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Cuentos de Película: Aquella película contigo (Parte 2) PDF Imprimir

“Boedo queda lejos, es la avenida del corso y de los cines [...] Papá repasa las indicaciones: él nos va a sacar las entradas y acompañar hasta el acomodador, le va a dar una propina y éste le va a dar un programa, pero esta vez el programa se lo va a quedar Papá y no me lo va a dar a mí”. 

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Compilado por GRUPOKANE.

 

 

CUENTOS DE PELÍCULA: AQUELLA PELÍCULA CONTIGO (PARTE 2) 

(fecha de realización: Diciembre 2011) 

Introducción
por Pablo Acosta Larroca

Luego del éxito de la primera entrega de Cuentos de Película, “Mi primera película”, que publicamos en diciembre del año pasado (ver), llega la segunda entrega, esta vez con la consigna “Aquella película contigo”, nuevamente con una gran respuesta por parte de los autores convocados.

Para esta segunda entrega claramente se involucra desde la propuesta a un Otro: “un texto breve a manera de cuento que recupere y exprese una experiencia significativa en una sala de cine a partir de compartirla con alguien más: una novia, un amante, un amigo que ya no vemos, una persona muy cercana, un espectador desconocido que mantuvo cautiva nuestra atención, un insufrible vecino de butaca, etcétera.” versaba la convocatoria.

Así mismo y una vez más, esta segunda edición se gestó como un compendio conformado por el entramado de miradas de una gran cantidad de personas de distintas disciplinas relacionadas con el cine y audiovisual (realizadores, guionistas, actores, técnicos, teóricos, investigadores, coleccionistas, programadores, críticos, docentes, cuentistas, espectadores de distintas edades, etcétera), sumando a los ya convocados en la edición anterior nuevos autores, generándose un espacio de encuentro y un diálogo tácito donde, una vez más, afloran lugares comunes y líneas de conexión en más de un sentido, por lo que, como dijera en la introducción del año pasado “demuestra, una vez más, que el cine, en tanto expresión cultural, une emociones, generaciones y vidas diversas y se constituye en un dispositivo afectivo que pone de manifiesto el hecho de que habitamos un mundo común”. Particularmente “Aquella película contigo”, como si de un bolero se tratara, atrajo historias de amor, sobre todo de primeros amores, de declaraciones, de conquistas pero también de rupturas amorosas, donde el maestro Michelángelo Antonioni parece revelarse como el autor más citado, aunque también hay espacio para unas cuantas historias vinculares de padres e hijos, y otras repletas de erotismo, sexo y hasta morbo.

Debo señalar también unas cuantas manifestaciones en contra de compartir películas con un Otro, no sólo en lo que respecta a fastidiosos espectadores ocasionales (que las hay), sino como declaración de intenciones que, amén de reconocer el espacio colectivo de la sala, encuentra el placer del acto de ver una película en tanto experiencia solitaria, desprovista de compañías, reforzando de este modo su carácter netamente personal e intransferible.
 
Finalmente algunos agradecimientos…

En principio y como siempre a mis compañeros de GRUPOKANE, con los que compartimos ésta y otras propuestas vinculares.

A Diego Cirulo, por su escucha paciente ante cada lectura compartida en voz alta.

A Leandro Rodríguez Salcedo, que nuevamente tuvo la gentileza y la generosidad de ayudarme a hacer el trabajo de revisión y corrección final de los textos.

A Camila Flynn muy especialmente, por interesarse constantemente con cada propuesta, participando siempre con su entusiasmo, lucidez y generosidad.

A Hernán Guerschuny, por haber apoyado desde “Haciendo Cine” la difusión de esta sección.

A Raúl Manrupe, por su afinidad espiritual, por su inagotable creatividad, por su respaldo permanente y desinteresado.

También quiero agradecer a todos los que por una u otra razón no pudieron participar en esta segunda entrega, pero que se han mostrado entusiasmados por este espacio de expresión, desde este momento invitados para la próxima (especialmente a Elsa Drucaroff, Ángel Faretta, Marcelo Birmajer, Alberto Fuguet, Edgardo Cozarinsky, Inés Efrón, Cesc Gay, Laura Citarella, Julia Solomonoff, Nicolás Herzog, Lola Silberman, Horacio Bernades y Leonardo D’Espósito).

Y obviamente, a todos los autores de los diferentes cuentos de esta segunda compilación, por su generosidad para compartir desinteresadamente su pluma y su mirada, haciendo posible esta segunda edición de “Cuentos de Película”.


 

ÍNDICE

PARTE 1 (ver)
01. Derribar paredes y que aparezca el amor - Mónica Acosta
02. No prendan todavía las luces del salón - Pablo Acosta Larroca
03. Crónica de un amor que nunca existió - Nicolás Aponte A. Gutter
04. Fútbol, cine y futuro - Paula Arella
05. Sin compañía - Miguel Baratta
06. Dos extraños son, los que se miran - Magalí Bayón
07. Aquella película conmigo - Ezequiel Boetti
08. El reflejo en la pantalla - Pilar Braunstein Bayer
09. Sucedió en París - Carlos Brück
10. Hermanos - Ceci Brück

PARTE 2
11. Cine por medio - Anabella Bustos
12. La luz de frente - Fernando Castets
13. Casualidad - Marcela Ciccone
14. Las películas para chicos - Juan Pablo Cinelli 
15. Letra y música (de terror) - Diego Cirulo
16. Elegía por una función - Jorge Leandro Colás
17. Acupuntura un domingo por la noche - Malena Cores Penna
18. Guillermo solo - Víctor Cruz
19. Acerca de la amistad - Francisco De Matthaeis
20. Jugando al Apocalipsis - Jimena Depresbiteris
 

PARTE 3 (ver)
21. Los Otros - Mónica Discépola
22. Chyusu - Guadalupe Docampo
23. Verano del 42: una película iniciática para un día iniciático - Felipe Fernández
24. Camino al cine - Martín Figueredo
25. Las horas - Carol Ann Figueroa
26. Encontrarte en la oscuridad - Florencia Gasparini Rey
27. ¿Dónde está mi amigo? - Federico Godfrid
28. Eisenstein en invierno (Una aparición) - Lucas Granero
29. Aquella pesadilla contigo - Daniel Grilli
30. La cita - Hernán Guerschuny
 

PARTE 4 (ver)
31. La lección de la lección de la lección - Luisa Irene Ickowicz
32. Verano a la sombra - Maia Lopardo
33. La película que nunca vimos juntos - Carlos Losilla
34. Una tarde en el cine con R - Raúl Manrupe
35. Esfumaturas en el espacio - Pascual Massarelli
36. Más allá de la medianoche - Adrián Melo
37. Fotogramas de mis nonos colgados en un bar - Sebastián Miño
38. El final que no entendí  (“Blow Up”) - Roberto Montini
39. La mina del sillón - Mariano Morita
40. Las legiones - C. Adrián Muoyo
 

PARTE 5 (ver)
41. Viola, Bill - María Negroni
42. El hombre de la valijita gris - Luis Ormaechea
43. Escrito con fibrón negro - Lautaro Ortiz
44. Morbo Pasolini en la Lugones  - Paulo Pécora
45. Todo el mundo visita a Sam - Fernando Martín Peña
46. Sin bebida - Javier Porta Fouz
47. Cine de papá - Nicolás Prividera
48. Todos somos Doinel - Javier Rebollo
49. Esa misma película con… - Leandro Rodríguez Salcedo
50. Vivir en Buenos Aires, Morir en Madrid - Ricardo G. Rodríguez
 

PARTE 6 (ver)
51. El primo de la lágrima - Eduardo Rojas
52. La suspensión - Vicente Rozados Sauser
53. En la batalla contra el mal, también estás a mi lado - Alejandro Seba
54. Conmigo (sí, conmigo) - Griselda Soriano
55. True egoistic love - Ricardo Soto Uribe
56. El cuento de la buena pipa - Anabella Speziale
57. Grazie Don - Natalia Taccetta
58. Turista - Ezequiel Tronconi
59. Bicho de luz - Marcos Vieytes
60. Aunque no lo veamos, el Troll siempre está - Fabio Villalba
61. Nunca me contaste cómo empezó todo - Leonardo Zaffaroni
62. 76 89 11 - Cris Zurutuza
 

 


 

Cine por medio
por Anabella Bustos

 

 

 

 

 

 

 

Cuando le tocaba a él elegir, solía sucederme que no me importaba el cine. Viernes por medio, entonces, yo no miraba ninguna película sino a través de su gesto, aquietado en la fascinación por una pantalla que –insisto– en esas ocasiones solía no importarme. Efectivamente, torcer la mirada hacia él me salvaba de sus películas llenas de, en el mejor de los casos, héroes que a veces tenían la osadía de despeinarse. Viernes por medio, cuando me tocaba elegir, apenas notaba su incomodidad en la butaca.  

En esos tiempos –corrían los últimos años de la década del ‘90–, él le pedía al cine una huída de lo “real”. Que huya, que huya bien lejos, no sé dónde, no sé detrás de qué, ni con qué secreto propósito; que sólo, y tal vez caprichosamente, huya. Eran tiempos en los que yo le pedía al cine que se muestre él mismo y que, en ese acto de honestidad, me muestre –esto lo pienso ahora–, en definitiva, alguna arista poco explorada de mí misma.

 

Nota 1 – primera sospecha-: Yo por lo íntimo, lo privado y lo impronunciable; y él por lo foráneo, lo lejano, lo vociferado… al final, ninguno de los dos quería mirar al mundo –en el cine– en esos tiempos (tal como si fuera del todo posible).

 

No era extraño, entonces, que al salir de la sala, viernes por medio conversáramos sobre la cobardía, el poder, el amor… y viernes por medio (¿en cambio?) conversáramos sobre cine.

Por debajo de tales apariencias, sin embargo, sus viernes yo esperaba el café-de-después para oír su relato con la callada certeza de que, cualquier cosa que él comentara, sería escuchada no tanto como un texto que habla de un film sino, sobre todo, como uno que habla a quien lo pronuncia. Y mis viernes… (no vale la pena recuperar mis torpes defensas a, por ejemplo, planos fijos de un minuto de duración); mis viernes él esperaba el café-de-después para interrogarme –esto lo pienso ahora–, por mi posición, en definitiva política, frente a todo cuanto teníamos delante.

 

Nota 2 – segunda sospecha-: Necesitamos varios años de viernes y de cine para que él empezara a intuir que mi ambición era la de lograr un gesto capaz de decir lo imposible. Fueron los mismos años que necesité para empezar a intuir que la suya era la de protagonizar un acto extraordinario con tintes de heroísmo. A los dos (acaso tan equivocados) nos parecía –sin saberlo– que la ambición del otro era sencillamente una completa tontera.

 

Hubo un viernes en que, casi como un milagro, coincidimos, sin ningún preámbulo, en el título que iríamos a ver. Ambos recordábamos –con las trampas de todo recuerdo– la versión primera de ese film que aparecía fragmentado en mi memoria, y con la textura propia del VHS con que contaba entonces.

Apocalypse Now (Redux) se estrenó en Argentina en un tiempo –esto lo pienso ahora– que ya era rotunda y subrayadamente el que venía siendo.

Aquella vez, al salir de la sala, el entorno, en el sigilo de la madrugada, me pareció despojado de toda vestidura, de todo ornamento… la escenografía abandonada de un viejo espectáculo que apenas reconocía.

El café-de-después transcurrió en un notable silencio.

 

Nota 3 – tercera sospecha-: Si esa noche casi no nos miramos, fue para no quebrar la fantasía de que, por fin, no restaba nada que decir.


 

La luz de frente
por Fernando Castets

 

 

 

 

 

 

 

Acabo de llegar del lugar donde murió mi papá. En una de las escolleras del puerto de Punta del Este, donde un cartel prohíbe la pesca, cerca de los lobos marinos que buscan restos de comida, allí se murió mi papá. Pescaba espalda contra espalda con su amigo y se cayó redondo. Y otra vez en ese mismo lugar volví a pensar que a mí la muerte no me va a sorprender pescando. Quizás ni me sorprenda, pero no será pescando. ¿Se podrá elegir el sitio donde uno quiere morirse?

Con mi papá, un tío abuelo y un amigo de ese tío abuelo fuimos a ver Krakatoa, al este de Java en el cine Bristol de Martínez. Y la explosión nos pareció tan espectacular que hasta el amigo de mi tío abuelo se asustó. Y eso que era sordo.

Vi Solo para sus ojos una noche de Navidad en el Gran Rex, en la primera fila del pullman, con mi amigo Juan. Cuando nos sentamos Juan se puso contento de que por fin habían arreglado las barandas de protección, porque ahora ya no eran un obstáculo que se cruzaba en el medio de la pantalla. Estuvimos riéndonos un rato largo después que otro amigo le dijo: “Juan, ¿no será que estás más alto?”

En una primera función de multicine vimos con Gabi –nosotros dos y si había alguien más no tiene importancia– Mamma mía. Apenas empezaron los títulos de presentación con su correspondiente música Gabi me pregunta: “¿Ese tema no es de Abba?”

Con Lola y Violeta vimos La sirenita cuando se repuso en los cines. En un momento Lola acompañaba lo que sucedía en la pantalla con música, onomatopeyas y diálogos aprendidos de memoria. Es que llevaba bastante tiempo sin darse pero mis hijas ya se la sabían de memoria de tanto verla y rebobinarla en VHS. Al terminar, la madre que estaba sentada delante de nosotros, asombrada, se dio vuelta y le preguntó a Lola: “¿Cuántas veces la viste si se estrenó esta semana?” Me adelanté y le respondí que era la tercera vez, pero que mi hija tenía muy buena memoria. Después Lola se enojó por haberle mentido a la señora. Confundió orgullo con sinceridad.

Violeta me soportó una reposición de Doctor Zhivago en copia nueva. Tenía… once años, quizás. Pero el enfermo era el padre. Ya avanzada la proyección Violeta me toca el brazo. Seguramente quería ir al baño, algo comprensible ante la tarea de soportar Doctor Zhivago. Pero no, sólo quería preguntarme, susurrando y con temor: “Papá… Esta película… ¿termina?”

Con Gabriel, quien fue el culpable de que yo me metiera a estudiar cine, vimos Pierrot Le Fou creyendo que habíamos entrado a ver La dolce vita. Y cuando fuimos a ver Amarcord a él le pidieron documentos y eso que tenía un año más que yo. Pero a mí, no.

En la base Jubany en la Antártida vi Luna de Avellaneda con cuatro científicos de Corea del Sur que habían venido desde su base enterados por Internet que se inauguraba una sala de cine. A la salida les pregunté qué les había parecido y uno de ellos, creo que con lágrimas en los ojos, me respondió: “Me hizo acordar a mi país”.

Con mi tío Roberto entré por primera vez al Cine Núcleo y no salimos de allí hasta que vimos varios cientos de películas. Pero los sonidos de la gente cayendo al suelo porque se desmayaba mientras veíamos El crimen de Cuenca (dos veces hubo que detener la proyección) nunca más lo olvidé.

Y con muchas personas que quiero vi las películas en las que tuve algo que ver, incluso cuando no estaban terminadas. Y siempre fueron experiencias que no me cambiaron la vida, porque son parte de mi vida.

Hace un tiempo fui al velatorio de la madre de un querido amigo y él, otro bicho de cine, al verme llegar me preguntó: “¿Te acordás de este lugar?” Miré a mi alrededor y traté de reconocer el lugar, pero fue inútil. Y como yo no recordaba –y eso que ya he estado en varios velatorios– me llevó hacia una sala contigua, que era nada más y nada menos que un depósito de… ataúdes. Sí, cajones para muertos. Todos esos depósitos finales estaban en un único depósito, algo destartalado, pero cuya disposición y aspecto, aún descuidado, me recordaba a algo. El depósito de depósitos había sido una sala de cine, la del cine Roxy de Vicente López, en donde inmediatamente recordé que allí había visto La fiesta inolvidable o El quinteto de la muerte, entre muchas otras.

Y entonces ahora pienso que quizás esa sala oscura puede iluminarse de repente mostrando mi avenjentadísimo y más que centenario cadáver, pero además rodeado de todas las personas que me acompañan. Y todos descubrirían que en lugar de estar en una casa de sepelios están en un cine, porque ése fue el lugar por el que me decidí. Al final, si elegí morirme en ese lugar es por los preciosos recuerdos de momentos que pasé allí con casi todas las personas a las que más quise. La duda ahora es cuál sería la película…

No elegimos el lugar dónde nacer, pero sí podemos elegir el lugar dónde morir. Y la sala oscura de un cine no me parece un mal sitio. Es más, no se me ocurre un sitio mejor.


 

Casualidad
por Marcela Ciccone

 

 

 

 

 

 

 

Las casualidades, el amor, las casualidades y las historias de amor…

Sí, sobre eso hablaba un libro que nunca terminé, o eso es lo que me quedó a mí sobre ese libro que nunca terminé. Uno de esos mensajes anónimos que el mundo tira sobre nosotros, esas señales que hacen que todo se resignifique y que creamos que alguien está intentando decirnos algo.

No, lo nuestro no fue una historia de amor, eso lo dijo mi psicólogo, pero ese párrafo, en ese libro me decía que lo nuestro había sido una historia de amor marcada por las casualidades, las mil y una casualidades que se habían dado antes de conocernos y ser presentados cuatro años antes. Había que esperar la adecuada cadena de casualidades y yo pensaba que la nuestra había sido perfecta.

“¿Vamos al cine?”

Las palabras salían ahora con completa naturalidad de la boca de un amigo, Mauro. Por esos tiempos ir al cine se había convertido en mi peor pesadilla. No sé si era por el miedo a las casualidades, al vacío del silencio, la oscuridad, la soledad que se hace palpable o a sus anteojos cuadrados de marco negro en otros miles de rostros que iban a inundar la sala. Así era, ese espacio se había transformado en sinónimo de la probabilidad de encontrármelo completamente expuesta.

“Bueno dale”

Acepté con aparente tranquilidad. Un documental, una ficción, un documental ficcionado, nunca me quedó claro. El caos. De repente me encontré con Buenos Aires, sus baldosas, cordones y gente y la inquietud que se proyectaba en todas las direcciones, una inquietud que ya no era de la ciudad sino mía. Llegué a la puerta del cine, huyendo del caos y de los ruidos, refugiándome de las caras y del miedo a que sean (re)conocidas. “Mauro, Mauro, ¿dónde está Mauro?”. Sucediéndose a mí alrededor, anteojos cuadrados de marco negro, remeras de Nirvana y jeans rotos, signos que completaban su identikit. Sus fragmentos desparramados en la puerta del cine me paralizaban pensando en que la casualidad volvería a marcarme.

“Mauro”

Respiré. El caos parecía desaparecer. Compramos las entradas: Entre los muros de Laurent Cantet. Yo estaba entre los muros y quería huir. Entramos en la sala, la película todavía no empezaba y la luz me exponía. Cada persona que ingresaba era una posibilidad más de que una nueva casualidad diera otro nuevo inicio a nuestra relación en espiral.
 
Se apagaron las luces. Ahora me resguardaba la anonimia de la oscuridad. Luz natural, cámara en mano, un montón de adolescentes y yo que parecía una más del montón, una Esmeralda desfachatada que hubiese querido encontrar en mí. Mauro ya estaba en otro mundo, la educación y Francia siempre fueron grandes temas en su vida ¿Y yo? Yo no podía parar de pensar en el posible encuentro azaroso que el mundo podía tirar sobre mí y reactivar la cadena de casualidades, una vez más.

Siete años atrás, en la puerta de un cine me encontré casualmente con una amiga de la infancia, una charla pasajera y alguien que me llamó la atención, era alguien de quién ya me habían hablado años atrás “Mariano dejó todo para dedicarse a la música”. Tres años después nos volvimos a encontrar y fuimos presentados.

“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacía él desde el primer momento…”


 

Las películas para chicos
por Juan Pablo Cinelli

 

 

 

 

 

 

 

Al principio no lo noto tan fácil: simplemente viene una ansiedad como ardilla, que me pone la boca áspera y lo primero que pienso es que así es como terminan las cosas, como caer por un tubo que se va haciendo cada vez más estrecho hasta desaparecer en un fondo de infinita pequeñez. Entonces, donde sea que estuviese (fuera de casa), saco mi libreta retorcida y empiezo a hacer la misma lista que ya hice un millón de veces en la primera hoja en blanco que encuentro: Blancanieves, Pinocho, Cenicienta, Alicia, Peter y el resto de los chicos. Cada nombre que voy agregando es un escalón que me trae hacia la superficie. Las partes donde anoto los nombres de Bambi y de Simba son las más tranquilizadoras y con ellos el aire de a poco empieza a ponerse menos rebelde y puedo ver que el mundo sigue ahí. Que yo sigo.

Pero hoy fue distinto, aunque no sabría decir qué cambió, si el desayuno sin ganas o encontrar incompleto el par de medias que necesitaba para combinar con ese pantalón y esa camisa que había preparado anoche. O la mujer en el subte que primero besaba en la boca a un tipo, después besaba en la boca a un nene, con tanta pasión que no se podía saber cuál de los dos era el hombre. O tal vez fue el desayuno sin ganas. El asunto es que cuando por fin pude bajar del vagón, repleto como siempre, hacer la lista en la última hoja de la libreta no sirvió de nada. El abismo seguía ahí, sólido, y el resto se fue ausentando. La rehice tres veces, doblándome por dentro hasta quedar como uno de esos papelitos viejos que uno encuentra en la billetera después de muchos años y donde alguna vez anotamos un número de teléfono que ya no podemos recordar de quién era. Fue ahí, casi al final, cuando vi como en un sueño la hoja de diario asomando por encima del borde del tacho de basura: “El Rey León, ahora en 3D”, decía, como un yunque de aire cayendo del último piso justo en mi cabeza.

Cuando abrí los ojos estaba en una oficina chiquita y pintada de blanco quirófano, que alguna vez habrá presumido de limpia. Dumbo, Mowgli… Bambi y Simba ¿Se siente mejor, señor? Sí gracias (¡Simba!) Me levanté y salí de ahí, pero en lugar de retomar, volví. Al llegar dejé la libreta cerca de la estufa. Como cada vez que necesito hacer la lista las manos se me ponen mojadas de frío, resulta que las hojas de la libreta acaban empapadas y tengo que ponerlas a secar en cuanto llego. Por eso todas mis libretas terminan retorcidas. Tengo tres bibliotecas llenas. La primera es en realidad un cuaderno de tapas duras forrado con papel araña azul como los del colegio. De hecho es el que usaba en tercer grado. Ahí aprendí el truco de la lista. La primera la hice en una clase de matemática. Todavía recuerdo el vértigo de esa mañana frente al orificio del cero y el abismo en el escote de la señorita Adelma. Esa semana habíamos ido a ver Bambi con mamá. Fue entonces, en clase de matemáticas, en medio de uno de esos momentos de horror vacuii que me atormentan desde antes de haberme empezado a funcionar la memoria, fue ahí que un cálculo destiló la solución para el problema. 84+81 84+81 B4+81 B4+B1 BA+B1 BA+BI. ¿No es curioso que la respuesta fuera matemática?: “BAmásBI”. Esa fue la primera vez que hice una lista -tres hojas llenas de BAmBIs- y fue como detener el mundo para contemplar de qué forma sutil cada detalle encajaba en el hueco de sí mismo. La lista funcionó, todavía lo hace. Aquella vez la señorita Adelma mandó una nota a casa, avisando que yo había estado especialmente distraído. Sin embargo mamá no sólo no dijo nada, sino que me felicitó con un beso, porque había escrito mis bambis con una letra preciosa. Ella misma me puso en el cuaderno del colegio un Muy Bien 10 con tinta verde. El cuaderno está ahí: es el primero en el último estante de la más grande de mis tres bibliotecas de libretas.

Al regresar de la calle yo también estaba empapado. Casi me había sacado todo cuando vi a Mamá en la habitación y por poco me mata del susto. Siempre me espanta cuando se aparece así.

¿Quéhacésacá mamá? Te sentí llegar y quise saber si está todo bien Nomamá andatequemestoy cambiando Dejá que te ayude nene dame los pantalones esos que otra vez están empapados Nomamáyo puedoyopuedo Pero dele mi chiquito venga que mami lo ayuda Nomamá dejámequerés A ver a ver dame esa camisa y los calzones es increíble todavía tenés el mismo olor de cuando eras un nene Nomamá dejaeso andateandate dejamesolo porfavor¡dejamesolo! Yo puedo solo. Puedo. Pero enseguida, siempre, me siento culpable de maltratarla y la veo en los rincones, esperando que vuelva a dirigirle la palabra.

A los dos nos encantan las películas de Disney, las habremos visto cuántas veces a cada una y nunca nos aburrimos. No puedo dejar de ir al cine con ella y ahora va a ser más raro, porque nunca vimos una película en 3D. Además se trata de El Rey León, ¡nada menos! Simba es muy importante porque cierra la serie. Bambi, Blancanieves, Pinocho, Cenicienta, Dumbo, Alicia, Peter (y el resto de los chicos), Mowgli, Simba, todos huérfanos. Un doctor dijo una vez que Dumbo tenía madre. Le contesté que uno puede tener mamá y de todas formas ser huérfano. Mamá estuvo de acuerdo con eso y nunca volvimos a ver a ese doctor. Claro que Dumbo es huérfano. Volviendo a Simba, igual que Bambi, ellos son fundamentales en cada extremo de la lista, viendo como el destino de orfandad (uno de padre, el otro de madre) se vuelve real justo frente a sus miedos. La misma importancia tienen entonces Scar y los cazadores, porque en tanto aceptan cargar con el peso de la culpa garantizan que los otros, los de la lista, puedan seguir siendo huérfanos. Así debe ser, mamá siempre estuvo de acuerdo en todo, por eso El Rey León, ahora en 3D, es una buena excusa para volver a sacarla de casa.

Me puse ropa cómoda, agarré una libreta nueva (a la otra, ya seca, le hice lugar en la estantería junto al resto) y de nuevo a la calle. Camino al cine pensé en que ya no se hacen películas como esas. Mamá se entristeció, así que dejé de pensar. Compré mi entrada, me dieron un par de anteojos negros y entré a la sala enseguida. La sensación de bienestar que siempre siento ahí no la recuerdo en otro lado. Un estado de perfecta suspensión, casi de trance, donde los sonidos llegan mansos como si estuviera sumergido en un líquido apenas más espeso que el agua. Donde todo es amoroso y uno puede mirarse las manos como si nunca se las hubiera visto. No sé cuánta gente habría adentro, porque nunca fui bueno calculando, pero sí sé que sólo se trataba de chicos con sus madres. Nadie más. Eso terminó de tranquilizarme. Me senté justo en el medio, igual que siempre, y vi la película de nuevo. Volví a llorar cuando Scar mata a Mufasa frente a Simba, como si cada uno de ellos no fueran sino tercios de un mismo y único personaje. Y hasta disfruté de esa profundidad ilusoria del cine del futuro. Mamá, en cambio, dijo que aún prefiere el formato tradicional y tenerme abrazado sobre sus rodillas durante toda la proyección.


 

Letra y música (de terror)
por Diego Cirulo

 

 

 

 

 

 

 

Le había escrito una carta. Necesitaba decirle el sentimiento que había despertado en mi interior, por lo que, tomando coraje –nervios y dudas mediante–, se la dejé entre las hojas de su carpeta de “Ciencias Naturales”.

Luego de tamaña empresa, mi corazón latía bastante rápido y mi estómago expresaba una sensación de cosquilleo que no sabía definir del todo bien. Esa mañana había faltado la señorita María Angélica, motivo por el cual la “Señora Directora” se había encargado de nuestro curso: un grupo revoltoso sí, pero definitivamente incapaz de generar maldades. Chicos de 11 años, sexto grado, en los albores de los ’90.

Convengamos que el rostro de la “Señora Directora” no era el mejor que solía tener: soportar a un grupo de niños desbocados por cuatro horas era algo que había dejado de hacer hacía ya bastante tiempo y, por ende, se notaba su irritación. Nos pidió entonces que saliéramos del aula con tranquilidad y que, sin generar demasiados incidentes, nos acercáramos al microcine de la escuela. Conforme se iniciaba el breve peregrinaje, paralelamente crecía mi ansiedad: le había dejado el pequeño papel hacía aproximadamente una hora y ella ni siquiera me había mirado. ¿Lo habría visto? ¿Lo habría leído? ¿O simplemente lo habría tirado como quien se desprende de un insignificante envoltorio de chicle globo?

El aula se vaciaba y ella era una de las últimas en salir. Parecía estar acomodando sus carpetas. Traté de retrasarme para verla y buscar la forma de encontrarla, aunque más no fuera, en una mirada fugaz. Mientras emprendía mi estrategia de demora mis ojos furtivos se posaron en ella y observé, casi sin querer pero con detenimiento, sus facciones: recorrer poco a poco sus ojos, sus cachetes colorados, su nariz, su cabello rubio, su cuello, sus labios… ¡Increíble! Imagino que si hubiera existido un espejo en su espalda –y considerando lo abstraído que estaba– el reflejo me hubiera devuelto la imagen de una caricatura.

Con severidad, mi amigo Agustín me sacudió del brazo, hasta que comenzó a arrastrarme. Ella seguía ahí, acomodando sus cosas mientras charlaba con una amiga. Seguí mirando por sobre mi hombro mientras mi regordete amigo me empujaba. Fue en ese momento, a la altura de la puerta que limitaba con el pasillo, cuando realmente me sentí paralizado: ella abría la carpeta y encontraba lo que yo quería. En ese segundo perdí la noción de tiempo: vi una tierna sonrisa, también vi una risa y creí encontrar una trunca mirada hacia mi pupitre.

Llegamos a la sala de proyecciones con Agustín, ubicándonos en el fondo. Volaban papelitos de alfajores, avioncitos de papel y una pelota hecha con medias. La “Señora Directora” nos miraba con un desgano que a esa altura ya me parecía habitual. Con un tremendo grito acalló nuestras voces, explicándonos que veríamos una película que había traído la “Señorita de quinto grado”. Sentí cierta curiosidad por saber cuál sería la que nos tocaría esta vez: hacía bastante tiempo que no nos llevaban a ver películas y la última había sido Cementerio de animales, la que me había provocado al menos dos pesadillas en donde “algo muerto” me perseguía. Así, mientras me intrigaba saber qué película me depararía el destino (y qué posibles pesadillas vendrían luego), esperaba que Lorena (ese era su nombre) atravesara la puerta del microcine. En el último verso del rezo ya molesto de la mandataria escolar la vi entrar, dejando estela detrás de su cabellera larga. Pasó hileras y más hileras… y se acomodó… ¡Sí, detrás de mí! Mi pecho estaba al borde del estallido y mientras revolvía mis manos bañadas en sudor, mi amigo me hablaba de Cazafantastmas.

Impaciente y nervioso, no sabía si quería que todo terminara en ese mismísimo momento o, en definitiva, que perdurara para siempre. Entonces, las luces se apagaron. Escondida en la oscuridad, podía escucharle hablar por lo bajo con alguien, emitiendo breves risitas. “¡Qué hermosa!”, pensé.

La película enmudeció a la sala con un tremendo toque de redoblantes para luego pasar a los títulos de lo que menos esperaba en ese momento: It, el payaso. Si algo había empezado a odiar en esa época eran a esos tipos que se vestían de colores y se pintaban la cara de blanco tratando de hacer reír a la gente. ¿Por qué justo debía tocarme a mí un payaso endemoniado que atrapaba niños? ¿Por qué a mí y justo en un momento tan importante? No era justo.

Adentrada la película, el miedo y los nervios acumulados por la expectativa de su respuesta se habían trasladado a la pantalla. Aunque ella estuviese respirando justo detrás de mí, el maldito monstruo me había atrapado y no podía quitar la mirada de las cada vez más truculentas acciones proyectadas. De pronto, una escena insoportable: uno niño se acerca a las duchas de un vestuario. Yo sabía que el payaso iba a aparecer. Miré súbitamente a Agustín y lo encontré completamente anonadado, con su boca abierta. Volví a la pantalla, aunque no quería. Me sentía sudado, molesto, casi acalambrado. Entonces, decidí voltear hacia el otro costado, tratando de tomar un recreo del oscuro monstruo, pasando súbitamente del calor insoportable al frío intenso: ella se había acomodado a mi lado. La miré con estupor, petrificado; me sentía igual que Agustín, aunque las causas eran obviamente diferentes.

Lorena miraba la película pero, a diferencia del miedo que me embargaba ante la dantesca escena, ella expresaba una sonrisa. De pronto, giró su cabeza y nos encontramos en algo que hoy todavía no puedo definir. Parpadeaba suave, de manera cansina. Sus mejillas rosadas se notaban aún en la oscuridad cuando me regaló una leve sonrisa. Conmocionado, no tuve mejor respuesta que volver mi mirada hacia la maldita película. El payaso aparecería de buenas a primeras y yo elegía sufrirlo antes que sostener la mirada con la criatura más adorable del universo. Me sentía un imbécil.

Mientras el niño de la pantalla se enjabonaba, sabía que irremediablemente el monstruo se acercaría. La música era sobrecogedora e indicaba que la maldad se aproximaba. Y yo no sabía qué hacer. Entonces, sentí una brisa por sobre mi oído que, de pronto, se convirtió en fuego interior: “Sos vos el que me escribió la carta, ¿no?”, la escuché susurrar. ¡Había leído aquella hoja doblada en cuatro y aromatizada con perfume “Paco”! ¡Qué increíble!

Aterrado pero impulsado por cierto aire de esperanza en su pregunta, tomé coraje, giré y me la encontré de frente. La miré congelado. La película continuaba pero ya en un segundo plano. Ella respiraba suave y fue en ese preciso momento que una pequeñísima sonrisa se dibujaba en mi rostro. Devolviéndomela, con una ternura indescriptible, tomó mi mano y me puso un papel en la palma. “Leelo después”, dijo en voz baja mientras volvía levemente su mirada a la pantalla y cerraba mis dedos de manera paulatina, con las yemas de sus dedos acariciándome.

Retorné, increíblemente, otra vez al payaso y a su “truculencia”, aunque ya no me importaba demasiado. De hecho, podía mirar hacia cualquier parte (excepto volver a ella, claro). Agustín continuaba en su estado catatónico y era entendible: a él no le habían susurrado al oído. Yo únicamente deseaba que aquella película llegara a su final, pues me habían contestado y necesitaba saber cuál sería mi destino.

Sonó el timbre y el payaso murió repentinamente. Se encendieron las luces, volvió el rostro de la “Señora Directora” (ahora feliz), cuando me di cuenta que ella ya no estaba en el asiento de al lado. Esperé con la impaciencia al borde de la explosión, mientras la tromba de mamuts salía del aula. “¡Váyanse ya!”, pensaba por dentro.

Y se fueron. Respiré profundo y atiné a mirar la cuidada hoja número 3 que me había dejado. En el frente, rezaba: “Diego”. Entonces, en la soledad completa, la abrí lentamente, encontrándome con la primera frase que, en color rojo, se asomaba tibiamente por entre los renglones: “Te espero a la salida, Lore”.


 

Elegía por una función
por Jorge Leandro Colás

 

 

 

 

 

 

    

 

Año 2001 ó 2002. En el marco del Doc Buenos Aires voy a ver varias películas del ciclo de Alexander Sokurov en el Cosmos, un cine en la Avenida Corrientes al que iba bastante por aquellos tiempos debido a su programación lúcida y muchas veces orientada al documental. La película para esta ocasión es Elegía de Moscú, una suerte de homenaje que rinde el reconocido realizador ruso a Andrei Tarkovski.

Llego temprano, compro mi entrada, entro al cine semivacío y me siento, a mitad de sala, cerca del pasillo. Minutos antes de comenzar la proyección un anciano y una mujer que lo acompaña y lo asiste pasan delante de mí y se sientan a un par de asientos de distancia.

El documental era un regalo de Sokurov a su querido y admirado maestro, pero Tarkovski no llegó a ver la película ya que murió antes de su realización. El regalo se transformó así en una elegía.

La película retrata a Tarkovski desde niño, pasando por su padre poeta, sus películas iniciales, sus problemas con la censura y la burocracia rusa, su vida en el exilio, su nostalgia, su pensamiento y su reflexión, incluyendo material de archivo del rodaje de su última película, El sacrificio, momento en el que ya se encontraba enfermo, aunque todavía sin saberlo.

Minutos antes del final donde la película narra la muerte del realizador, el anciano que estaba a un par de asientos del mío comienza a sollozar. Es un sollozo leve, contenido, como si no quisiera llorar. La mujer lo consuela y viene a mi mente la imagen de un pañuelo blanco iluminado por la parpadeante luz de la pantalla. Le presto especial atención. El rostro del hombre me resulta ahora familiar.

Luego, en la oscuridad, el anciano murmura: “Pobre Tarkovski… Pobre Tarkovski”. Mi atención y mi mirada deambulan entre la pantalla y el anciano. “Conozco a ese hombre pero, ¿quién es?”

Cuando finalmente concluye la proyección y las luces de la sala se encienden lentamente, no puedo hacer otra cosa que mirar a ese rostro curtido por los años. La sospecha se concreta, es él, el escritor que admiré desde adolescente con sus relatos cubiertos de luz y oscuridad. No me atrevo a hablarle, no quiero sacarlo con mi banalidad de lector de ese estado mágico que le ha generado una gran película.

Me pregunto ahora y me preguntaba entonces, si él habría conocido a Tarkovski, si conocería su obra en profundidad, si acaso era cinéfilo. Quién lo sabe, ya no puedo preguntárselo. Ese hombre que se conmocionó con Elegía de Moscú era Ernesto Sábato.


 

Acupuntura un domingo por la noche
por Malena Cores Penna

 

 

 

 

 

 

 

Él siempre llegaba tarde y nuestra película se anunciaba “22:30 hs.”, por lo que definitivamente sabía que no íbamos a llegar a tiempo saliendo de mi casa “y 25”.
 
Gobernada por ese sentimiento desalentador transcurrió mi viaje en el auto, recriminándome una y otra vez por no haber pensado en un plan B desde el comienzo.

Llegados al cine nos quedaba una acotada y poco emocionante oferta de películas; los carteles escasamente atractivos y los asientos menos codiciados nos ayudaron a elegir una película por descarte... A fin de cuentas era domingo por la noche y nosotros sólo queríamos un poco de entretenimiento.

Una vez en la sala –con los pochoclos de ocasión que, por cierto, la película ameritaba– las luces se apagaron y comenzó la proyección. Desde un principio él se mostró interesado y reí cuando me miró con una sonrisa considerable y las cejas casi por arriba de su frente. Debo confesar que, hasta ese momento, yo tenía cierto “repelente natural” contra las comedias románticas. Nada personal, simplemente no me generaban grandes expectativas y ésta no sería la excepción, por lo que no me intrigaba averiguar en qué desencadenaría la promiscuidad de los personajes. Sumado a ello, la gráfica de la película –que incluía a los protagonistas en una cama tapados únicamente por una sábana– hicieron que prejuiciosamente mis hipótesis respecto al desarrollo de la historia fueran poco interesantes.

Pero conforme se sucedían las escenas de sexo noté que estaban en un tono que no parecía concordar con el código, con los actores, con el género… La película estaba por encima de todo eso… Poco a poco, y tras sortear un absurdo sentimiento de culpa, comencé a sentir empatía con un aparentemente oloroso geek con sobrepeso que estaba siempre listo para ser sorprendido y sorprender a los personajes en los momentos más políticamente incorrectos. Este gordito adicto a los videojuegos sólo sería el comienzo de la experiencia, pues definitivamente el “mosquito” eludió al repelente y terminó picando… a ambos.

Por aquellos tiempos, él realizaba un curso de visitador médico al igual que el protagonista masculino; yo solía usar una boina como la del partenaire femenino. Estos signos de la coincidencia y la casualidad seguramente nos ayudaron a sentir que la película estaba dirigida hacia nosotros, aunque, de todas maneras, no fueron los únicos: cada uno encontró algo con qué quedarse; escenas que podíamos compartir.

Así, los personajes empezaron a mostrarse y abrirse frente a nosotros, con actitudes que nos divirtieron y reconocimos como familiares, transitando lugares comunes donde nos encontramos, al punto de codearnos cada vez que nos veíamos reflejados en la película. Quién sabe qué mecanismos se activaron, qué imágenes nos despegaron de nuestro contexto de simples espectadores para que, a partir del intercambio con la pantalla, pasáramos a ser partícipes activos. Algo de esa película nos tomó desprevenidos y nos arrastró sobre su ola.

No volví a ver De amor y otras adicciones, aunque dudo poder reproducir una sinopsis de forma más completa y no me atrevería a citar los nombres de los personajes. Tampoco sé qué sucederá el día que me la encuentre en el cable y me disponga a verla nuevamente. Dudo que la experiencia vaya a ser similar porque, ese domingo, durante dos horas, sentimos que alguien en ese cine nos tenía guardada la porción de entretenimiento que buscábamos, que oportunamente había sido seleccionada para nosotros. Como el mejor acupuntor la película de alguna forma tocó los puntos justos para que nosotros –y quién sabe si sólo nosotros– la sintiéramos como “el film”.

Al finalizar la proyección sentimos que las luces se prendían violentamente y los títulos corrían por la pantalla como intrusos en el mundo de la película. Entonces sentimos la necesidad de taparnos las cabezas con nuestros abrigos, negándonos a ver cómo la gente se levantaba dispuesta a abandonar la sala. Necesitábamos mantenernos en la oscuridad, queríamos pararnos en ese universo al menos un minuto más. Por eso sería fácil explicarle a cualquiera que la haya odiado por qué nosotros la disfrutamos tanto: porque la sentimos nuestra.


 

Guillermo solo
por Víctor Cruz

 

 

 

 

 

 

 

¡Qué calor! Mamá está parada en la puerta de casa, con una sonrisa preocupada. Desde el asiento de cuero rojo del Falcon la saludo con un gesto canchero y en un mismo movimiento apoyo el brazo al costado de la puerta, pero la chapa me quema y saco la mano enseguida. Papá sube a las corridas, mi hermano Guillermo deja su lugar entre los dos para sacar medio cuerpo por la ventanilla y saludar a Mamá con una sonrisa gigante. Mamá le devuelve la sonrisa con un gesto exagerado y lo saluda con las dos manos. Guillermo es muy chico, tiene siete años, no sabe de preocupaciones ni responsabilidades. Sólo espero que me haga caso. Nunca hace caso.

Arrancamos. Boedo queda lejos, es la avenida del corso y de los cines. Hacemos una cuadra por Beauchef, doblamos en Valle y seguimos derecho. Papá repasa las indicaciones: él nos va a sacar las entradas y acompañar hasta el acomodador, le va a dar una propina y el acomodador le va a dar un programa, pero esta vez el programa se lo va a quedar Papá y no me lo va a dar a mí. Papá tiene que saber a qué hora nos pasa a buscar.

Cruzamos Avenida La Plata. La calle Valle cambia de nombre, ahora es Estados Unidos. Frenamos. Papá baja al kiosco y compra una cajita de Sugus confitados, no compra maní con chocolate porque con el calor se derrite todo. En el kiosco todo es más barato que en el Cine. No hay que comprar en el cine.

Guillermo agarra los Sugus y quiere comerlos ya. Empezamos mal. Papá le dice que no, que son para la película, no podemos empezar a comerlos hasta que la película este por la mitad. Papá se los saca y me los pasa a mí. Guillermo me mira mal.

Las piernas se me pegan al asiento de cuero. ¿Por qué no vino Mamá? No me pareció que se sintiera mal. ¿Y por qué Papá insistió tanto en traernos al cine?

Después de comer en lo de los abuelos me preguntó si me animaba a ir solo con Guillermo, se le veía en la cara que esperaba que le dijera que sí. No es que no me animara, ya tengo nueve años, es que no me lo esperaba. Por supuesto le dije que sí, pero le puse mis condiciones: Guillermo me tenía que hacer caso en todo.

A Guillermo no le gustó, pero tenía tantas ganas de ver a los Parchís que dijo que sí enseguida. Es que todos le dicen que se parece a Tino, el cantante del grupo. Yo no me parezco a ninguno. No me importa.

Llegamos a la puerta del Cuyo, no hay gente en la entrada, el sol rebota en todos los vidrios del cine, no podemos leer los carteles, pero son dos películas en continuado: una vieja Parchís, y la nueva La gran aventura de Parchís. Papá repite lo que ya nos había dicho: al terminar la segunda película completa debemos salir y esperar en el hall. Bajo ningún motivo debemos salir a la vereda.

Papá saca las entradas, caminamos hacia la sala, el señor del pantalón negro y la camisa gris estira la mano y recibe las entradas, le da a Papá el programa y Papá le da unas monedas. Es el acomodador. Ahora saca una linterna del bolsillo, Papá nos da un beso y espera a que entremos, Guillermo me da la mano y seguimos al acomodador que abre la puerta, pasamos, miro para atrás mientras la puerta se cierra y veo como Papá empieza a caminar hacia la salida.

Sólo se ve la luz de la linterna, el acomodador corre una pesada cortina y se nos aparece Tino bailando sobre un banco del colegio con todos los chicos atrás. Guillermo salta de alegría, es una de las partes que más le gusta. Ya no hace calor. El acomodador nos hace señas con las luces apuntando a una fila con dos butacas vacías, me gustaría estar más adelante pero no me animo a decirle nada y nos sentamos donde nos indica. Yo del lado del pasillo y Guille a mi lado.

Ya está, estamos solos en el cine. Guille no se da cuenta porque únicamente le importan los Parchís, pero yo siento una especie de dolor en la panza, como la vez que me comí diez alfajores de chocolate. No tengo miedo pero no me acordaba que el cine fuera tan oscuro.

Don Matías, un maestro pelado y de bigotes, les cuenta a los chicos una historia de caballeros y armaduras, los chicos empiezan una guerra de papeles imitando las batallas de los caballeros. Después salen al patio y bailan rock en el recreo.

Guillermo me pide los Sugus, le digo que no, que hay que esperar a la mitad de la película, me dice que la película ya esta en la mitad. ¡Qué vivo! Nosotros entramos en la mitad de la película, así que no vale. Me insiste, en eso aparece la luz de la linterna del acomodador, un señor alto entra con su mujer y dos chicos.

El señor alto se sienta justo delante de Guille, y la señora delante de mí. ¡No podemos ver nada! Guille me dice “¡No veo nada!” y me pide sentarse en mi lugar. Le digo que si yo no veo nada el tampoco va ver nada, pero no me cree. Le cambio el lugar. Tenía razón, tampoco ve nada. “Yo me voy a otro asiento”, me dice. No lo dejo, lo quiero agarrar pero se me zafa y sale de la fila caminando hacia delante. Lo llamo en voz baja pero no me hace caso, lo sigo unos metros y no lo veo más. ¿Dónde está? Camino una fila más y miro hacia el costado, hay unos chicos con sus Papás. “¡Guille! ¡Guille!”, la gente me chista para que me calle. ¿Y ahora qué hago?

Esto no tendría que haber pasado. ¿Por qué nunca me hace caso? Sigo caminando entre las filas, buscándolo y llamándolo pero no lo veo. ¿Y ahora qué le digo a Papá y a Mamá? ¿Por qué dije que sí?, si a mí ni siquiera me gustan Los Parchís. ¿Por qué Papá no me dijo qué hacer si pasaba algo así?

Llego hasta la primera fila, voy volver a subir, tengo que buscar al acomodador, el tiene la linterna, y sino puede prender las luces. O puedo esperar en la puerta, cuando termine la película va a tener que salir.

Justo empieza una canción triste, parece que Don Matías se va a morir y los Parchís están muy tristes. Comienzo a subir hacia la puerta, ahora escucho que me llaman. “¡Víctor! ¡Víctor!”... ¡Ahí está! Lo veo, él también me estaba buscando.

Lo agarro del brazo, primero se asusta y cuando me reconoce casi se larga a llorar. Le chisto para que no lo haga, me abraza muy fuerte.

Ahora no es tan machito. Se refriega los ojos y me agarra muy fuerte con las dos manos. No es que tengamos miedo de seguir caminando en la oscuridad, es que no sabemos dónde sentarnos.

Nos sentamos en el pasillo, abrazados, y aunque no es la mitad de la película saco los Sugus confitados y se los pongo en una mano.


 

Acerca de la amistad
por Francisco De Matthaeis

 

 

 

 

 

 

 

Nunca fui adepto a las películas de terror (de hecho, ahora que lo pienso, las odio considerablemente) y durante mi niñez mis padres siempre me cuidaban mucho de esa exposición, por lo que cumplí una edad considerable antes de tener que enfrentarme a una de ellas. Por esos tiempos, sin embargo, tenía un amigo del colegio que, por el contrario, las amaba profundamente, al punto que eran casi las únicas que veía. Todavía hoy recuerdo las noches en las que intentábamos pasar el máximo tiempo posible sin dormirnos. Entonces me relataba los argumentos de las películas que había visto, hasta el momento en el que yo no podía aguantar más el miedo, instante en el que cambiábamos de tema, aunque aquellas palabras quedaban en mí al punto que tardaba días en volver a dormir bien.

De todas maneras, lo realmente fatídico fue aquél día en el que por primera vez íbamos sin padres ni acompañantes al cine del barrio... uno de esos momentos en los que se podía sentir que éramos grandes.

¿Cuál sería la elección? Una de animación, quizás una comedia de las que tanto me gustaban. Nada de eso. Como era de suponerse, ni bien llegamos a la boletería, mi amigo quedó sorprendido por el afiche de una nueva de suspenso. “Dale, no me vas a decir que te da miedo ¿no?”. “No, para nada”, le respondí de la única manera que podía contestarse aquella pregunta. La película trataba sobre momias y hechizos faraónicos, por lo que a partir de ese preciso momento comencé a transpirar, dándome cuenta lo que significaría aquél día: definitivamente tendría que enfrentar mis fantasmas.

Esperamos larga cola para entrar y finalmente nos sentamos en la última fila, la más lejana a la pantalla, pegados a la pared del proyector. Mi amigo se había llevado unos sorbetes y unas servilletas que sobraron de la comida con un objetivo claro: hacer bolitas de papel y dispararlas hacia adelante, soplando con fuerza, buscando las inocentes cabezas de otros espectadores. Así fue como, luego de los comerciales y avances, cuando la luz bajó y se sintió protegido por el anonimato, comenzó con su transgresor pasatiempo que duró unos instantes hasta que desapareció el último de los logos y la sala se oscureció por completo. Entonces terminamos con los chistes y las bromas que veníamos haciendo y nos entregamos al suspenso que se apoderó de nosotros.

Una a una, progresivamente, el tono de las escenas se hacía cada vez más… “comprometido”. Lentamente comencé a hundirme en mi butaca, mientras a mi lado mi amigo no paraba de reírse. Evidentemente no la estaba pasando tan mal como yo.

Avanzada la introducción, una sensación terrible me invadió cuando por primera vez el monstruo apareció pero sin revelarse, sin mostrarse por completo, sino insinuándose sutilmente, expresándose la motivación del verdadero terror: la película jugaba con mis propios miedos, con la proyección de mis propios monstruos. No tenía ninguna duda al respecto: algo estaba por revelarse ante mí con toda su fuerza y ya no podía soportarlo. Demasiado para mí. La situación me superaba por completo.
 
Casi sin pensarlo, me levanté como un resorte de mi butaca y salí de la sala excusándome con la mayor naturalidad que pude: “Voy al baño”, le dije.  Salí al pasillo sin saber muy bien hacia dónde me dirigiría. En el recorrido sentí a mis espaldas la mirada inquisitiva de un acomodador, pero era tal mi miedo que no reparé demasiado en ello y seguí mi camino con rumbo incierto Después de dar una vuelta, supe que debía volver, pues seguramente aquella secuencia aterradora habría pasado. Una vez más, ¡me equivoqué! La película seguía ahí cuando volví a sentarme en mi lugar y no había nada que hacer, mis intentos eran vanos y no podía encontrar una excusa para cada escena de la película que me fuera a aterrar.

Decidí resistir, pero mientras me daba coraje apareció ante mí aquel personaje macabro manifestándose en toda su fealdad. No pude evitar cerrar los ojos, aunque enseguida sentí que no bastaba porque el sonido me causaba pavor. Traté de contenerlo internamente, intentando mantener la compostura. Mi amigo no debía saber nada: si mi miedo se revelaba significaría la humillación absoluta, se enterarían en el colegio y sería la burla total. Pero el sentimiento de terror era más fuerte que toda mi voluntad y orgullos juntos. No podía seguir aguantándolo. Tenía que taparme los oídos. Era una situación insostenible. Si tan sólo hubiese intentado convencer a mi amigo de ver otra película podría haber camuflado mis miedos de manera sutil y tal vez ni siquiera se hubiera dado cuenta de mis verdaderas razones...

Pero ahí estaba yo, imaginando en mi mente cosas espantosas, y cuando mi resistencia llegó a su punto máximo, casi sin pensarlo, me vi obligado a confesarle mi miedo y que ya no podía seguir viéndola. Para mi sorpresa, mi amigo se comportó sumamente comprensivo. Me tranquilizó en un primer momento y haciendo su mayor esfuerzo intentaba explicarme que la película ni siquiera era de terror, que si realmente prestaba atención vería que cada vez que el asunto se ponía complicado un chiste salvaba la situación. Además, si me fijaba bien, vería que por momentos se revelaba un pésimo efecto, develando la artificialidad del terrible personaje.

Fue así como, motivado por sus palabras de aliento y con mucha reserva, comencé a mirar de otro modo: poco a poco, aquellos personajes gigantescos comenzaron a minimizarse frente a mí. “Es verdad, no es tan grave”, me dije. El héroe de ocasión intentaba salvar su vida y en el medio hacía cosas bastante patéticas y cómicas, mientras que el monstruoso personaje efectivamente patentaba su artificialidad: al examinarlo detenidamente comprobé que algunas cosas de su atuendo y sus movimientos resultaban bastante raras. A partir de allí todo terminó de calmarse en mi interior y mientras el poder del monstruo disminuía a medida que el héroe realizaba un conjuro, paralelamente disminuía su poder aterrador para conmigo.

La película llegó a su fin. No era tan terrible después de todo y ahora tenía ganas de enfrentarme con una película más terrorífica aún y comprobar si realmente había superado mis miedos.

Mi amigo y yo salimos del cine haciendo chistes sobre algún espectador que nos acompañaba y vagabundeamos por ahí, haciendo tiempo, hasta que nos vinieron a buscar. Al llegar a casa le conté a mi madre sobre todo lo acontecido y del buen amigo que tenía y cómo me había ayudado.

Al día siguiente en el colegio, sin embargo, habiendo olvidado todo el asunto de los miedos, un grupo de compañeros comenzó a burlarse de mí. Los amigos pueden ser algo crueles cuando sos chico.


 

Jugando al Apocalipsis
por Jimena Depresbiteris

 

 

 

 

 

 

 

Desde pequeña siempre fui aficionada a las historias, a relatar historias en mi mente y sobre todo a involucrarme en cuerpo con las películas que veía. La presente historia versa entonces sobre dos cuestiones importantes en mi vida: mi primer amigo/enemigo y mi primera película favorita.

Antes de proseguir, para comprender un poco mejor esta historia, se me hace fundamental exponer una pequeña introducción sobre mi familia.

Nací a los cuatro años de haber nacido mi hermano, el primer hijo de mis padres y el primero de entre tres hermanos, además del primer nieto varón de la familia. Era un niño concebido para ser único y consentido. Así disfrutó de cuatro hermosos años de mañas y caprichos cumplidos… así hasta que aparecí yo.

Durante mis primeros años de vida percibía al mundo que me rodeaba de manera muy cercana: para mí existían únicamente mi papá, a quien amaba profundamente (un amor de telenovela mexicana de las cuatro de la tarde) pero quien pasaba mucho tiempo trabajando; mi mamá, quien dibujaba flores en mis cuadernos pero también me obligaba a tomar la sopa con una cuchara que hoy recuerdo gigante; y por último mi hermano, el único infante que conocía y con quien pasaba todo el día.

¡Idolatraba a mi hermano! Absolutamente todo lo que él hacía era digno de admiración y valía la pena intentarlo: yo estaba todo el tiempo pendiente de lo que él hacía, tratando de imitarlo, corriendo detrás de él en busca de su compañía y aprobación. Pero todo ese cariño no era correspondido: aún siendo su única hermana él me ignoraba, no hablaba conmigo, no quería compartir ni sus juguetes ni sus juegos, ni me dejaba participar de su tiempo libre. “Game Over”, esa era su respuesta cuando le preguntaba si podía jugar con él, dando por terminada la conversación.

Sin embargo, un suceso de otro tiempo y espacio llegaría para poner las cosas en su lugar: Terminator 2: el juicio final.

A decir verdad y debido a mi corta edad –seis años para ser más exactos– no recuerdo del todo bien esa primera vez en la que la vimos juntos, sino que vienen a mí una sucesión de imágenes entremezcladas de las reiteradas veces que juntos volvimos a verla después. Gracias al milagro del VHS la repetíamos una y otra vez, incansablemente, y así reiteradas veces con cada escena, hasta memorizarlas, deleitándonos con cada una de ellas, riéndonos como tontos de las que contenían desnudos, festejando las hazañas increíbles del Terminator, como en la tremenda persecución que involucra un enorme camión negro que podría ser luego la imagen de aplastantes pesadillas.

Por primera vez encontrábamos algo para compartir, un sentido punto de conexión, alcanzando por fin esa amistad tan anhelada por mí.

¡Adorábamos Terminator 2! Ambos deseábamos tener una Harley Davidson, con campera de cuero y lentes oscuros incluidos. Arnold Schwarzenegger era nuestro actor favorito y mayor héroe. Con total inocencia, como los niños que éramos, creíamos en esa historia y en ese mundo, y queríamos con todas nuestras fuerzas ser parte de él, ser esos personajes, disparar armas, andar en motocicletas, salvar a la humanidad. Por ello, exponiendo nuestras mayores cualidades actorales, nuestro juego usual era repetir las escenas, haciendo pasar la película a través de nosotros.

Así, con mi pequeña mesita de dibujo, dos sillitas y un control remoto, reproducíamos la escena del hospital psiquiátrico en la que el doctor Silberman y Sara Connor dialogan frente al video, mientras ella fuma pacíficamente y pone en oposición esos dos estados diferentes (cabe aclarar que representábamos al mismo tiempo tanto lo que sucedía en el video y como lo que sucedía en la sala). Mi hermano era el psicólogo y yo la exaltada heroína. La escena siempre terminaba conmigo subida a la mesita y ‘haciendo mala cara’, mientras el doctor frenaba la imagen del video. De modo similar nos divertíamos con la escena en la que Sara Connor agita el alambrado mientras la onda expansiva “la volvía una calavera”. O incluso reproduciendo la escena en la que el Terminator se sube a la Harley Davidson por primera vez, robándole la escopeta y los lentes oscuros al dueño del bar que intenta detenerlo, utilizando para ello unos anteojos de plástico y plasmándose en mi memoria a través de “Bad to the bone”, tema que podíamos tararear tontamente sin entender ni siquiera una palabra de lo que pronunciábamos pero irónicamente comprendiendo por completo su significado.

A través de nuestra imaginación entonces podíamos vernos en el universo de la película.

Años más tarde, habiendo dejado atrás esa época en la que no existía el prejuicio ni el pudor para nosotros, volvimos a compartir Terminator 2, encontrando en ella nuevas razones para adorarla, transitándola desde otro punto de vista, convirtiéndose en la puerta hacia una pasión inigualable: el cine. Así fuimos creciendo, película tras película alquilada en el video club; películas con tintes de los más diversos, con análisis, tesis y diversas posturas sobre cada una de ellas.

Mirando un poco hacia atrás a veces pienso que mi fanatismo por esta película en particular tal vez fue motivado por la devoción que sentía por mi hermano: la experiencia de compartir algo juntos por primera vez me hizo sentir tan feliz que ese latir se convirtió en mi recuerdo más vívido y claro de la película. Quizás por ello, todavía hoy, me divierto repitiendo de memoria los diálogos del audio latino, como la vi la primera vez junto a mi hermano, cargando todo nuestro vínculo al revivirla y volverla presente.

 

Sigue en Cuentos de Película: Aquella película contigo (Parte 3) 

 

 

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