con un equipo de música. En un cuarto a solas, iluminado únicamente por las mortecinas luces que se filtraban en el ambiente a través de la persiana, mientras escuchábamos “Más cerca de la vida” de César ‘Banana’ Pueyrredón, bailamos muy juntos, abrazándonos amorosamente, dejando que el calor de su piel suave y el mapa de su juvenil cuerpo se entrelazaran con los míos. Así, poco a poco, como si el deseo se deslizara por nuestras mejillas, nuestros labios se encontraron, nuestras bocas se abrieron involuntariamente y nuestras interioridades se enredaron en un lazo amoroso con sabor a frutilla. Un beso con el alma en la boca. Sin separarnos un milímetro, abriendo progresivamente nuestros ojos, con el aire borroso y el alma en orsai, le pregunté: “¿Te gusta?” y susurrándome me respondió: “Me encanta… Te amo Pablo”.

Meses después y luego de la conmovedora fiesta de fin de curso, el cambio de colegio, los vientos agitados del secundario, y sobre todo las torpezas propias de un adolescente confundiendo el juego de crecer con el de hacer de grande, quebraron el mágico hechizo, tratando en vano de recuperarlo luego en algún baile furtivo o en algún encuentro casual en una fiesta juvenil de Villa Urquiza.

Pasaron los años y me hice hombre, viviendo diversidad de aventuras amorosas, pero en un rincón de mi habitáculo el joven-niño jamás dejó de llorar por su novia perdida.

(…) No prendan todavía las luces del salón, / recién está empezando la función (…)


 

Crónica de un amor que nunca existió
por Nicolás Aponte A. Gutter

 

 

 

 

 

 

 

Cómo llegamos a estar juntos en una sala de un cine de Lavalle es algo que aún hoy no puedo precisar. Sobre todo sabiendo que fue la única salida que hicimos juntos. No obstante, así sucedió.

Bueno, es cierto que habíamos cursado juntos el C.B.C. –la antesala de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido– y que, dentro de los cientos de aspirantes a Arquitectos y Diseñadores Gráficos, los que estábamos allí con la todavía adolescente pretensión de hacer cine éramos los menos, y cuando uno forma parte de una minoría tiende a juntarse con sus pares: habíamos conformado entonces un pequeño grupo que luego, con el correr de los años, se fue disgregando en las innumerables vueltas del destino.

Pero durante un tiempo nos seguimos frecuentando. Y fue en alguna de esas azarosas ocasiones en las cuales combinamos para ir al cine juntos.

Si algo la destacaba del resto del grupo –y de mucha otra gente que conociera durante aquella época y después– era ese cálido entusiasmo por imbuirse ante lo desconocido, y que en nuestro caso giraba alrededor de ese mundo del cine que aún se nos presentaba misterioso e inexplorado.

Y su sonrisa, claro. ¡Qué bella y radiante sonrisa!

Cierto es también que teníamos una empatía particular, aunque quizás sea más apropiado llamarla atracción, porque indudablemente lo era. Por más breve y fortuito que fuera, cada encuentro era una pequeña fiesta, un motivo para compartir tiempo juntos a través de cualquier excusa, tanto el último descubrimiento musical o cinematográfico como simplemente despotricar contra tal o cual docente, sin importar quién estuviera alrededor de nosotros, porque todo se interrumpía y el tiempo se suspendía para brindarnos ese bello instante de comunión.

Era la época de los videoclubs, del VHS y de escribir al borde de la hoja los nombres de los directores y los teóricos que desconocíamos (que eran prácticamente todos): “Aisenstain”, “Tarcosqui”, “Griffi”, “Bassen”, “Deles”… Con los directores norteamericanos e italianos era más fácil, y entre estos últimos había uno que me llamaba particularmente la atención: Antonioni. No era un nombre apropiado para un director, le faltaba cierta grandilocuencia. Sin embargo, decían que era uno de los grandes, aunque ninguno de nosotros lo había escuchado nombrar en ningún lado.

¿Qué decir cuando nos enteramos que estrenaban en el cine una nueva película de Antonioni? Y además dirigida junto a “Venders” (Las alas del deseo, El estado de las cosas y Paris, Texas eran ‘las que había que ver’ en ese momento). Aquí y ahora se nos presentaba la oportunidad de ver a un grande del cine (¡cuán placentera puede ser la ignorancia en ciertas ocasiones!). La película en cuestión, Más allá de las nubes.

Al salir de la proyección, caminamos por Lavalle. Ella vivía lejos y la acompañé unas cuadras hasta la parada del colectivo. Luego de algunas calles en silencio y tras el dubitativo esfuerzo por romper el hielo, ella dio el primer paso. No le había gustado la película. Algo la había decepcionado. Los encuadres eran ‘muy clásicos’ y eso a ella no le gustaba.

¡Quedé anonadado!

Y continuó: “que el profesor de Iluminación y Cámara, que la regla de los tercios, que esto y aquello”… en fin. Lo cierto es que siempre concordaba con sus observaciones, ya que por ese entonces compartía con ella esa euforia por romper las reglas (vale la pena recordar que ese mismo año se estrenaría también Carretera Perdida de David Lynch y todo el impacto que causaría en nosotros).

Pero en esta ocasión… no. Esas pequeñas historias de encuentros y desencuentros amorosos entre hombres y mujeres me habían tomado por completo. La sensualidad de las imágenes, los escenarios, los cuerpos… Y todavía con las imágenes resonando dentro de mí, la miraba y la escuchaba, mientras caminábamos levemente distantes uno con el otro.

Finalmente ella partió y yo emprendí mi vuelta a casa, sentado contra la ventana del colectivo, mirando la noche de la ciudad. Y fue quizás a partir de esa noche que nos fuimos distanciando poco a poco, hasta dejar de vernos definitivamente.

Nunca sabré exactamente qué sucedió esa noche o qué podría haber sucedido... pero quiero pensar que esa proximidad que nos permitimos al compartir una salida juntos fue también la razón de nuestro alejamiento. Como si nos hubiésemos acercado demasiado a ese umbral de no retorno, asustándonos a ambos. Elegimos quedarnos de este lado de las nubes, paralizados por el vértigo a las alturas.  

¿Hubiese sido distinta aquella noche si hubiésemos elegido ver alguna otra película? Indudablemente creo que sí.
 
Todavía perdura en mí el recuerdo de esa película misteriosa, melancólicamente bella. ¿Será posible el amor fuera del cine? ¿Es posible darle cuerpo al amor fuera de la pantalla? ¿O es el amor un asunto que existe exclusivamente más allá de las nubes?

Si es el amor un sentimiento imaginario, una emoción que excede nuestra capacidad de ponerlo en palabras, de abarcarlo, ¿cómo darle forma material al amor aquí en la tierra?


 

Fútbol, cine y futuro
por Paula Arella

 

 

 

 

 

 

 

Barcelona. Hace diez años y nueve meses que no caminaba por estas calles y hace nueve años y seis meses que mi hermana y mi cuñado se mudaron a esta ciudad.

Cuando me llegó esta propuesta pasé unos días dejando que mi cerebro se paseara por las salas de cine que visité acompañada: la primera película que fui a ver con un chico cuando tenía trece o catorce años (Las aventuras del Baron Munchausen); algunas idas al cine con mi mamá (Como agua para chocolate, Cabo de miedo); las noches de los martes en el CineClub La Cripta junto a una banda de amigos; o la última vez que fuimos con la cátedra de Guión a ver una película 3D (Avatar). Pero ninguno de esos recuerdos me parecieron lo suficientemente atractivos para narrarlos en estas líneas. Tal vez esperaba una nueva experiencia.

Barcelona. Apenas terminé con mis actividades fijas del año en Buenos Aires y Rosario, me tomé un avión hasta la casa de mi hermana, por primera vez desde que vive aquí.

En medio de la felicidad por la visita, por las horas de charla, por las caminatas, por las comidas… en suma, por el reencuentro de nuestras almas, mi cuñado nos propone ir al cine. “¿Viste El Gato con botas?” –preguntó. “No” –respondí. Así que no tardamos mucho en sacar on-line las tres entradas.

Mientras Celeste y yo nos preparábamos para la función como cuando éramos niñas e ir al cine era todo un evento para el cual ponerse linda, Tito, mi cuñado, jugaba al arqueólogo con un ladrillo de yeso rosado al que hay que excavar con sumo cuidado para descubrir los fósiles de un dinosaurio de plástico, mientras de fondo sonaba la música de Shrek (la estaban dando en la tele).

Las chicas listas, el dinosaurio mostrando ya parte de una garra y de lo que parecía ser la cadera, y el gato pidiendo a maullidos ir con nosotros. Finalmente partimos hacia el Centro Comercial Gran Vía 2.

La ciudad está hermosa con las guirnaldas callejeras de luces de colores que reciben la Navidad. Los tres caminamos muy juntos, todos del bracete, como si el mundo surgiera a nuestro paso. Entre cháchara y risas llegamos al gran shopping de una elegancia acorde a nuestros atuendos. Subimos hasta el tercer piso, recorrimos un amplio corredor y salimos a una gran terraza-patio-de-comidas donde se encuentra la entrada al cine.

Nos ubicamos en la cola para ingresar a la sala y durante la espera me didiqué a mirar los carteles de las otras películas en exhibición. Entre ellos, un afiche en particular me llamó mucho atención: con un tratamiento muy propiamente cinematográfico se superponían imágenes de futbolistas encamisados, ya con los colores del Real Madrid ya con los del Barça, anunciando el estreno del fútbol en cines, en directo y ¡en 3D!

Increíble, cada día que pasa estoy más segura de que estamos viviendo el futuro (y que, probablemente en breve, el futuro que conocemos de la ciencia ficción con el que crecimos será parte del pasado). En fin… Acompañando el texto en grandes letras anunciando que el sábado 10 de diciembre podremos ser espectadores de este espectáculo mayúsculo, en el margen inferior del afiche, donde solemos leer los nombres de los directores y equipo de cada película, nos encontramos con la siguiente leyenda: “Con Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Zlatan Ibrahimovic y la participación estelar de Thierry Henry y Karim Benzema. Dirigida por Josep Guardiola y Mauricio Pellegrini. El fútbol como nunca antes se había visto. En los mejores cines de España. Vive un fútbol de cine, en el cine”.

¡Flipé! Y no sólo yo, también mis acompañantes y luego una amiga que lleva muchos años viviendo aquí, a quién le comenté al día siguiente, y todavía hoy seguía impresionada por la novedad.

En fin, la cola se movió y pronto estuvimos ubicados en la sala. La proyección se desarrolló normalmente. La película está buenísima, nos divertimos como niños y salimos súper contentos y hambrientos. Nos paramos en el centro de la terraza-patio-de-comidas y elegimos cenar pastas, así que nos metimos en un restaurante muy chulo e italiano y nos deleitamos los paladares para llenar nuestros estómagos y terminar la jornada llenos… llenos de sabores, de alegría, de nostalgias y esperanzas, de proyectos, de lazos invisibles y evidentes... llenos de felicidad.

Hoy, 6 de diciembre, mientras escribo estas líneas, tengo pendiente volver al Centro Comercial a fotografiar el cartel (tal vez entre mañana y pasado lo haga y lo comparta). Lástima que mi cuñado no es futbolero. Veré si convenzo a mi hermana para que me acompañe a ver el partido del sábado en 3D. Sin lugar a dudas toda una experiencia.


 

Sin compañía
por Miguel Baratta

 

 

 

 

 

 

 

La ciudad, Mar del Plata. La ocasión, el festival. Mes y año, marzo, 2003. La película, Irreversible.

El marco podría tener mayores precisiones pero la memoria no es lo mío. Una sala grande, larga, la pantalla ancha, lejana. Algo así como las doce de la noche, mucha gente, mucho revuelo, grupos de amigos, ansiedad, algo en el ambiente que no lograba descifrar. No sabía lo que estaba entrando a ver, y si bien el fervor generalizado resultaba contagioso preferí mantenerme a un costado y esperar a que fuera la propia película la que dijera lo que tenía que decir.
 
La proyección se demoraba y el público se ponía impaciente. Los lugares se iban acabando, la sala se colmaba como un hormiguero. Desde mi asiento seguía el ir y venir de las últimas personas que buscaban dónde sentarse. Parejas que se dividían ante las únicas butacas salpicadas que quedaban mientras otros se resignaban a la incomodidad de las primeras filas y las escaleras de los pasillos laterales. El murmullo crecía constantemente abriendo paso a algunos tímidos aplausos. En ese momento empecé a sentirme acompañado. Comencé a ver a mi alrededor mucha gente grande, muchos viejos, los (re)conocidos jubilados, asiduos concurrentes a las salas del festival, sobre todo en aquellos años en que aún se celebraba en el mes de marzo. Ellos eran mi compañía, con ellos me identificaba. Ellos tampoco tenían idea qué era aquello que despertaba tanto entusiasmo. De golpe la sala se oscureció, se hizo silencio y arrancó la película, mientras algunas siluetas encorvadas a contraluz todavía buscaban un lugar donde sentarse.

¡Shhh! ¡Shhh! Los conocidos (insoportables) reclamos de silencio. ¡Shhh! Todo el mundo a callarse. Comenzaron los títulos y finalmente ya todos estábamos en nuestros lugares.
 
El sonido comenzó a hacer lo suyo. Una métrica de hierro, compases duros y pesados marcando un ritmo que ni la cámara ni el montaje seguían. Las imágenes borrachas girando en un aparente sinsentido hasta encontrarse, casi por casualidad, con el cuerpo caído de un hombre gordo desnudo. En la sala murmullos, comentarios, chistidos; en la pantalla, imágenes indescifrables, donde cada tanto, aparecía alguna figura… un hombre, una lámpara, una pared, cuerpos desnudos, cabezas peladas, gritos ahogados luchando contra el vertiginoso ir y venir de un aullido de sirena. Colores puros, negros, rojos, amarillos, saturados. Respiraciones agitadas, sesiones masturbatorias, sexo sadomazo, penes gigantes erectos proyectados en la pantalla titánica... Irreversible. Ya todos sabemos de qué hablamos.

Fue así que, apenas pasados unos minutos del metraje en cuestión, volví nuevamente a mirar a mi alrededor, tal vez buscando aire, una mirada cómplice, alguien con quien compartir ese ahogo y esa incomprensión en la que me encontraba inmerso. Nada de eso pasó, más bien todo lo contrario. De golpe, comencé a sentirme solo, aunque esta vez no por una cuestión sensorial sino por algo estrictamente práctico: aquellos que yo había elegido para identificarme comenzaban a ‘bajarle el pulgar’ a lo que la minuta ofrecía y esos últimos cuerpos que habían logrado ubicarse padeciendo la oscuridad de la sala, comenzaban lentamente  a abandonar la proyección. Un gran pie había apoyado su suela despiadada en aquel hormiguero que nos albergaba.  Mi ahogo crecía en la inmensidad de la butaca y el éxodo aumentaba. Uno a uno, aquellos que me cobijaban, fueron dejando la sala, y yo allí, sin compañía.


 

Dos extraños son, los que se miran
por Magalí Bayón

 

 

 

 

 

 

    

 

“–¿Cuántas?”, me preguntó de manera mecánica. “–Una” le contesté, esperando que me devolviera la mirada vidriosa que te otorgan aquellos que sienten lástima por tu soledad cuando comprás una única entrada para ir al cine. Pero no. El muchacho de la ventanilla ni se inmutó y me entregó el boleto. Sucede que en ocasiones no tenemos nada que hacer en mitad de la tarde (en mitad de la semana), y además estamos más solos que el uno. Suena lógico –entonces– esconderse en la oscuridad de una sala de cine para olvidar la propia existencia por dos horas a cambio de preocuparse por los problemas de otros. Esos “otros” tan verdaderos como irreales, que despliegan ante nuestros ojos sus problemas y deseos, aquellos que hacemos piel y referente, y que –para nuestra tranquilidad– ofrecen convincentes resoluciones a vicisitudes que aquietan el misterio de nuestro propio devenir.

La película ya la había visto antes, hacía un par de meses. En aquella oportunidad había compartido ese mismo misterio hipnótico de la luz proyectada con alguien que, como el cómplice de una aventura, me había acompañado en la audacia de arrojarme a ese universo animado. Aquel era ese compañero cinéfilo ideal, el que no te cuestiona el film, el que te lo deja ver en silencio, el que considera una aberración la ingesta de pochoclos en cualquier película si tenés más de ocho años, el que siempre tiene un pañuelo para compartirte, el que se queda con vos en la sala hasta que el acomodador te hecha, el mismo que después te aguanta 15 horas hablando de una película de 2. Ese que, en su ausencia, ahora recordaba mientras bajaba las escaleras del cine y me adentraba a la sala sin entender de manera clara por qué nuevamente me arrastraba a ver esa película de Sylvain Chomet sobre el mago más triste del mundo.

La población del cine céntrico (un miércoles por la tarde) es clara: un número oscilante entre 5 y 15 personas, casi todas mayores de edad, casi todas señoras, y casi todas confunden la sala de cine con el living de su casa y conversan toda la película como si compartieran un té con scones mientras juegan a la canasta. Estaban todas ellas… y yo. Y ese Señor Mayor de Boina que, habiendo una infinidad de asientos libres, vino a sentarse justo al lado mío. Es notable como uno espera que un desconocido se siente asiento mediante, que guarde una distancia. Pero no fue el caso; vino a sentarse pegadito a mi asiento. En su proximidad me sentí observada; venía a perderme en la amarga dulzura de “la magia no existe”, y por seguro no quería compartirla con un extraño.

El film comenzó y como estaba previsto el Club del Té Canasta comenzó a comentar cada ribete de la película. El grupo de cuatro estaba compuesto por una que –lo mismo que yo– ya había visto el film. Para ella era lógico anticiparles a sus amigas vírgenes de trama cada evento y accionar del Mago, debatir posturas y actitudes de los personajes, develando misterios a las víctimas cautivas de sus graznidos. Con esfuerzo hice abstracción de ese chirrido permanente y me dejé llevar por el hechizo. Noté que el Señor Mayor de Boina también hacia esfuerzos sobrehumanos por no acogotar a las comentaristas.

La trama avanza, y la tristeza me va calando los huesos (no hay nada de alegre en este film; no se confunda usted: es una de las películas más tristes del mundo, que sean “dibujos animados” sólo empeora las cosas). Y mientras la ilusión del Ilusionista va desquebrajándose paso a paso por las calles de Edimburgo, lo mismo le sucede a mi entereza dentro de esa sala cinematográfica. No sé si fue el hechizo, la empatía o una alineación planetaria lo que produjo que me resultara inevitable desdibujar la frontera entre la ficción semi acuarelada y mi realidad: nudo en la garganta mediante, me dejé arrastrar por el efecto catártico del llanto en la oscuridad. No faltó mucho para que ese desconocido Señor Mayor de Boina comenzara a observarme de reojo mientras inútilmente intentaba ocultar avergonzada esos sentimientos desbordados sobre el clímax del film.

Las luces se encendieron (como siempre, antes de tiempo) y el rimel que prometía ser a prueba de agua, claramente no lo fue: mi rostro parecía una ría de tinta china. Inútilmente intenté buscar en mi cartera un pañuelo mientras continuaba presintiendo de reojo la mirada constante de ese copiloto circunstancial. En ese momento me inundó el flashback de mi propia existencia y recordé a ese Compañero Cinéfilo Ideal, y el nudo en la garganta se volvió candado con combinación. En medio del diluvio de lágrimas negras, sucedió lo inesperado. El Señor Mayor de Boina buscó en el bolsillo interno de su saco y me tendió su compasión, y a mí no sé qué me conmovió más: si el gesto o el hecho que el pañuelo era de tela. Intentando no ensuciar demasiado el objeto prestado, quise devolvérselo; “–No, Nena. Quedátelo. Consideralo un regalo”. Me tomó del hombro, y me brindó una mirada cálida y compasiva. Lo miré a los ojos tras esos enormes lentes gruesos que usaba y vi que él también había llorado; que por los mismos motivos o por otros completamente distintos, en esa emoción algo nos unía. Y entonces entendí que yo, cegada entre la empatía y la nostalgia, no había visto en él al potencial compañero, el que ya había estado sentado al lado mío, brindándome el silencio, la comprensión y el pañuelo que necesitaba para atravesar ese film. Un giro de guión digno del film que acababa de ver (otra vez).

El Club del Té Canasta se levantó de sus butacas y como una horda de gaviotas en celo continuaron el debate a viva voz en retirada. El Señor Mayor de Boina salió detrás de ellas, junto con las otras pocas personas que poblaban la sala. Lo vi irse sin mucho más, y como sucede en estos casos, no me animé a preguntarle su nombre. El acomodador tuvo que esperar hasta que apareciera ese último gag de los films de Chomet antes de despotricar para que abandonara la sala.

Es un misterio lo que nos aproxima y nos distancia, butaca de por medio o sin butaca siquiera. El mismo enigma mágico de dejarse encantar por un film arrojándose a la ilusión de esos ilusionistas cinéticos. Ese misterio de llorar o reír junto a un otro completamente desconocido, y sin embargo cercano en esa emoción. Un misterio parpadeante, y por suerte, indescifrable.

Todavía atesoro el pañuelo de mi Monsieur Hulot, esa compañía que supo brindarme y –por sobre todo– el creer que la magia de los desconocidos aún existe… al menos dentro de una sala de cine.


 

Aquella película conmigo
por Ezequiel Boetti

 

 

 

 

 

 

 

Nada, che. Busco y busco. Pero es imposible. No hay caso: disiento plenamente con la temática central de este dossier. “Aquella película contigo”. ¡Guacala! Y como me gustaría más algo así como aquella película conmigo o aquella película solo, decidí, por tiránica unanimidad, hablar de eso, de lo lindo que es ir al cine liberado de ese lastre antropomorfo que es una compañía en la butaca de al lado. “Pura humildad, el pibe”, dirá alguno. No, no se confundan, estimados lectores. Piensen un instante y verán que tengo razón. En serio. Porque muy lindo ir al cine en pareja, aprovechar la horda de 2x1 en las grandes cadenas, convidarle el sorbete vinculante a esa gaseosa aguachentada y hacerse arrumaquitos juveniles en la impunidad prohijada por la ausencia de luz. Pero, ¿hay algo más placentero que el acto libertario de pararse frente a la cartelera y disponer de ella a libre elección, con la certidumbre de que no habrá reproches ante una potencial mala decisión?

Ojo, que quede claro que no me molestan los encuentros azarosos con amigos y conocidos durante el Bafici o el Festival de Mar del Plata, ni muchos menos los ilustres desconocidos que complementan el mapa de una sala. Al contrario, estoy convencido de que el cine no sería tal sin ellos. ¿O acaso alguien imagina una proyección en la sala 3 del Gaumont sin el crujir eterno del papelito de caramelo duro envuelto o los pasillos del Abasto vaciados del hedor de cientos de recipientes circulando en todas direcciones? En todo caso la discusión sería otra, más profunda, casi ontológica, relacionada directamente con las implicancias postmodernas de estos actos. Esto es: cuál es el sentido de chupar saliva con gusto a naranja o empalagarse con pochoclo –¿A nadie le preocupa que haya dos minutos a cien grados centígrados de separación entre ese hábito alimenticio y el de los patos del Parque Centenario?– en lugar de comerse un regio sánguche de crudo y queso o de milanesa.

En fin, volvamos. Vaya uno a saber en qué momento de la historia el rito cinematográfico mutó de una experiencia colectiva a otra más bien compartida. Pura incoherencia, sobre todo si se tiene en cuenta que el cine, más allá de la calidad y aspiraciones más o menos industrialistas de cada película, se trata de la apreciación personal de una manifestación artística, de un frente a frente entre el espectador (N de R: el; primera persona del singular. S-I-N-G-U-L-A-R) y un cineasta dispuesto a recortar una porción del mundo, analizarla, digerirla y graficarla en imágenes y sonidos. Sé que es una visión demasiado analítica de un acto puramente pasional, una cosificación total de la sala oscura, pero insisto, piense. Le advierto que puede ser un proceso complicado de una duración imposible de precisar. Quizá demande meses. O años, como en mi caso. Exactamente dieciséis años y diez meses.

Fui bastante al cine durante mi infancia gracias a las bondades de vivir en medio de un polo cinematográfico como lo era el barrio de Flores a mediados de los noventa. Aquí estaban el Gran Rivadavia, el Coliseo y el Rivera Indarte, entre algún otro que debo estar olvidando. Los años pasaron y el cine se convirtió en una salida habitual de mi preadolescencia. Siempre, craso error, en compañía. Todo cambio un febrero. La escapatoria al cine rellenaba de felicidad gran parte del vacío alpedista de un receso escolar ya menguante. Además, claro, era un oasis climático en medio de una Buenos Aires derretida ante la verticalidad absoluta del sol. Éramos cinco o seis amigos y la elección corrió por mi cuenta. Por ese entonces, 2004, aún estaba lejos del periodismo en general y mucho más del cinematográfico, pero digamos que había desarrollado cierto gusto por mirar películas y podía seguir con interés una trama sin el habitual vértigo del mainstream, algo seguramente normal para el lector, pero no para un grupo de adolescentes de un colegio técnico de Almagro. Elegí 21 gramos. Ojo, no me arrepiento: es, por lejos, la mejor película de Iñárritu. Hasta creo que es buena. Sin embargo, aún hoy, casi nueve años después, soy blanco fácil de enojos de mis amigos por su ritmo “lento” y el “quilombo” causado por su narración no lineal. “Nunca más”, me dije. Siguieron meses de mucho VHS alquilado y Play-Rec en la videocasetera.

Unos meses después, otra vez apresado por el aburrimiento, ávido de fílmico, fui al cine a ver La guerra de los mundos. Solo. Temerosamente solo. Aterradoramente solo. Me imaginaba como el hazmerreír de boleteros y acomodadores, el objeto del entrecruzamiento de sus miradas cómplices. Y yo paradito frente a ellos, leyendo entrelíneas un “pobre pelotudo, no tiene amigos. Ni la mamá lo quiere”, convirtiéndome en depositario de una mirada entre paternalista y lastimosa de mis futuros compañeros de sala. Humillado y casi lagrimeando, pedí una entrada con un susurro precautorio. La indiferencia del empleado fue un brío esperanzador. Después de todo, no estaba tan mal: qué mejor que dedicar una tarde de ocio a una película. Otra vez, puro ego.

Fui al baño sabiendo que el ingreso puntual a los adelantos de los futuros estrenos dependía exclusivamente de mi cuerpo. Ahora no sólo no la estaba pasando mal, sino que empezaba a disfrutarlo. Atravesé el largo pasillo buscando una butaca cuya característica principal era que debía agradarme pura y exclusivamente a mí. ¿Alguna vez se sentaron en el cine sin consultarle a nadie si “ese lugar está bien” o “querés más adelante”? Háganlo, el mundo será un lugar definitivamente mejor. Vi la película con una fruición inédita mientras gozaba despatarrándome. Aún me cuesta creer que pasaron más de dos horas. Los créditos empezaron y yo permanecí estático, sonriéndole a la vida, agradeciéndole a Dios, a los Lumière y a mis amigos intolerantes por esa experiencia alucinante. Fue la primera de muchas, de cientos, de, ojalá, miles. Esa tarde de julio, fría, lluviosa, dolorosamente destemplada, encontré mi Rosebud.


 

El reflejo en la pantalla
por Pilar Braunstein Bayer

 

 

 

 

 

 

 

El cine me lleva a emocionarme o estremecerme de maneras impensadas. Son esas emociones o escalofríos los que quedan grabados en mi mente: cuando recuerdo una película no lo hago necesariamente por la trama (a menos que sea excepcional y la haya visto reiteradas veces), sino por la sensación que me provocó y la huella que dejó en mí luego de esa hora y media, dos horas que transité con ella. Así es como las clasifico: cuanto más genuina sea la sensación que me provocó más voy a elogiarla.

Tengo la suerte de tener una de esas amigas “mejores amigas” hace 16 años. Es como una hermana para mí y tenemos ese tipo de comunicación que se activa con un simple gesto o en un silencio, sin necesidad de palabras. Sin embargo, no coincidimos en nuestros “gustos cinematográficos”, razón por la cual, cuando decidimos ir juntas al cine –lo que no sucede muy seguido–, generalmente vamos a ver películas que honestamente me daría lo mismo verlas en casa, incluso mientras hago otras cosas.

De todas maneras, y afortunadamente, el cine siempre me sorprende.

Una de las tantas (o mejor dicho de esas pocas) veces fuimos al cine a ver Bride wars, una película que tenía amistad, un poco de romance y un final feliz. Como ya señalé no recuerdo a la perfección las tramas, pero haciendo un esfuerzo en líneas generales trata sobre las idas y vueltas de la amistad entre dos mujeres, una pelea y una reconciliación. En efecto, no era una película que innovara, ni una película que me despertara grandes intrigas. De todas maneras, hacia el final, en el momento de reconciliación de las amigas, y como era de esperarse, me invadió una gran emoción, aunque, esta vez, no precisamente por lo que sucedía específicamente en la película en sí, sino porque sentí que el autor me entendía: había puesto en imágenes y sonidos una historia, que por más simple que fuera hablaba de una amistad, de una realidad que yo conocía como propia. Era una sensación rara. Como la aprehensión del sentido…

Esa película, que en otra ocasión tal vez hubiese pasado por alto, hablaba de una amistad en la cual nos veía reflejadas a mi amiga y a mí a tal punto que sentí que la película dialogaba únicamente con nosotras, que su entendimiento (emocional) pasaba únicamente por nosotras, ignorado por los demás espectadores de la sala.

En ese momento me abstraje de aquel universo y me detuve a pensar en este otro: mi amiga, sentada en la butaca de al lado, ¿estaría emocionada por lo mismo o simplemente por los personajes y su universo? Cuando salimos no charlamos mucho sobre la película. No soy entusiasta del sentimentalismo y las palabras, por lo que preferí quedarme con esa sensación personal, probablemente también para evitar confirmar que mi amiga se había emocionado por motivos diferentes a los míos. Tampoco volví a ver la película, después de todo no me pareció tan memorable.

De todas maneras alcanzó para quedar grabada en mi memoria, porque la sensación que me provocó fue genuina, me pude reflejar en lo que quería contar. Toda película habla de algo, de alguien; si en el cine los relatos son múltiples es porque son motivados por las múltiples experiencias de las diferentes personas, y en mi opinión lo más valioso que el cine puede transmitir son las sensaciones que se despiertan sólo a través de la propia experiencia. Aquella tarde sentí que la pantalla me comprendía, y a través de aquella emoción pude dialogar con la película y con mi amiga, sin decir nada, sin hablar, y en el “silencio” de la sala de cine pude compartir un lazo especial que me alegró sobremanera, porque me sentí acompañada.

Uno puede ir al cine acompañado por diferentes personas y en diferentes ocasiones, pero si al momento de encenderse las luces de la sala sentimos que la película dejó una nueva sensación en la atmósfera, tanto en uno como en aquel conocido sentado a nuestro lado, a partir de ese momento lo sentiremos más cercano, ya que es solamente él o ella quien puede entenderlo, un sentimiento sólo para iniciados. Ese tipo de compañía es más valiosa que cualquier otra.


 

Sucedió en París
por Carlos Brück

 

 

 

 

 

 

 

Sucedió en París. En el cine París de mi ciudad natal donde vi todas las películas posibles que estuviesen a mi altura. Quiero advertir que desde chico era el último de la fila y algunos adultos indolentes, cuando cruzaba esas calles cortadas a cuchillo, comentaban que por la estatura y el guardapolvo parecía más bien un farmacéutico.

Aunque me avergonzaba, algo también me hacía sentir orgulloso de esa nominación: mi padre había estudiado farmacia en Europa, pero sólo había alcanzado el grado de “idóneo” porque a los jóvenes judíos no les estaba permitida otra graduación. En cambio, sí tenían acceso a los espectáculos públicos como el circo, donde estuvo una temporada atendiendo a un león anciano al que le inyectaba una sustancia energizante para que –precediendo al de la MGM– rugiese al menos un poco.

Pero sobre todo frecuentaba el cine… quizás para él, fotografía en movimiento.
 
Fue así entonces que, luego de alguna incursión en la farmacopea, mi padre se dedicó a la fotografía y yo a acompañarlo todo lo posible al cine, tomando la posta que había dejado mi hermano mayor, que ya prefería dedicarse a los asaltos, esos bailes donde chicas y muchachos eran festejados por Benny Goodman.
 
Los otros asaltos, quizás más inocuos, los veíamos entonces en los cinco cines que había en la ciudad. Cada uno de ellos tenía su estilo. Uno decía “prohibido entrar en camiseta”. Otro tenía tres pisos donde el más alto servía para tirar bolitas de alquitrán. El de enfrente se planteaba ser un continuado que no dejaba la posibilidad del corte y la luz del día. Pero el Cine París –destinado desde su nombre a ser un cine refinado– proyectaba películas norteamericanas y europeas.

Y sucedió en ese cine que vimos una película de cuyo título quiero acordarme pero no logro… quizás fuese El farsante. Claro que podría sortear mi “quizás”, pero renuncio a la búsqueda en Internet porque prefiero la data imprecisa que permita la incertidumbre del recuerdo: la reconstrucción, verdadera o falsa, de una escena en donde Broderick Crawford estaría parado en una saliente del auto llamada estribo (como un involuntario homenaje a la tracción a sangre que esos rotundos coches negros podrían evocar).

Ya en ese momento, conjeturé que ese personaje iba a trastocar el orden establecido en mi mundo de ángeles y malditos, traicionando o siendo traicionado. Todavía no había leído a Roberto Arlt ni visto Ladrón de bicicletas, pero algo que supuse una vacilación ética del protagonista fue la lección que me dejó esa escena de la película, a la cual entré a ver acompañado y acompañando a mi padre y de la que salí algo pensativo. Como si él me hubiera conducido a una enseñanza.

Años después, volví a ver a Crawford, blanco sobre negro, en una serie televisiva: La patrulla del camino, donde también lo evoco al costado de un auto, comunicándose con la Jefatura.

Entonces, ahora, tampoco puedo renunciar a la duda de lo que realmente fue visto y oído en el Cine París. Con la única certeza –como la de Sigmund Freud cuando relata su trastorno de la memoria en la Acrópolis– que allí, junto a mí, había un padre.


 

Hermanos
por Ceci Brück

 

 

 

 

 

 

 

Fue un verano de esos… De esos que no se olvidan, que se guardan para siempre, y que rápidamente pueden ser encontrados en la memoria porque tienen un brillo especial.

Un verano diferente para mi hermano y para mí. Nada de arena y sólo un poquito de mar, así a lo lejos, a un costado, mientras caminábamos rápido los dos, rumbo a algún cine marplatense.
 
Y en un verano de esos las mismas pictografías de siempre que nos vuelven a encontrar: las corridas, las llegadas tarde, las valijas entre las butacas, los higos acaramelados en plena función, la lucha por levantarse temprano, las risas, las miradas cómplices, y quizás también –por qué no– alguna que otra discusión...

Catálogo en mano la pulseada va subiendo de tono: drama europeo versus terror oriental. ¿Quién ganará?
 
Esa noche, noche que tiempo después descubriríamos como especial, ganó la contienda la película alentada por mi hermano: A tale of two sisters, terrorífica historia que según mi fantasiosa memoria trata sobre dos hermanas gemelas que anidan un importante nivel de satanidad en sus almas. Con pánico accedí a verla y sólo ante la inminente promesa de que al día siguiente veríamos la película que yo quería (una que finalmente quedó olvidada pero que, con seguridad, no incluía a ningún demonio en su relato). 
 
Anticipando el miedo que momentos después llegaría a sentir, la proyección de A tale of two sisters me encontró arrinconada en mi butaca, rodeada de amigos pero sobre todo custodiada por mi hermano quien, desde la butaca vecina, me avisaba cuando el peligro había menguado. Así podía volver a abrir los ojos (aunque a decir verdad los mantuve cerrados con fuerza durante casi la totalidad del film).

A partir de esa noche especial –como en cada una de las siguientes noches después de una obligada recorrida por la sección “Cerca de lo Oscuro” del festival de Mar del Plata– salí a la puerta del cine a respirar aire fresco y libre de terror.

Sin embargo, aquella primera noche algo sucedió. Alguna palabra de más, alguna opinión dividida, ocasionaron que mi hermano y yo no siguiéramos el mismo rumbo al hotel. Así caminé sola atravesando la oscuridad del parque de la Avenida Luro, una oscuridad todavía mayor y más abrumadora que la de aquella sala del cine en compañía de las gemelas diabólicas, por lo que los pocos minutos que llevó aquella caminata bastaron para que sintiera otra vez el mismo terror, con la diferencia que mi hermano ya no estaba ahí para decirme cuando podía abrir los ojos.
 
Llegué a nuestro hotel corriendo y con mi último aliento me acerqué a la habitación. Pensando en la soledad que me esperaba abrí la puerta del cuarto en penumbras, busqué la perilla y encendí la luz encontrándome de pronto con la reconfortante sorpresa: ¡mi hermano ya estaba allí! 
 
Esa noche no pude dormir. Miraba el enorme ropero a un costado de mi cama pensando si las gemelas estarían allí. Nunca lo supe con certeza, pero a la mañana siguiente el terror ya no era tal y al lado mío estaba mi hermano semi dormido, ya espiando el catálogo, preparándose otra vez para la tan esperada pulseada del día, sin saber que yo, muchos años después, escribiría estas líneas, contando este cuento. Un cuento de dos hermanos.


 

 

 

 

Sigue en Cuentos de Película: Aquella película contigo (Parte 2)

 

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