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Cuentos de Película: Aquella película contigo (Parte 3) PDF Imprimir

“Acepté que me besara para que se calmara un poco y después lo rechacé con dulzura hasta el hartazgo. La sala no estaba vacía, pero para Tse el ridículo y el prejuicio de los demás eran tonterías. De hecho, pienso que el creyó que lo llevé a la Lugones para que me tocara en público”. 

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Compilado por GRUPOKANE.

 

 

CUENTOS DE PELÍCULA: AQUELLA PELÍCULA CONTIGO (PARTE 3) 

(fecha de realización: Diciembre 2011) 

Introducción
por Pablo Acosta Larroca

Luego del éxito de la primera entrega de Cuentos de Película, “Mi primera película”, que publicamos en diciembre del año pasado (ver), llega la segunda entrega, esta vez con la consigna “Aquella película contigo”, nuevamente con una gran respuesta por parte de los autores convocados.

Para esta segunda entrega claramente se involucra desde la propuesta a un Otro: “un texto breve a manera de cuento que recupere y exprese una experiencia significativa en una sala de cine a partir de compartirla con alguien más: una novia, un amante, un amigo que ya no vemos, una persona muy cercana, un espectador desconocido que mantuvo cautiva nuestra atención, un insufrible vecino de butaca, etcétera.” versaba la convocatoria.

Así mismo y una vez más, esta segunda edición se gestó como un compendio conformado por el entramado de miradas de una gran cantidad de personas de distintas disciplinas relacionadas con el cine y audiovisual (realizadores, guionistas, actores, técnicos, teóricos, investigadores, coleccionistas, programadores, críticos, docentes, cuentistas, espectadores de distintas edades, etcétera), sumando a los ya convocados en la edición anterior nuevos autores, generándose un espacio de encuentro y un diálogo tácito donde, una vez más, afloran lugares comunes y líneas de conexión en más de un sentido, por lo que, como dijera en la introducción del año pasado “demuestra, una vez más, que el cine, en tanto expresión cultural, une emociones, generaciones y vidas diversas y se constituye en un dispositivo afectivo que pone de manifiesto el hecho de que habitamos un mundo común”. Particularmente “Aquella película contigo”, como si de un bolero se tratara, atrajo historias de amor, sobre todo de primeros amores, de declaraciones, de conquistas pero también de rupturas amorosas, donde el maestro Michelángelo Antonioni parece revelarse como el autor más citado, aunque también hay espacio para unas cuantas historias vinculares de padres e hijos, y otras repletas de erotismo, sexo y hasta morbo.

Debo señalar también unas cuantas manifestaciones en contra de compartir películas con un Otro, no sólo en lo que respecta a fastidiosos espectadores ocasionales (que las hay), sino como declaración de intenciones que, amén de reconocer el espacio colectivo de la sala, encuentra el placer del acto de ver una película en tanto experiencia solitaria, desprovista de compañías, reforzando de este modo su carácter netamente personal e intransferible.
 
Finalmente algunos agradecimientos…

En principio y como siempre a mis compañeros de GRUPOKANE, con los que compartimos ésta y otras propuestas vinculares.

A Diego Cirulo, por su escucha paciente ante cada lectura compartida en voz alta.

A Leandro Rodríguez Salcedo, que nuevamente tuvo la gentileza y la generosidad de ayudarme a hacer el trabajo de revisión y corrección final de los textos.

A Camila Flynn muy especialmente, por interesarse constantemente con cada propuesta, participando siempre con su entusiasmo, lucidez y generosidad.

A Hernán Guerschuny, por haber apoyado desde “Haciendo Cine” la difusión de esta sección.

A Raúl Manrupe, por su afinidad espiritual, por su inagotable creatividad, por su respaldo permanente y desinteresado.

También quiero agradecer a todos los que por una u otra razón no pudieron participar en esta segunda entrega, pero que se han mostrado entusiasmados por este espacio de expresión, desde este momento invitados para la próxima (especialmente a Elsa Drucaroff, Ángel Faretta, Marcelo Birmajer, Alberto Fuguet, Edgardo Cozarinsky, Inés Efrón, Cesc Gay, Laura Citarella, Julia Solomonoff, Nicolás Herzog, Lola Silberman, Horacio Bernades y Leonardo D’Espósito).

Y obviamente, a todos los autores de los diferentes cuentos de esta segunda compilación, por su generosidad para compartir desinteresadamente su pluma y su mirada, haciendo posible esta segunda edición de “Cuentos de Película”.


 

ÍNDICE

PARTE 1 (ver)
01. Derribar paredes y que aparezca el amor - Mónica Acosta
02. No prendan todavía las luces del salón - Pablo Acosta Larroca
03. Crónica de un amor que nunca existió - Nicolás Aponte A. Gutter
04. Fútbol, cine y futuro - Paula Arella
05. Sin compañía - Miguel Baratta
06. Dos extraños son, los que se miran - Magalí Bayón
07. Aquella película conmigo - Ezequiel Boetti
08. El reflejo en la pantalla - Pilar Braunstein Bayer
09. Sucedió en París - Carlos Brück
10. Hermanos - Ceci Brück

PARTE 2 (ver)
11. Cine por medio - Anabella Bustos
12. La luz de frente - Fernando Castets
13. Casualidad - Marcela Ciccone
14. Las películas para chicos - Juan Pablo Cinelli 
15. Letra y música (de terror) - Diego Cirulo
16. Elegía por una función - Jorge Leandro Colás
17. Acupuntura un domingo por la noche - Malena Cores Penna
18. Guillermo solo - Víctor Cruz
19. Acerca de la amistad - Francisco De Matthaeis
20. Jugando al Apocalipsis - Jimena Depresbiteris
 

PARTE 3
21. Los Otros - Mónica Discépola
22. Chyusu - Guadalupe Docampo
23. Verano del 42: una película iniciática para un día iniciático - Felipe Fernández
24. Camino al cine - Martín Figueredo
25. Las horas - Carol Ann Figueroa
26. Encontrarte en la oscuridad - Florencia Gasparini Rey
27. ¿Dónde está mi amigo? - Federico Godfrid
28. Eisenstein en invierno (Una aparición) - Lucas Granero
29. Aquella pesadilla contigo - Daniel Grilli
30. La cita - Hernán Guerschuny
 

PARTE 4 (ver)
31. La lección de la lección de la lección - Luisa Irene Ickowicz
32. Verano a la sombra - Maia Lopardo
33. La película que nunca vimos juntos - Carlos Losilla
34. Una tarde en el cine con R - Raúl Manrupe
35. Esfumaturas en el espacio - Pascual Massarelli
36. Más allá de la medianoche - Adrián Melo
37. Fotogramas de mis nonos colgados en un bar - Sebastián Miño
38. El final que no entendí  (“Blow Up”) - Roberto Montini
39. La mina del sillón - Mariano Morita
40. Las legiones - C. Adrián Muoyo
 

PARTE 5 (ver)
41. Viola, Bill - María Negroni
42. El hombre de la valijita gris - Luis Ormaechea
43. Escrito con fibrón negro - Lautaro Ortiz
44. Morbo Pasolini en la Lugones  - Paulo Pécora
45. Todo el mundo visita a Sam - Fernando Martín Peña
46. Sin bebida - Javier Porta Fouz
47. Cine de papá - Nicolás Prividera
48. Todos somos Doinel - Javier Rebollo
49. Esa misma película con… - Leandro Rodríguez Salcedo
50. Vivir en Buenos Aires, Morir en Madrid - Ricardo G. Rodríguez
 

PARTE 6 (ver)
51. El primo de la lágrima - Eduardo Rojas
52. La suspensión - Vicente Rozados Sauser
53. En la batalla contra el mal, también estás a mi lado - Alejandro Seba
54. Conmigo (sí, conmigo) - Griselda Soriano
55. True egoistic love - Ricardo Soto Uribe
56. El cuento de la buena pipa - Anabella Speziale
57. Grazie Don - Natalia Taccetta
58. Turista - Ezequiel Tronconi
59. Bicho de luz - Marcos Vieytes
60. Aunque no lo veamos, el Troll siempre está - Fabio Villalba
61. Nunca me contaste cómo empezó todo - Leonardo Zaffaroni
62. 76 89 11 - Cris Zurutuza
 

 


 

Los Otros
por Mónica Discépola

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué película? ¿Con quién? ¿Cómo están de presentes los otros cuando estamos en el cine?

Mi primer “Otro” fue mi papá, militante comunista, dirigente gremial. Cine del centro rosarino, con pasillo ancho al medio… ¿El Cairo? ¿El Monumental? Durante casi dos horas vimos con emoción como la justicia castigaba a Sacco y Vanzetti sólo por ser pobres, trabajadores y anarquistas. Sobre el final (no recuerdo como era la escena, no sé si se narraba en off, si era una subjetiva de los condenados a muerte, o si se veía la silla eléctrica en la que iban a morir), en ese momento, en medio del mayor dramatismo, se escuchó una voz que decía en tono bien alto y risueño: “¡Mirá si se les corta la luz! ¿Qué hacen? ¿Lo electrocutan con velas?”

La voz provenía de un grupo de chicos jóvenes, ubicados un par de filas más atrás de nuestra ubicación. Mi papá se levantó, fue hacia ellos, agarró a uno del cuello, les dijo que eran unos idiotas y que salieran del cine… En la oscuridad de la sala se vieron las siluetas de unas tres o cuatro personas que rápidamente avanzaban  hacia la salida. Mi papá volvió a sentarse a mi lado y terminamos de ver la película.

La misma sensación que experimenté aquella tarde volvió muchas veces a mi vida, abordándome un sentimiento ambiguo, mezcla de orgullo por las convicciones ideológicas de mi padre y desconcierto por sus reacciones, a un mismo tiempo heroicas y violentas.

Durante los años que siguieron hubo algunos “otros”. Ernesto mirándome sorprendido cuando salimos de ver Las invasiones bárbaras, tratando de calmarme sin poder entender por qué lloraba desconsoladamente y a los gritos, mientras caminábamos por calle Santa Fe, y yo tratando de explicarle, sin poder hacerlo del todo, que durante años había envidiado a los personajes de La decadencia del imperio americano, y había sufrido por no haber podido parecerme a ellos. Y ahora los veía así, destruidos, desencantados… y lloraba por ellos y lloraba por mí, por mis deseos incumplidos “bajados de un hondazo”… por haber perdido tanto tiempo deseando algo que en realidad no valía la pena.

También hubo otros “otros” desconocidos, de los que nunca conoceré sus nombres, con los que nunca volveré a cruzarme, como los que estaban en el cine Iara, en la ciudad de La Habana, un día en que para hacer tiempo mientras esperaba la guagua, me metí en la sala donde estaban proyectando Garage Olimpo. La película recién había comenzado y tuve que pedir permiso para sentarme en un lugar libre a mitad de una fila de butacas –los cubanos saben reconocer muy bien los distintos tipos de español, siempre saben de qué país es cada uno y nunca se equivocan–. A mitad de la película, cuando comenzaron a verse las acciones más crueles y miserables, un cubano sentado detrás de mí me pregunta: “Usted que es argentina, ¿es verdad lo que cuenta la película? ¿Esas cosas se hacían?”. Solamente pude contestar un “Sí, todo eso y más”, muy bajito, para no molestar a los demás, aunque los que escucharon la conversación se fueron sumando, pidiendo más detalles, y de repente me encontraba en la oscuridad de un cine cubano hablando de la dictadura, de los métodos de tortura, de la locura y desesperación de esos años. Unos minutos después todos volvimos a mirar la película, hasta que los vuelos sobre el Río de la Plata con la música de “Aurora” nos llevaron al final y a las luces de la sala prendiéndose.

Seguramente habrá muchos “otros” compañeros de cine dando vueltas por ahí, los que fueron y no recuerdo y los que estarán por venir. Me imagino con mis nietos de la mano entrando a un cine para que encuentren sus héroes, sus amores imposibles, la magia refulgente de la vida. Pero más allá de los “otros”, la sala a oscuras sigue siendo un lugar solitario e íntimo, donde uno es sus “otros”, los que se esconden en la vida cotidiana, los que se permiten amar al asesino, ser infieles en una noche con alcohol, matar y morir por un ideal adolescente, sentir que la vida es más intensa y maravillosa que lo que sentimos cada noche al acostarnos.


 

Chyusu
por Guadalupe Docampo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gracias a Pablo Acosta Larroca, entre otras cosas, por sentarme a escribir otra vez.

 

Tse, se llamaba Tse y no era oriental, sino fruto de la unión fértil entre una psicóloga marxista y un artista plástico homosexual, que tres décadas más tarde, se transformara en víctima fatal de una neumonía que lo encontrara retirado en el Amazonas.

Tse había estado allí. Había estado tres meses, por primera vez en su vida, viviendo con su padre, en medio de la selva. Compartían una choza construida en la copa de un árbol, se bañaban desnudos en el río, hacían sus necesidades entre los arbustos y comían lo que la naturaleza les brindaba, a lo sumo, lo cocinaban lentamente al fuego de leña. Tse comprendía a su padre, el también vivía en los márgenes de la sociedad –y del buen gusto– aquí, en Buenos Aires.

El volvió de Brasil con la cabeza rapada a cero. Sin embargo, en todo el tiempo que estuvo lejos, no se había librado de ningún vello del rostro: crecían débiles y alborotados encima de su labio, en su mentón y hasta en su cuello. A veces Tse se parecía a una mujer.

Me llamó a mi casa y me dijo que quería verme. Yo le tenía miedo, así que lo invite al cine. El podía ser muy insistente y yo pierdo el juicio si estoy aburrida.

Fuimos a la sala Lugones del Teatro San Martín. La sala huele a ácaros y a humedad. Los asientos son cortos, de cuero; los hicieron como se hacían las cosas antes: para que duren una eternidad. Uno se puede congelar el esqueleto si encienden el aire acondicionado y como era verano, estaba prendido. Nos espantó el frío apenas bajamos del ascensor.
 
Fuimos a ver una película coreana. Un compañero de teatro, guionista, me había dicho que "el cine oriental era el equilibrio perfecto entre la poesía y el espectáculo". Así que ahí estaba yo, dando mis primeros pasos como espectadora, mientras me esforzaba por aprender los diferentes signos que me llevaran a distinguir entre un chino y un coreano.

Pero ese día no aprendí nada. Apenas si pude ver alguna que otra escena. Tse se las ingeniaba para meter mano entre mis piernas incansablemente, cuando no trataba de tomarme la cara con sus dos manos huesudas para besarme. Tse ya tenía 21 años. Yo apenas había llegado a los 14. Acepté que me besara para que se calmara un poco y después lo rechacé con dulzura hasta el hartazgo. La sala no estaba vacía, pero para Tse el ridículo y el prejuicio de los demás eran tonterías. De hecho, pienso que el creyó que lo llevé a la Lugones para que me tocara en público. Tse siempre tuvo mucha fe en mí.

Por cansancio y frío cedí a sus iniciativas, y ahí mismo, en la sala, abrí la boca para dejar pasar su lengua. Y con las lenguas hicimos círculos, su lengua perseguía la mía o mi lengua perseguía la suya. Se sentía muy bien, húmedo y tibio. Estaba distraída cuando me levantó del asiento y me puso encima suyo. Nos frotamos el uno contra el otro en frente de un grupo de coreanos en equipo de gimnasia. La saliva, el sudor, el calor del cuerpo del otro o del mío pero que se confunden, los huesos, duros, que se clavan en la carne joven. Tse se desabrochó el pantalón y enseguida la situación se me escapó de las manos, de mis manos pequeñas de antes, tan pequeñas como las de ahora. Recuperé mi asiento y le dije que tenía que irme, que mi mamá me esperaba. A él le costó mucho aceptarlo –no tenía sentido– y tuve que repetírselo varias veces haciendo lo imposible por no levantar la voz. El se quedó en la sala, ofuscado. Salí del San Martín algo perturbada, Tse estaba enojado conmigo y eso me ponía triste. Caminé por Avenida Corrientes hasta el subte, tratando de recuperarme de la oscuridad de la sala con la pollera empapada sin poder entender por qué.


 

Verano del 42: una película iniciática para un día iniciático
por Felipe Fernández

 

 

 

 

 

 

 

Conocí a Magda en Letras. La llamo Magda porque esto es una ficción y toda ficción es una excusa para contar algo real. Yo tenía veinte años. Ella dieciocho. Me bastó verla un par de veces en los pasillos de la facultad para sentir que me atraía demasiado y de un modo diferente a la hermosa marea de mujeres que afluía a la facultad con una diversidad milagrosa para un muchacho educado en un colegio de varones. Había en Magda una señal indefinible en los gestos, en la manera de caminar y sonreír que me hizo imaginarla inalcanzable al contemplarla bajando unas escaleras. En unos versos le atribuí la elegancia sensual de una leona adolescente. Yo no me animaba a hablarle, pero intervino el destino. Un amigo común de la facultad al que le gustaban las cosas que yo escribía me pidió permiso para prestarle una carpeta con poemas míos. A Magda le gustaron y quiso comentármelos. Fui a su chalet, en San Isidro. Hice el viaje en tren desde Retiro aquejado por una gripe que me había dejado afónico, por lo cual la mayor parte de la charla recayó en ella. Sin duda hubo otras conversaciones en los pasillos de la facultad, pero yo estaba ansioso por consolidar la cercanía que se había establecido entre nosotros. Llegaron las vacaciones de invierno y me di un ultimátum. Un mediodía nos encontramos en Letras –los dos debíamos consultar los resultados de unos exámenes– y la invité a ir al cine. Ella aceptó con esa sonrisa tan suya, como si me retara cariñosamente por haber tardado tanto en invitarla a salir. En el Arte reponían Verano del 42. La daban a la noche y no tenía sentido que Magda volviera a San Isidro. Almorzamos en mi casa. Pasamos la tarde escuchando música en mi cuarto y antes del cine comimos unas hamburguesas en un bar. No hace falta decir que Verano del 42 es una gran película. La he visto muchas veces, pero la noche que la vi con Magda casi no le presté atención porque no me acostumbraba a tener a esa muchacha inalcanzable a mi lado. Continuamente desviaba mis ojos de la pantalla para mirarla y confirmar su presencia en una alegría inverosímil que continuó en el viaje en tren hasta su casa de San Isidro para culminar un día perfecto que todavía hoy me sigue encandilando.
 
Estuvimos cuatro años de novios. Después hubo otras novias. Casamiento. Hijos. Familia. Divorcio. De Magda supe que se había casado y que vivía en San Isidro. Pasaron veinticinco años desde nuestra ruptura. Pasaron veinticinco años sin que volviéramos a hablar. Cada tanto soñaba con ella. Un día el reencuentro con el amigo en común que nos había presentado me trajo inevitables ecos de Magda. De esa conversación surgieron ciertas circunstancias que me impulsaron a pedirle su e-mail, si ella no se oponía. Ella no se opuso. Así se inició una relación epistolar bastante fluida cuyo ritmo a veces se interrumpía unos meses y en otras ocasiones se multiplicaba durante varios días seguidos. Dependía del estado de ánimo. Dependía quizá de un tácito acuerdo por no invadir –con preguntas insensatas o confesiones inadecuadas– las esferas más íntimas de nuestros sentimientos. Yo pensaba que las referencias al pasado no debían perturbar el entramado del presente. Además, me preguntaba si el amor que nos había unido en la juventud y aquel día iniciático de Verano del 42 habían sido tan importantes para ella como para mí. Cada tanto –a lo largo de los próximos cinco años– le sugerí la posibilidad de vernos, pero no insistí. Finalmente, cuando publiqué un libro de poemas, le dije que quería darle un ejemplar y ella propuso un encuentro en un bar de la época de la facultad. Me costó mucho hallar la dedicatoria exacta para el libro, que incluía algunos poemas escritos para la Magda de treinta años atrás y pensé, un poco temeroso, si esa enorme cantidad de tiempo podría destruir las expectativas del reencuentro, al enfrentar las imágenes del pasado –blindadas por la idealización de una nostalgia romántica– con las imágenes indefensas del presente. Sin embargo, apenas nos vimos, apenas nos saludamos y empezamos a conversar me di cuenta de que en esa mujer y en ese hombre cincuentones sobrevivía una esencia de afecto indestructible que no había sido tocada por el envejecimiento de la carne ni por las tribulaciones del espíritu. Le di mi libro y Magda aprobó la dedicatoria. Ella también me había traído un regalo. “Es un DVD. Espero que te guste”, me dijo con esa sonrisa tan suya. Lo sacó de la cartera y antes de rasgar el papel que lo envolvía supe de qué película se trataba. Esa noche, mientras miraba el principio de Verano del 42 no me costó imaginar que la voz en off del protagonista era la mía, contando otra historia completamente diferente –mi salida con Magda en un día de invierno imposible de olvidar– y  sentí que ese recuerdo, junto con muchos otros, no se congelaban en el pasado, sino que seguían moviéndose en el presente como las escenas de una vida cuyo montaje nunca terminaría de dilucidar
.


 

Camino al cine
por Martín Figueredo

 

 

 

 

 

 

 

De repente, una gota de lluvia rompe solemne en mi parabrisas danzando majestuosa ante mí. Consciente de su coqueta rebeldía, demanda desvergonzada, desnuda, mi completa atención y colmada devoción. Ella simplemente se desliza ascendente y delicada llevando consigo mi mirada, mi voluntad, logrando que todo lo demás desenfoque para hacer justicia a su solitaria y divina perfección. Al instante se funde en un choque colosal logrando deformarse en una nueva belleza que la hace única otra vez. Sólo por un momento fuimos ella y yo seduciéndonos el uno al otro.

Otras gotas hermanas atacan envidiosas y tardías, se precipitan contra mi ventana demandando atención. A pesar de ello mis ojos nunca perdieron de vista a la primera, tan mía, esa dulzura que ahora se funde con el diluvio asesino. ¿Acaso fue la primera en dejar el cielo? ¿Acaso fue ella la primera en generar un cambio frente a nosotros pero que sólo algunos son capaces de ver? ¿Acaso combaten unas con otras en una carrera suicida por llegar a golpear de placer al ser humano? No me creo tan afortunado, pero ver a la primera gota de lluvia lo predispone a uno diferente durante el resto del día que sigue para luego, posiblemente, olvidarla para siempre. Para que ella se sienta triunfadora de la carrera suicida sólo tengo que creer que fue la primera (ambiciosa de una simple mirada y unas horas de memoria, nada me cuesta ese favor).

Ahora no la distingo entre todas ellas, todas son lluvia que no me deja ver bien la acera. Debo disminuir la velocidad de a poco. Noto que Sara se pone el cinturón de seguridad mostrando una vez más su abierta desconfianza hacia mí. Con disimulo, muy despacio, giro la cabeza para poder mirarla pero ella apoya la frente en la ventana como si su cuerpo quisiera salir del auto y no reconociera que el vidrio se lo impide… Al igual que las gotas pero buscando alejarse de mí.

El viaje transcurre en silencio, como frecuentemente sucede. No veo su rostro pero conozco su mirada, una mirada que anhela lo que está siendo separado de ella, lo que se le impide. Permanece inmóvil cediendo al vaivén del vehículo que tampoco se mueve demasiado, más bien suavemente. Sara sigue siendo la misma que conozco hace ya mucho tiempo, aunque esta vez la percibo diferente. Su cuerpo se deforma con las sombras de la lluvia que la corroen muy deprisa, la atacan celosas de haberme conquistado en algún momento. Las sombras dominan por completo su superficie golpeándola sin piedad ni descanso, golpeándola donde –conozco– sufre cosquillas, donde su piel es más sensible, donde le molesta que la toquen pero no pudiendo provocarle nada en lo absoluto.

Ella sigue mirando por la ventana con ese peso en su cuerpo tan presente en nuestro último tiempo juntos. Ya ni recuerdo si esa profunda tristeza la tenía cuando la conocí. Sí puedo decir que día a día se incrementa irremediablemente al igual que el silencio. La tristeza la refugia de mí y de mi falta de interés en remediarlo, pero no de los envidiosos pinchazos. Por lo menos la veo diferente, esas sombras le regalan un pequeño movimiento a su amarga pereza aunque siguen sin ser suficientes para lograr quebrar su maldita languidez e inacción, su eterna y poco interesante fijeza, su repugnante siempre-ser-ella y nadie más que ella.

Musitando protestas vuelvo a la realidad, miro al frente y sin decir nada enciendo el limpiaparabrisas, que dispersa con furiosas estocadas la lluvia que sólo desea poseerme y recorrer excitada todo mi cuerpo desnudo. Nada logra que las hermanas de las gotas que se dejan vencer por el barrido regular dejen de intentar penetrar el vidrio con violencia. Incansables, me seducen con su energía, logran de mí lo que buscan, me hacen danzar con su gloriosa música, logran que olvide la película que íbamos a ver en este patético intento por querer que las cosas funcionen, logran que nada me importe de Sara y de sus estúpidos intentos por encontrar en una película la solución, siguiéndola al pie de la letra, como un ejemplo de vida. Me hacen sentir libre de esa mujer cansada que ni siquiera debe saber por qué sigue conmigo en el auto, logran que vea en ellas todo lo que Sara no es.

Me encuentro alborotado por semejante danza salvaje. Mis ojos se abren ante la revelación violenta que parece conmocionarme y clarificar mi mundo al mismo tiempo. Ya no quiero esa primera gota adolescente que me enamoró por unos instantes, que incluso, diferente e imperfecta siguió mostrando su singularidad ante mí. Para saciar mi sed ya no me basta para saciar mi sed una diminuta y cordial gota que muere en el intento de perforar mi rígido parabrisas. Las veo a todas ellas golpeando el vidrio, queriendo ser mías, las veo protagonistas en esa borrosa pantalla del mundo en la que se convierte mi parabrisas, las veo en foco, en un primer plano como las estrellas de cine más hermosas e inalcanzables, las deseo tanto como ellas a mí. Sólo nos separa una pantalla de vidrio. Ellas juntas, todas, sí tienen la fuerza para romper la barrera.

Detengo bruscamente el auto y noto sin mirar que el cinturón de Sara se estira tensándose ante la fuerza de la frenada. Su cabello responde a la inercia que aviva convulsiones en su postrado cuerpo y una  ligereza que jamás tuvo lugar en su carne. Siento necesidad de ver si se encuentra bien pero decido seguir e ignorarlo para alcanzar de una vez mi ansiada libertad. Sabiendo que me mira desorientada y sorprendida por mi desbocado arrojo, abro la puerta y salgo. Giro mi cabeza al cielo con la boca abierta y sonriente de placer. Extiendo los brazos inocente, intentando que más gotas azoten mi cuerpo, excitándolo. Siento cómo el frío de las diminutas caricias húmedas se torna cálido mucho más aprisa de lo que creí y se funde con mi cuerpo dándome por fin esa libertad de ser uno con la lluvia y pertenecer tanto a esa primera gota como a la última y siempre saber que lloverá de nuevo. Lloro de alegría y las lágrimas se mezclan con la lluvia como si ese fuera su destino desde el primer momento, como si debiesen perderse entre el resto. Me siento al fin libre de gozar de todas y no sólo de una, de la poligamia del diluvio.

A pesar de todo, la voz de Sara se hace legible pidiéndome desesperada que suba al auto y gritando preguntas que no quiero responder. Su aguda voz no me deja escuchar la lluvia que cae con júbilo y contenta de superar la barrera del parabrisas con una felicidad más grande que la mía. Sara no deja de gritar que por favor suba al auto, que llegaremos tarde y que ya no nos dejarán entrar al cine si estoy todo mojado. Cuando irritada grita logra ser verdaderamente fastidiosa, llegando a producir un chirrido insoportable. Trato de ignorarla con todas mis fuerzas y concentrarme en el placer que siento al recibir la enorme cantidad de caricias juguetonas que repiquetean en mi rostro. Con disimulo trato de ver hacia atrás cuando por fin ella deja de gritar. Sé que a ella tampoco le importa demasiado, los años fueron recorridos y padecidos por los dos. Quizás, después de todo, encontremos en el pesar y la queja del otro eso que tenemos en común. Pero la conozco, sin voltear puedo saber que Sara volvió a su asiento, cruzó sus brazos y miró nuevamente por la ventana opuesta, resignada, esperando que mi locura termine y recobre el sentido común que me caracteriza y define estúpido, aborrecido e invariablemente cobarde. Pero también exigente, demandante de un placer infundado, caprichoso o no merecido quizás. Capricho que me encuentra con los extendidos brazos ya cansados, la mueca burlona forzada y olvidada, un tanto molesto por el golpeteo que me impide abrir los ojos con plenitud, con un poco de frío y consiente de mi inminente hartazgo. De nuevo: hartazgo.

Bajo los brazos y miro al suelo descubriendo las gotas que nunca caen en el mismo lugar pero sí de la misma forma, también monótonas, todas iguales. Recuerdo la primera gota que se desplegaba única y amorosa frente a mí en la pantalla del parabrisas, dentro de un marco definido y controlable, como el amor imposible de la juventud en una pantalla de cine, ese que se dejaba explorar con la mirada hasta el cansancio, ese que terminé conociendo como nunca conocí nada, al que puedo predecir.

Giro y Sara, a diferencia de lo que creí, está todavía inclinada hacia mí con una mano en el volante y la otra al borde de la puerta. Aún tiene, sin notarlo, el cinturón puesto que le impide acercarse más a mí y una mirada rabiosa aunque preocupada a la vez, con su particular belleza que la define única entre todas las mujeres que alguna vez estuvieron conmigo, el peso en su cuerpo que además de cansancio revela una clase de armonía que ahora recuerdo haber notado antes y esa interminable capacidad de comprenderme y darme apoyo luego de una reprimenda.

Mirándola a los ojos río tímido y vuelvo al auto tratando de aparentar que nada grave pasó.


 

Las horas
por Carol Ann Figueroa

 

 

 

 

 

 

 

Cuando salí del Shopping, un olor a tierra húmeda se apoderó de mi respiración y los finos destellos plateados que atravesaban los haces de luz me hicieron pensar que lo que caía del cielo no era otra cosa que delgados alfileres. Los focos de los postes se reflejaban en el húmedo pavimento, y a lo lejos las farolas rojas de los autos brillaban oscuras y luminosas al mismo tiempo. La gente se encorvaba bajo sus paraguas cual si éstos fueran caparazones, y las fachadas de los edificios daban la impresión de ser una acuarela desteñida a punto de desvanecerse.

Algo había cambiado mientras yo permanecía en la sala de cine y sin embargo, todo lucía exactamente igual a como lo había dejado.

Hubiera querido permanecer allí más tiempo, contemplando la enrarecida atmósfera que me rodeaba, pero la fuerza de la realidad me hizo entender que aquella no era la zona más segura de la ciudad, y que la hora marcada por el reloj no era la más indicada para entregarse a la contemplación. Mi novio me abrazó para cruzar la calle juntos, y sólo entonces recordé que no había estado sola en la sala. Su brazo se sentía cálido y pesado, como si se tratara de un abrigo que agradecía tener, pero que desearía poder cambiar por algo más ligero.

Las notas del piano que desde los primeros fotogramas habían guiado el suicidio de Virginia Woolf estaban adheridas a mis pasos, y ahora me conducían bajo un manto de exquisita melancolía que cayó sobre nosotros.

Él pronunció varias frases que fueron arrastradas por el viento antes de llegar a mis oídos, y lo único que recibió de mi parte fue un seco silencio que hirió de muerte su entusiasmo. Exhaló cansado y yo no dije nada, pues temía que la articulación de cualquier pensamiento pudiera destruir el espacio al que la película me había transportado; aquél recodo íntimo que nuestra relación había conseguido enterrar bajo su aterciopelada rutina, y en el cual permanecían guardadas las razones por las que un día cualquiera podía estallar en llanto, poniendo en evidencia que nadie, particularmente el hombre que creía acompañarme, era capaz de encarar ciertos dolores.

Aquél poeta enfermo que había sido un infante huérfano pese a tener a sus padres vivos, ese niño capaz de ver la tragedia oculta tras la serenidad de su madre pero incapaz de entenderla y condenado a padecerla, me estaba hablando a mí. Su enquistado sentimiento de abandono, su agresiva lucidez al momento de marcar la vida de Clarissa Vaughn, y aquella dolorosa certeza de haber fracasado pese a triunfar ante los ojos del mundo, despertaron en anhelos que me había empeñado en enterrar, pero que ahora agradecía descubrir adentro y sentía urgentemente necesarios.

Tres mujeres que al despertar en diferentes ciudades y épocas dudaban del sentido que tendría el día que les esperaba, encarnaban a la mujer que todos los días me entregaba mi reflejo, y cada vez que alguna callaba un grito que se fugaba a través de su mirada, yo sabía lo que ese grito estaba diciendo. En el crujir de las cáscaras de huevo que eran quebradas al compás de una conversación incómoda, yo reconocí el crujir de una grieta que cada día me separaba más de mi pareja.

Cuando las luces de la sala se encendieron, él había dejado de ser parte de mi vida. Tenía claro que tendría que salir del Shopping acompañada por cierta presencia física, pero que la evidencia de su incapacidad para habitar mi vida íntima era irrefutable. No era culpa de nadie, simplemente era un hecho que nos habíamos empeñado en ignorar, y que ahora se presentaba inevitable.

Él intuía que aquél recodo al cual no podía acceder se había materializado durante la película, y quiso confirmar su existencia cuando me abrazó para cruzar la calle. Cuando se percató de que estaba allí, intentó destruir el silencio que nos separaba dejando escapar algunas frases.

Dolía ver sus intentos desesperados por sacarme de lugar al que me había transportado, pues éstos sólo conseguían hacer cada vez más evidente que lo único que él tenía para ofrecer era su compañía, y que eso no era suficiente.

Esa noche, entre todas las noches que pasaríamos juntos, y esa película entre todas las que podíamos haber elegido, se habían conjugado para poner punto final a nuestra historia y cambiar irremediablemente el curso de nuestras vidas.

“Desearía por tu bien que yo pudiera ser feliz con esta quietud” –le dijo Virginia a Leonard Woolf intentando explicarle lo que para ella significaba sentirse viva. Yo recordé aquella frase cuando nuestras miradas se cruzaron al entrar en la casa, luego de que el silencio y la evasión acabaran por ser tan insostenibles, que en mis ojos ya estaba escrito todo lo que tenía que decir.

Nuestra vida era trivial, yo me sentía trivial caminando de su mano. Él lo sabía pero una vez más se resistió a admitirlo por temor a que el dolor lo destrozara. Yo noté su fragilidad y me sentí culpable de antemano por la herida que le podría causar. Propuse compartir un café para borrar las palabras escritas en mis ojos, y continué fingiendo un poco más de tiempo.

Sabíamos que las horas que nos quedaban por pasar juntos, estaban contadas.


 

Encontrarte en la oscuridad
por Florencia Gasparini Rey

 

 

 

 

    

 

 

Dicen que todos estamos a seis grados de separación de cualquier persona del mundo. Probablemente no lo pueda comprobar nunca, pero estoy segura que entre cinéfilos y al menos en esta parte del mundo en la que vivimos, es posible que esta distancia se acorte significativamente, aunque tampoco lo sepamos.

Así es como circulamos de festival en festival, de sala en sala, viendo una y otra vez las mismas caras. Algunos con el tiempo se convierten en amigos, a otros simplemente los vemos, tal vez hasta los saludamos, reconocemos sus rostros pero ni siquiera sabemos sus nombres ni volveremos a verlos en otro lugar que no sea en una sala de cine.

Pero lo que pasó aquella noche no se repitió jamás. Corría la décima edición del BAFICI, exactamente hace tres años. Mi vida era muy distinta por ese entonces, aunque mi pasión por el cine era la misma de siempre.

Sin embargo, desde el principio sentí que esa noche iba a ser particular. Por primera vez mi mamá había insistido para ir al festival, con la excusa de conocer al director de la película –a quien ella admira– y, en el mejor de los casos, poder sacarse una fotografía con él. Para ella, era tan sencillo como eso. Para mí, era una película más de la inmensa lista que hago año tras año para no perderme nada. No tenía mayores expectativas sobre ella, tampoco es que no esperara nada, pero sabía que era un documental sobre una enferma terminal y, honestamente, es difícil entrar a una sala con esa idea. Nadie quiere sufrir, y mucho menos en el cine.

Así y todo, llegué al Abasto, con mis entradas compradas con anticipación, acompañada por una amiga. Nos encontramos con mi mamá y entramos. Pero yo todavía me seguía preguntando por qué estaba ahí, por qué había elegido ver esa película y no otra.

Una vez más, se repitió el ritual: el director presentó la película –mi mamá se entusiasmó porque veía que su objetivo comenzaba a tomar forma–, aplaudimos, se apagaron las luces y empezó la proyección. Hasta que de golpe sucedió lo inesperado. La sala llena de gente, la pantalla negra y la oscuridad total. A lo lejos se escuchaban corridas y voces a través de handies de los encargados del lugar que intentaban controlar la situación. Como nunca antes, en ese momento me invadió el pánico, ¿qué estaba pasando? En silencio me maldije por estar ahí, cuando ni siquiera estaba convencida de hacerlo. Entonces salí de mi butaca y corrí por las escalinatas de la sala hasta la salida, esperando que alguien me explicara la situación. Evidentemente estaba en un estado bastante alterado, porque enseguida los empleados del lugar me dijeron que estaba todo bajo control, que era un apagón generalizado, que pronto se encenderían los generadores del complejo y todo volvería a la normalidad. ¡Hasta el director de la película bromeó conmigo! “No te asustes, es el Quía que no quiere que pasemos la peli”. Me reí un poco nerviosa, pero hasta que la situación no se solucionó no pude volver a mi butaca.

Finalmente se solucionó el inconveniente, la proyección continuó hasta el final y todo ese episodio no fue más que una anécdota de las muchas que me quedan en cada festival. Aunque admito, fue algo traumática. En realidad no quisiera volver a vivir un momento así.

Pasaron los años, pasaron los festivales… y pasaron los hombres por mi vida. Hasta que el destino me cruzó con él. Un cinéfilo apasionado, algo callado pero con unos ojos que dicen más que sus palabras. Y con una sensibilidad conmovedora, escondida en una apariencia misteriosa, de esas personalidades que te desafían, que te cuesta comprender y que a mí, me resultan sumamente seductoras. No sólo nos cruzamos, sino que enredamos nuestros caminos de una forma bastante complicada. Idas y venidas, encuentros y desencuentros, algunos malos entendidos, historias, amistades, y mucho cine compartido entre nosotros.

Y un día esa anécdota del apagón cobró una nueva dimensión. El día que supe que él también había estado ahí.

Desde ese momento entendí por qué todo entre nosotros había sido tan raro desde el principio, tan complejo. Esa noche pasó a convertirse en una señal, una epifanía. ¿Qué habrá sentido él en ese momento? ¿Me hubiera consolado si hubiera notado el miedo que yo sentí? ¿Hubiera yo sentido ese miedo si hubiera sabido que él estaba? ¿Cuántas cosas hubieran sido distintas si en ese momento nos hubiéramos encontrado?

A veces pienso que el destino es bastante tirano. Habiendo estado tan cerca de él esa noche, ¿por qué nos alejó tanto? Con lo mucho que me costó encontrarlo después… Con lo mucho que sufrí mientras inconscientemente seguía buscándolo... Y lo mucho que sufrí habiéndolo encontrado en el momento equivocado.

Nos encontramos en la oscuridad y no nos vimos. Y así seguimos desde el día que nos descubrimos. Sólo vimos la luz cada vez que nuestras miradas se encontraron. Pero esos instantes fueron fugaces, y siempre volvimos a la oscuridad.

Y desde entonces lo sigo buscando. Cada noche antes de dormir, en la oscuridad de mi habitación, vuelvo a encontrar sus ojos rondando mi mente. Cada vez que el miedo me invade, pienso en su mirada y me ilumino. Aunque inmediatamente vuelva a esas tinieblas que siempre nos rodearon.

Nuestro pasado fue incierto, nuestro presente, fugaz, y nuestro futuro, un enigma. Pero nunca voy a perder la esperanza de que en la oscuridad de una sala me encuentre él a mí. Y en la oscuridad de su alma, su mirada encendida encuentre la mía y ahí se quede para siempre.


 

¿Dónde está mi amigo?
por Federico Godfrid

 

 

 

 

 

 

 

Muchas imágenes se desprenden de mi recuerdo de esa noche de noviembre, como una mamuschka infinita que incluye desde mi niñez, viendo la película en la tele un sábado en familia, hasta imaginar un evento que iríamos hacer seis meses después de la experiencia convocada por el siguiente relato, con mis amigos presentes en esta memorable aventura.

Recuerdo que hacía calor, no era una noche ni para ravioles ni para puchero. La cola para entrar era inmensa y la versión a cappella de Barrilito de cerveza era acompañada por las palmas de cientos que, como nosotros, clamaban ansiosamente por acceder a la sala. Habíamos estado esperando este momento desde el inicio del festival de Mar del Plata. Era “El Evento” del festival y aunque teníamos mesa para cuatro, finalmente “el cuarto Beatle” decidió abandonarnos por una de Godard. “¡No entiende nada!”, nos dijimos.

¡Entramos! Corridas y amontonamiento, parecido al que se suscita cuando se abren las puertas del estadio en el que tendrá lugar el recital de una mega banda de rock. Con la platea abarrotada de gente pero con la experiencia de muchos festivales a nuestro favor logramos gambetear y ubicarnos en los pequeños “palcos” que tiene el Teatro Colón, accediendo a una vista central privilegiada. Todo era alboroto, todo era arengue, y la sala más que de espectadores explotaba de hinchas. Todo estaba listo para una noche mágica.

De pronto se encendieron las luces del escenario y algunos de los máximos artífices del legendario equipo subían para volver a jugar el partido 25 años después. Pablo, Pato y yo, emocionados y movilizados, aplaudíamos de pie y estoy seguro que también se nos escapó algún chiflido. Todo era exaltación, pasión, estaba por empezar un clásico de la envergadura de un Boca-River, pero esta vez, en vez de pelota, era un rollo de celuloide lo que en instantes empezaría a rodar.

“-Yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles... qué país”; “-¡¿Qué hizo con mi mayonesa?! –Flancitos... vos la oíste Jorge, ¿iba o no iba a hacer flancitos?”; “-¿Cuando me van a traer a la nena? –Mañana. -No, mañana no, el martes... ¡no! El martes tampoco, el miércoles... el miércoles te telefoneo y arreglamos”; “-Bueno, pero la tuya es una pobreza Ddddigna”; “¡Son los zapatos de mamá!”; “-Qué miseria che, qué misera. ¿Sabés lo que tenían para comer? –¡Empanadas! -¡Tres! Me partieron el alma”; “-¿A dónde está mi amiga? ¿A dónde está mi amiga? ¿Pero a dónde está mi amiga?”.

Y mientras se sucedían una a una las imágenes sobre la pantalla de aquel cine, nosotros, en comunión con el resto del público, como si se tratase de una-de-esas-canciones-que-sepamos-todos, repetíamos estas líneas al unísono y a los gritos, haciendo estremecer a la sala, tapando inclusive el sonido original de la película que en vano trataba de expresarse a través de los parlantes, porque todos los allí presentes estábamos ante una experiencia única e intransferible, sólo para los iniciados al ritual que, llegando a su fin, profesa aquella maravillosa frase acompañada de una risa en solitario: “…de nosotros, de todos nosotros me río”.

Luego, con los viejos corriendo por la calle al son de “tengo una vaca lechera (…) tolón, tolón”, la euforia y las exclamaciones exacerbadas que acompañaron a toda la proyección devinieron en el más profundo y sentido de los silencios. Los seis ojos que estábamos en ese “palco” comenzamos a lagrimear, sosteniendo junto al resto de la comunidad un respetuoso mutismo hasta que finalmente, una a una las luces de la sala volvían a encenderse, y entonces sí, la emoción se transformó en catarsis y la sala comenzó a aplaudir, a gritar, a chiflar. Nos abrazamos los tres, hermanados y afónicos de alegría. En ese momento, desde el “palco” de al lado, completamente anonadado, un periodista colombiano que habíamos conocido durante el festival nos pregunta: “¿A qué se debe esta reacción del público? ¿Qué sucede con esta película?”. “Intransferible, no busques respuestas”, le dijo Pablo. Improvisamos una sonrisa, nos miramos cómplices y nos perdimos los tres en algún barrilito de cerveza en algún bar marplatense.

Entrada la noche nos encontramos con el resto de los chicos, pero nosotros ya éramos parte del mito.


 

Eisenstein en invierno (Una aparición)
por Lucas Granero

 

 

 

 

 

 

 

Ese año, J. se dejó ver más bien poco. Tenía esas cosas: de repente la veías muy seguido y de repente se esfumaba, como si todas las cosas que habías compartido con ella en realidad no habían sido más que reuniones esporádicas con un fantasma. Su forma de comunicación, sus comportamientos, todos sus actos, todas sus proezas, todas sus historias... Estar con ella era estar con una persona de los márgenes, con un pie en este mundo y todo el resto de su cuerpo en otro, uno incierto, enigmático. Indecisa pero siempre segura, quebrada pero siempre firme, cansina y a la vez activa, las cosas para ella no se buscaban, sino que llegaban indefectiblemente. Por eso, los momentos con ella tenían una cierta magia indescriptible, como si de repente todo dependiera de sus actos. Momentáneamente manejaba los hilos del mundo y todo se suspendía. Nunca supe cómo lo hacía, cómo respondía tan elegante e irresponsablemente a semejante tarea. Por todo eso, J. siempre fue la persona más cinematográfica que conocí: invisible, impenetrable, lejana pero siempre ahí, embrujándome desde las sombras.

Decía que ese año J. se dejó ver más bien poco. Yo la vi una vez nada más. Y en un cine, por lo que cualquier grado de extrañeza o encanto ya de por sí se veía maximizado a límites impensables. “¿Qué hace J. en un cine?” fue la primera pregunta que indefectiblemente me hice a mí mismo. La segunda cosa que pensé fue más bien una negación producida por la duda, algo como "es imposible que esa sea J., debe ser alguien que se le parece mucho". Pero cuando se dió vuelta, toda duda se esfumó por completo. Ahí estaba, era ella.  Abrió la puerta del hall del Teatro San Marín como si el viento la hubiese empujado por accidente. Mi sorpresa fue contrarrestada por su falta total de emoción al verme: me saludó como si nos hubiéramos visto ayer. Por un instante pensé en la posibilidad de que no me reconociera y que su estadía en ese lugar fuera toda una confusión. Pero no: sabía quien era y sabía exactamente qué es lo que venía a hacer ahí. “Una película de Eisenstein” dijo y en ese mismísimo instante entré en una dimensión desconocida.

En el ascensor hacia el decimo piso, me fue contando algunas de las claves para armar el rompecabezas en el que se había convertido el contexto. Que estaba saliendo con un pibe que estudiaba en Púan, que lo conoció porque ella estaba yendo de oyente a algunas materias de Artes Combinadas, pero que no le interesaba nada, que estaba viviendo por Caballito, que estaba viendo si se mudaba con este pibe o no en los próximos días, que estaba cansada, que ayer no había dormido nada, que el cine estaba bueno para dormir pero “tengo miedo que este pibe se enoje porque me duermo viendo la película”, que “no sé quién es el director pero en la facultad nos dijeron que vengamos y el pibe este me insistió y acá estoy”. Cuando finalmente llegamos al decimo piso, J. se sacó la bufanda del cuello y dijo que todavía no entraba, que tenía que esperar a que llegue su amigo, “pero vos entra, y nos vemos a la salida. Si me siento al lado tuyo me vas a odiar y no soportaría que me odien dos personas al mismo tiempo, por el mismo motivo”. Y ahí nomas prendió un cigarrillo.

Sentado en una de las últimas butacas comencé a pensar que la película, aún sin haber empezado, había pasado evidentemente a un segundo plano. Encontrarme a J. en la Lugones era algo que jamás se me habría ocurrido. Una situación realizable sólo en los sueños más radicales, más furiosamente extraños. J., aún siendo el personaje que era, no tenía relación alguna con el cine, de hecho, su estadía en este lugar tenía más que ver con el amor que con el cine, más con dormir que con pensar, más con pasar un momento con alguien que enfrentarse a una obra de un director ruso cuyas películas lejos están de ser las más accesibles.

Una vez más J. había dado vuelta el panorama: pasé de estar en un territorio que conocía ha entrar subrepticiamente al de ella, siempre inquieto, agitado. Entraron a los diez minutos de película y desde ahí en adelante ya no recuerdo más nada de lo que salía de la pantalla. El pibe en cuestión era alto, altísimo. La persona ubicada detrás de él tuvo que correrse hacia otra butaca para poder continuar viendo la película, cosa que me vino perfecto, porque ahora tenía todo el panorama liberado para observar hasta los más mínimos detalles de esta otra película que se estaba desarrollando dentro de la sala.

Pero lo cierto es que a J. casi no la veía. Demasiado enterrada en su butaca, sólo la vislumbraba en los breves momentos en los que se acomodaba, en lo que suponía una lucha fatigosa frente al sueño. A su amigo la película parecía interesarle, se lo notaba concentrado. Hubo un momento en el que la falta de una actividad del todo interesante en el acto del dúo hizo que vuelva hacia la película. Y de alguna manera logré poner toda mi atención en la misma porque no fue sino media hora después cuando finalmente llegó a su punto de giro la película de J. y su amigo. 

El acomodador de la sala entró junto con una señora y comenzó a iluminar al dúo con la tenue luz de su linterna. No se escuchaba lo que el hombre les decía, pero parecía que se trataba de una discusión silenciosa, respetuosa con el cine. El amigo alto de J. se levanta y comienza a hablar a un costado con el acomodador. La señora vuelve a sentarse. J. directamente ni se mueve. Pero yo la observo cuidadosamente, porque estaba seguro de que si algo había ocurrido, fuese lo que fuese, ella había tenido que ver.

Lo que sucedió después superó a cualquier ficción.

El acomodador y el amigo de J. entraron junto con un policía. La película no fue detenida, sino que siguió proyectándose, aunque todos los espectadores ahora estaban mirando lo que hasta hace unos momentos era mi propia película privada. Lo que nadie sabía era que esa película estaba por finalizar. El policía sacó de la sala a J. y a su amigo. Hubo un poco más de revuelo en la sala, pero inmediatamente todo se calmó y los ojos volvieron a reposarse en la proyección. Para todos los demás espectadores de la sala, eso había sido un inconveniente molesto, una mosca que había que sacar de la casa y, una vez afuera, el orden volvía a lo establecido. Pero a mí ese final no me convencía.  Había un momento, una acción que se me había escapado y necesitaba recuperarla. El resto de la película no me interesó nada. Pero cuando finalmente se prendieron las luces, comencé a entusiasmarme.

Esperé que todos los espectadores salgan de la sala y me acerqué hasta el lugar del crimen, las butacas que J. y su amigo habían estado ocupando. Me decepcioné mucho al observar que no había nada raro en ellas. Pero cuando comencé a prestar atención en las butacas aledañas, la revelación apareció: en un acto completamente arrebatado, las tres butacas siguientes a la de J. estaban tajeadas, rasguñadas en un acto de vandalismo digno de ser entendido como un happening ocurrido en la oscuridad, en el silencio compartido que nos hizo a todos los que estábamos ahí cómplices del atentado.

La herramienta con la que había operado J. fue un cutter, y los rastros que había compuesto en las butacas estaban curiosamente proporcionados. Eran tres en el respaldo y tres más en la parte de abajo. Los toqué, como tratando de que un tercer sentido logre comprender la razón de este acto.

Obviamente no llegué a ninguna conclusión, pero ahora pienso que quizás lo que J. hizo fue querer copiar en forma física, palpable, algo de lo que Eisenstein había hecho con los fotogramas de su película. Tajear, romper, resignificar, encontrar el sentido en el corte. Pero probablemente sólo estaba aburrida y con un elemento entretenido a mano. Más allá de todo eso, J. había estado ahí y su marca quedó plasmada como una firma, como una mano en el cemento fresco de mi memoria cinéfila.


 

Aquella pesadilla contigo
por Daniel Grilli

 

 

 

 

 

 

 

1998… casi fin de siglo… la gran película espectacular para todos los gustos… Titanic… La sala de cine, necesaria para poder contener tamaña experiencia vicaria, debía poseer todos los requisitos que la pudiesen emparentar a un transatlántico: espaciosa; cómoda; cóncava; con dos niveles (arriba, en la platea, cerca del cielo estrellado: la primera clase. Abajo, en la planta baja, al borde del nivel del mar: la clase plebeya); una total oscuridad alrededor del tragaluz rectangular que guiaba a la sala en su viaje frío, nocturno y solitario; y último pero no menos importante… muchos pero muchos pasajeros-espectadores (total, si nos íbamos a hundir todos en ese futuro fin de siglo, que fuese con imágenes en movimiento que pudiésemos recordar mutuamente).        

Y ahí estaba, cual Di Caprio polizón, buscando una cómoda butaca en la platea salvadora, aunque repleta, de la primera clase. Me arrimo a una, en el medio de la sala, visión magnífica, sin cabezas molestas y cortantes delante de mí por la diferencia de niveles entre filas. Un lujo. Solamente una pareja algo mayor a mi derecha, perdón, a estribor. Ya no me quedaba más que apoyar plácidamente la cabeza y sentir que “el naufragar me es dulce en este mar”.

¡Cómo me equivoqué! Bien en el medio del viaje inaugural, durante alguna de las escenas descriptivas de la vida a bordo, mi acompañante de la derecha empieza a comunicarse con su esposa con un cierto y sospechoso afán didáctico: “Ahí, donde están paseando, es la popa: la parte trasera del barco…”. Y minutos después: “Y ahora, donde la pareja se abraza, tomados del mástil, estamos en la proa, la parte delantera…”. “Bueno” –me digo a mí mismo– “siempre viene bien un dato técnico para contextualizar un momento narrativo, anclar (¡anclar…!) la información, y continuar con la historia”. De hecho, la mujer se mantenía callada y, creo, sólo asentía con la cabeza, cosa que en cierta forma me daba la razón. Al poco rato, el hombre vuelve a la carga: “Este va a ser el primer y último viaje del Titanic…”. Y al rato: “Perdieron la vida miles de personas…”.

A esta altura, agobiado por el murmullo que ni los sordos sonidos de metal del barco podían disimular, ensayé mi mejor ¡Shhh! Ante lo cual, el experimentado capitán de fragata, respondió: “¡Tengo todo el derecho de hablarle a mi mujer!”. Ante lo cual reclamé inútilmente: “Pero no de molestarme con su voz”. A partir de lo cual, cada diez minutos, todos los pasajeros que merodeábamos las butacas cercanas al capitán, nos vimos inundados por una seguidilla de comentarios básicos, imposibilitados a su vez de evitar nuestro destino (por falta de butacas libres y, quizás, de coraje).

Pero el momento de la derrota final y el consiguiente hundimiento del sagrado pacto entre película y espectador, que se da cuando se produce una violación a la intimidad con las imágenes, se dio cuando, en la escena posterior al choque con el iceberg, mi querido almirante proclamó: “¡Y ahora van a empezar a subir a los botes… que lamentablemente no son suficientes!”.

¡Ya todo se había acabado! A pesar de que aún faltaba que el Titanic desapareciese de la superficie, que a Di Caprio se lo tragase el océano, y que los efectos especiales fundieran imágenes documentales con la fantasía de los personajes principales en el último adiós, mi ensueño se había quebrado definitivamente.

Al encenderse las luces al final de la función, y antes de que pueda dirigirle a mi vecino circunstancial algo así como mi cara de mayor odio posible, la realidad me dio la estocada final. Al levantarse de su butaca junto a su mujer, este destructor de ilusiones se dio vuelta hacia mi lado y dijo: “Tenía razón. Le pido disculpas si lo molesté”. Acto seguido él y su silenciosa pero cómplice esposa se retiraron del lado opuesto al mío (siempre por estribor), y desaparecieron llevándose mi desarmada ira.

Pero a pesar de la perplejidad que dejó en mí este desenlace, al final pude sacar en limpio una moraleja que atesoro desde aquella desafortunada vez: no hay iceberg que pueda hacer naufragar una semilla bien sembrada en el ánimo de la gente.

Hoy, después de tanto tiempo transcurrido, sólo espero dos cosas: por un lado, que mi vecino haya también atesorado con el tiempo esta experiencia, y que no haya vuelto a importunar a su ocasional vecino de butaca. Y, por otro lado, no tener la mala suerte de cruzármelo  nuevamente cuando vuelva a ver Titanic en 3D. Por la dudas, esta vez llevaré conmigo un ancla tridimensional, que me prestó mi amigo Luis, ex cadete de la Armada. Y encima oxidada.


 

La cita
por Hernán Guerschuny

 

 

 

 

 

 

 

Zapatos violeta y pantalón del mismo color. Campera rojo furioso y una bufanda rosa que envolvía su cuello con un nudo ancho. Así decidió vestirse esa tarde. Porque era ella quien decidía cómo vestirse. Me pidió que le abriera las puertas de los estantes empotrados en la pared y haciendo un frágil equilibrio sobre el respaldo de la cama, se dispuso a seleccionar cada prenda. Desechaba con seguridad. Apartó aquellas que tenían chances de llegar a la final y las dejó caer desde la altura. Una vez con las ropas desplegadas sobre el edredón, empezó a observarlas. Sus pupilas iniciaron un vaivén de varios segundos. Un tenue movimiento de su rostro –tan blanco que parecía volverse transparente– hizo mover también sus rulos rubios casi oro. Esa fue la señal. La elección de cómo luciría esa tarde en la que iría al cine por primera vez en su vida estuvo hecha.

La película, sin embargo, era una elección mía. Me tomó varias semanas. Tenía que ser ágil, lo suficiente como para que no se aburriera en pocos minutos. Tenía que tener personajes inofensivos, los necesarios como para que no se asustara y la experiencia se convirtiera en un trauma que la persiguiera por el resto de su existencia. O al menos por muchos años, hasta que un púber la invitase a un cine, accediendo, sólo por vergüenza al rechazo, curándose con terapia de ultrashock.

El asunto empezó a obsesionarme. Revisaba la grilla con los estrenos de las próximas semanas. Leía las sinopsis y miraba los trailers. Miyazaki estaba descartado: si a mí, con más de tres décadas encima, me había invadido el sueño tres noches seguidas no quería imaginar lo que haría con la inocencia de mi hija. Pensé que la solución era un clásico de Disney. El viejo, en definitiva, se había consagrado justamente por lograr esa síntesis. Pero no. Era muy obvio. Me daba cierto pudor reconocerlo, pero yo quería que esa primera vez fuese, además, memorable. Que fuera un debut a la altura de la circunstancias. “No hay segunda oportunidad para una primera impresión”: una frase hecha que me perseguía día tras día. Imaginaba todas las veces que le preguntarían por la primera vez que fue al cine. Qué película vio. Qué recuerda de ella. Cuánto la marcó. Y yo, en esos días de invierno, tenía en mis manos la responsabilidad de establecer esa respuesta.

Faltaban cuarenta y ocho horas para que terminara su primer cuatrimestre en una institución educativa. La sala de dos, “Pulpitos con Patines”, estaba por culminar y conforme a ello ascendía la psicosis de los padres por definir esos quince días en que los niños volvían al hogar a pasar horas y horas, desde la mañana a la noche, sin pausas y con necesidad de tener actividades, tareas, consignas.

La hora señalada había llegado. La vi bajar por la escalera con la bufanda ya puesta y la mochila con forma de búho. Puse mi expresión de tener todo controlado. Subimos al auto y empecé a manejar. El “¿falta mucho pá?” no tardó en llegar. Lo preocupante era que no sabía la respuesta. Entonces, mientras la miraba comerse las uñas por el espejo retrovisor, pensé que las grandes dediciones de la vida como padre se improvisan. Puse cuarta y tomé por la Avenida Corrientes. Empezó a llover. El barrio de Almagro pasó a mi derecha. Unas cuadras más adelante el Abasto. Los niños brotaban desde abajo de la acera. Los padres corrían con sus paraguas. Formaban remolinos. “¿Ya llegamos papi?” En el semáforo de Avenida Pueyrredón bajé la cabeza resignado. Y ahí lo vi. Un folleto arrugado, casi ilegible, se podía ver por debajo de algunas monedas, tickets de estacionamiento y envoltorios de caramelos. Lo abrí cuidadosamente. El sol salió y lo iluminó. Puse primera, el auto derrapó un poco. Doblé a la derecha, hice tres cuadras y una a la izquierda. Estacionamos. Corrimos bajo la lluvia. Ella pisaba los charcos a propósito. Entramos al Cineclub La Linterna Mágica. La función había empezado. Al ímpetu que llevábamos lo detuvo la oscuridad de la sala. Ella se puso muy seria y me pidió que la alzara, pero nunca sacó los ojos de la pantalla. El hombrecito con sombrero de copa corta y bastón hacía su gracia. Caminaba, se caía. Se comía un zapato. Sofía se río. Chaplin nunca te falla.


 

Sigue en Cuentos de Película: Aquella película contigo (Parte 4) 

 

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