La representación de la sexualidad atraviesa muchas obras de la producción cinematográfica. No importa cuál sea el género, el argumento o la motivación de los personajes, siempre hay una historia de amor que corre paralelamente al conflicto principal del film. El beso del final muchas veces es la metáfora de la relación sexual que van a tener los personajes, no los actores, fuera de campo.
Cuando el sexo está presente en la pantalla, depende de su intensidad, de lo fogoso y de lo explícito de su actuación, para que se lo clasifique como triple X… como sólo para adultos… y su exhibición pueda llegar a ser condicionada. Siempre hubo sexo en el cine de ficción, sin embargo, aún sigue abierta la polémica de los límites entre erotismo y pornografía.
Se dice del cine pornográfico… que es amoral, que no tiene argumento, que repite una y otra vez sus secuencias, que tiene tramas inconexas o que sus guiones son débiles y algo alejados de la realidad. Se dice que sus caracterizaciones son estereotipadas, que sólo muestra monótonamente escenas de coito al ritmo del tema musical de fondo, con un último acto descomunal para levantar el clímax del film.
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Garganta profunda (Deep throat, 1972, Gerard Damiano) |
Se dice que exagera el deseo, el tamaño de los genitales y la energía sexual. Entre otras cosas, se dice que es vulgar, que trata a las mujeres como objetos y que hace parecer al acto de amor de la cópula en un acto animal instintivo sin afecto y sin emociones.
Se dice que al espectador del cine porno le da lo mismo cualquiera sea el set donde el mismo esté realizado. No importa si la escena está filmada en un colegio de señoritas que juegan con la ensalada de pepinos de sus profesores; o en una oficina cualquiera donde el jefe le da su merecido a la secretaria por no haber desempeñado bien su trabajo; o si la producción gastó un poco más y filmó en una playa exótica a fascinantes odaliscas que son violadas por saqueadores del harem. Se dice que al espectador de este tipo de género audiovisual sólo le interesa curiosear las fantasías de otros, observarlos, sin ser visto. Como diría Christian Metz(2), el espectador de cine es un mero voyeur que espía en la sala oscura y se identifica con el personaje haciéndose su propia película. No importa si en la pantalla se proyectan empleados que salen de una fábrica o si en la misma festejan alguna ocasión especial con una orgía.
Se dice que el cine pornográfico no se preocupa por la calidad artística, al contrario del cine erótico. Este último tiene por eje el deseo y sugiere en vez de mostrar abiertamente, como por ejemplo en La lección de piano (The piano, 1993, Jane Campion). Dentro de estas películas, encontramos en un tono más subido las celebradas Nueve semanas y media (Nine 1/2 weeks, 1986, Adrian Lyne) o Bajos instintos (Basic instinct, 1992, Paul Verhoeven).
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Bajos instintos (Basic instinct, 1992, Paul Verhoeven) |
Es así como, la ya consagrada joya del cine erótico, Bella de día (Belle de Jour, 1967) dirigida por Luis Buñuel y protagonizada por Catherine Deneuve, juega entre lo que se muestra y lo que se deja libre a la imaginación del espectador. Allí, se representa la doble vida de un ama de casa de clase media acomodada, quien es incapaz de satisfacerse con su marido pero que concreta sus ensueños sadomasoquistas trabajando de prostituta en un burdel durante las tardes. El film hace eco del proceso de liberación femenina, que surge con fuerza luego de haber tenido un rol activo en la sociedad durante las guerras mundiales, rehusándose a volver a confinarse en el hogar. Por otro lado, Lucía y el sexo (2001, Julio Medem) retrata a una chica que se deja llevar, se mueve en un sensual baile erótico y vive libremente las fantasías que le abre la trama bajo un Sol mediterráneo. Lucía ya no sabe si sus vivencias son reales o imaginadas, reflejando así la problemática contemporánea donde la sociedad ya no puede discernir entre lo que es una representación y la realidad. Una sociedad donde los signos dominan y hasta reemplazan lo real, un fenómeno bautizado por el filósofo Jean Baudrillard(3) bajo el nombre de “simulacro”. Una sociedad que simula lo que ya no tiene, como Lucía.
Pero estos films bastante lejos están de las películas porno que centran su acción en lo explícito del sexo, sin simular las escenas que se ven en la pantalla. El plano sobredimensionado que representa a la cópula se ve desde un punto de vista ajeno al de la experiencia real. Así lo deja claro Raymond Lefevre, subrayando que el porno no ha alcanzado aún su edad de oro… Los dichos y entre dichos serán muchos. Sin embargo, todos coinciden que no existe el cine pornográfico sin eyaculación.
Según la Enciclopedia Británica, la pornografía es la “representación de la conducta erótica en libros, películas, estatuas, fotografías que tienen como objetivo provocar excitación sexual”. En algunas épocas fue enaltecida, mientras que en otras se limitó a dictaminar lo que era amoral y prohibido para el uso de las buenas costumbres. “La palabra pornografía deriva del griego porni (prostituta) y graphein (escribir) y definía originalmente a cualquier obra de arte o de literatura que describiese la vida de las prostitutas. También agrega que el vocablo pornografía define “la representación explícita de la actividad sexual humana, en todas sus variantes, desde la cópula heterosexual, hasta las múltiples manifestaciones de la fantasía en torno a la sexualidad”.
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Belle de Jour (1967, Luis Buñuel) |
La historia de las representaciones de esta actividad humana de plus reproductivo ha empezado antes que los griegos la definieran de esta manera. Se pueden encontrar imágenes de coito humano en distintas (por no decir todas) las civilizaciones primitivas. Un ejemplo son las piedras de la gruta francesa de Combarelles, que datan de unos cuarenta mil años de edad.
Sin embargo, una de las primeras evidencias claras de pornografía en la cultura occidental tiene connotaciones religiosas: son las canciones que los antiguos griegos dedicaban al Dios Dioniso en las bacanales. Encontramos también el culto a Príapo en gran parte de los dibujos de la ciudad de Pompeya en el primer siglo A.C. Por otra parte, los grafittis conservados y las señales de prostíbulos (un falo erecto dibujado, por ejemplo) en las calles de la misma ciudad nos hablan de una prolífica vida sexual.
Recién a partir del siglo XVII, pornografía y censura comenzaron a cohabitar. Hasta entonces las sociedades occidentales habían estado más preocupadas por la blasfemia que por la obscenidad. Es en las primeras décadas del siglo XVIII cuando un historiador ya clásico, Edward Gibbon(4), señala a la vida sexual desenfrenada de los antiguos como la culpable de la caída y la decadencia del Imperio Romano.
La pornografía nos dice mucho acerca de las sociedades en las cuales se produce. Sin ir más lejos, la pornografía florece en la época victoriana a pesar o quizás por todos los tabúes que prevalecían en los tópicos sexuales. En 1834, una investigación en Londres establece la presencia de más de cincuenta y siete negocios pornográficos en Holywell Street solamente. Una obra notable de la pornografía victoriana es la autobiografía anónima My secret life (1890) que constituye a la vez una crónica social de los bajos fondos de una sociedad puritana y el minucioso y detallado recuento de la vida de un caballero inglés que persigue gratificación sexual.
Por esa misma época -1895- se producían las primeras proyecciones públicas del Cinematógrafo. No es muy difícil imaginar que inmediatamente habría mujeres desnudas posando para la cámara. Ya un año más tarde, en 1896, en el catálogo de la Pathé se encontraban los títulos de cortos eróticos cuya protagonista se mostraba en camisón. Así, le siguieron películas dónde jóvenes mujeres realizaban un seductor strip-tease y otras donde se empezaron a mostrar explícitamente la acción sexual. Curiosamente Dave Thompson estima que unos de los primeros lugares de producción de estos films en los albores del siglo XX fueron los burdeles de Buenos Aires. Ningún teórico puede precisar la fecha del primer film porno, sin embargo, para 1910 encontramos películas (stag movies) que contribuyeron a afianzar el imaginario o las convenciones que aún hoy existen en los films del género. Primero una chica se da placer masturbándose, para luego seguir con relaciones sexuales en las más diversas posiciones, y siempre mostrando en primerísimos planos los genitales y la constante penetración. Con estas imágenes se expandió en la época del cine mudo siendo exhibido principalmente en las casas de citas.
Sin embargo, el cine pornográfico recorrió el camino de ilegalidad en sus comienzos, producido clandestinamente tanto en Europa como en los Estados Unidos. Fue en los países escandinavos donde se atrevieron a realizar los primeros cortometrajes en color del género que mostraban el acto sexual sin tapujos. A mediados de los '60, Copenhague era considerada la capital de la pornografía y sus breves stag movies empezaron a dar paso a la realización del hoy famoso largometraje condicionado sólo para adultos. Recién en los años '70 el porno irrumpió masivamente, y ya sin trabas legales se convirtió netamente en una actividad industrial.
Garganta profunda (Deep throat, 1972) fue el primer hito de la industria del hard core, producida y dirigida por Gerard Damiano, y protagonizada por Linda Lovelace. Este film tuvo una gran resonancia a nivel mundial. Llegó a la portada de la revista Times, cuando al destaparse el caso Watergate(5) se descubrió que llamaban garganta profunda al confidente principal de Bob Woodward y Carl Bernstein. A su vez, la película era una comedia mediocre, pero cargada de humor, donde un médico encuentra que su paciente tiene una malformación congénita que le provocaba la falta de satisfacción cuando hacía el amor: ella tiene el clítoris en la garganta.
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Emmanuelle (1974, Just Jaeckin) |
En 1974 se estrena otro film que hará furor en la taquilla, se trata de Emmanuelle, del director francés Just Jaeckin. El film retrata a una modelo que descubre los placeres del sexo más allá de los tabúes junto a su esposo (muchos años mayor que ella) en un paisaje exótico, como lo es Bangkok. Este film y sus dos secuelas de los años ‘70 se basan en el libro autobiográfico de Emmanuelle Azan, y su protagonista Sylvia Kristel ha “ratoneado” a toda una generación, convirtiéndose Emmanuelle en la referencia obligada del porno soft, que se refiere a la pornografía en donde hay sexo pero nunca se ven los genitales o la penetración. Un director que es cita obligada cuando se habla de este tipo de realizaciones es el italiano Tinto Brass, cuyo título más recordado es Calígula (Caligola, 1979). En sus obras ha cultivado el erotismo, un esteticismo provocador y una concepción de la mujer un tanto vulgar. Sin embargo, según sus dichos “la mujer no es el objeto, sino el sujeto del deseo”.
A partir de ese momento surgen decenas de directores que empezaron a retratar ese universo lleno de placer, gozo y perversión que puede dar el sexo, como Lasse Braun o los hermanos Mitchell. Lo que trajo aparejado el nacimiento de muchas estrellas que erigieron el Star System del género. Se puede mencionar el nombre no sólo de Linda Lovelace o Sylvia Kristel, sino también a John Holmes, Annie Sprinkle, Ron Jeremy, Marilyn Chambers, Jamie Gillis, Anette Haven y Veronica Hart. Míticas estrellas del rubro como Nikki Wilde, Jenna Jameson, Tania Russof, Tabatha Cash, Barbara Doll o Sarah Young, la Cicciolina o el meritorio y tan popular Rocco Sifredi. Es curioso el caso de algunos actores masculinos que no sólo son escogidos por sus obvios atributos físicos, como el destacado John Holmes, a quien llaman “Mr. 35 cm”; o como el caso de John Wayne Bobbit, que se convirtió en pornostar famoso después que su mujer, en un ataque de celos e ira, le cortara el pene.
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Calígula (Caligola, 1979, Tinto Brass) |
A su vez, críticos, periodistas, fotógrafos y editores -como Larry Flint- contribuyeron a que esta industria vaya tomando preponderancia y solidez económica a lo largo de las últimas décadas. Ya que entorno de las películas existen un gran número de publicaciones, festivales, programas, etc., que publicitan a sus estrellas y productos audiovisuales, dejando sumas millonarias en sus recaudaciones, consolidando este mundillo donde la satisfacción de las fantasías más viscerales es la que se lleva todos los premios.
Hoy en día, el cine pornográfico es una de las ramas más lucrativas de la industria, contribuyendo en gran medida el advenimiento del video e Internet. Con el video se abarataron los costos de producción aumentando el número de obras pornográficas que se realizan por año. Además, el video hogareño contribuyó a llegar a un mayor número de consumidores. Así mismo, el desarrollo de la tecnología dio paso a toda una nueva generación de productores y comerciantes donde Internet les ayudó a ir más allá de los límites del negocio: ya no participan únicamente las “estrellas” del rubro sino también se amplia al usuario común, donde “gente real” se muestra al mundo satisfaciendo su placer sexual en pequeños archivos de la red. Cada vez son más los videos de porno casero que se suben a la web. Parejas que directamente, sin pasar por la industria del género, comparten su intimidad, se exhiben en todo momento ante el público anónimo. Incluso en la televisión, circulan cada vez con más frecuencia discursos sobre las distintas técnicas amatorias. La escenificación del coito pasa por una ciencia esquemática, de instrucciones a seguir, que no hacen más que adoctrinar a la audiencia sobre cuál debe ser el placer de su propio cuerpo. En la misma sintonía, un poco inspirados en el boom de los reality-shows, muchos productores del género realizaron películas cuyos protagonistas son gente común, a la que se la retrata excitándose en su vida cotidiana.
En este sentido, una crítica a esta sociedad fetichista sedienta de experiencias auténticas se encuentra en el film La nube errante (Tian bian yi duo yun, 2005, Tsai Ming-Liang), también conocida como El sabor de la sandía. En ella se retrata a un actor porno que usa su cuerpo como un autómata en su trabajo, pero al que le dificulta relacionar en su vida cotidiana. La película incluye escenas de sexo explícito y situaciones bastante provocadoras donde la alienación sexual conlleva a una insoportable soledad.
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El sabor de la sandía (Tian bian yi duo yun, 2005, Tsai Ming-Liang) |
Baudrillard ha denominado a esta época de cambio de siglo como la era de la obscenidad, donde nada queda sin ser exhibido, donde las imágenes acaparan toda la atención y se muestra hasta el más mínimo detalle que provoca fascinación. Sin embargo, para Baudrillard, tanta visibilidad atrofia la imaginación. Así, encontramos una y otra vez realizaciones audiovisuales que retratan al acto sexual siguiendo el mismo modelo, copiando la misma fórmula, la misma trama, la misma puesta en escena, sin apelar a la ilusión que provoca el no ser tan redundantes en lo representado.
No importa si el soporte de la imagen es una caverna en Francia, la frase de un libro, el celuloide de los años 20 o un video juego de realidad virtual donde el espectador participa de una fantasía programada: siempre aparecerá la persistente necesidad de poner en escena la sexualidad; ya sea para admirarla, espiarla, observarla, disfrutarla o simplemente babearse en la fascinación que provoca esta representación de la naturaleza humana.
Asimismo, como hay literatura pornográfica que ha alcanzado el status de clásica, cítese El arte de amar de Ovidio, El satiricón de Petronio, Decamerón de Giovanni Bocaccio, Diálogo de cortesanas de Pietro Aretino, Las mil y una noches, y avanzado el siglo XX, Las mil y una vergas de Guillaume Apollinaire, El libro blanco de Jean Cocteau, entre muchas otras. En esta perspectiva, no podemos olvidar el material subversivo que incorpora el material pornográfico al situarse en el lugar de los placeres prohibidos por las sociedades normalizadoras. Quizás, cuando la crítica supere los prejuicios se tomará el trabajo de elaborar un estudio más serio sobre un género que lo merece y comenzarán a pulular más abiertamente, al lado de otras joyas del cine en general, clásicos del género como Taboo, Garganta profunda, Emmanuelle, Monella, o hasta algún film protagonizado por la mismísima Cicciolina.
Afrodita (1928) de Pierre Marchal “Desnudos artísticos no aptos para menores y señoritas”(6) En Buenos Aires, hace años que el malba.cine nos ofrece periódicamente como parte de su programación cortometrajes pornográficos del periodo del cine denominado mudo, en formato original y acompañados por música en vivo. Estas películas aún conservan cierta espontaneidad, humor y naturalidad ausente en la producción actual. Incluso la puesta de cámara nos revela un punto de vista inusual en los estereotipos de hoy. En este contexto, especial atención merece la película Afrodita (1928, Pierre Marchal(7)), recientemente incorporada a la programación estable de la sala y proyectada en el mes de Agosto con motivo del lanzamiento de la “Colección Mosaico Criollo: primera antología de cine mudo argentino” (ver nota). Si bien se consideraba perdida, a finales de 2008 Fernando Martín Peña identificó una copia perteneciente a la colección del crítico Manuel Peña Rodríguez que se preservaba en el Museo del Cine, aunque en fragmentos dispersos y en latas distintas, bajo el título de Los amores de una cortesana, luego de ochenta años de haber sido censurada por su “alta carga de exhibicionismo y falta de moral”. Esta película, basada en la novela homónima de Pierre Louÿs, si bien se rodó en Argentina, en su estreno comercial se dijo que era francesa, como otros tantos films pornos de la época. Sin embargo, esta realización tal vez haya inaugurado el género del softcore cinematográfico, retratando las pasiones licenciosas del mundo antiguo. Es curioso como en la trama, si bien apela a una sociedad donde la mayor aspiración es el amor físico y el culto al cuerpo, sus personajes terminan enredándose en situaciones perturbadoras, donde el sadismo y la pertenencia material llevan a preferir las alucinaciones de la masturbación que la saciedad carnal de los deseos. La historia gira alrededor de una cortesana y un escultor quienes ponen en marcha un juego histérico con desenlace fatal. Solo la muerte permitirá concretar la obsesión por la posesión del otro. Para algunos, Afrodita ya se haya consagrado como film de culto que permite entrever (ya desde los orígenes del género) cómo se ubica a la mujer como objeto de deseo y sometimiento, cuyo destino son la denuncia para las que viven una vida sexual sin tabúes, o la muerte para las que se atreven a amar libremente. En este sentido, la cámara cinematográfica pareciera reforzar este argumento objetivando el cuerpo femenino que es retratado desde un punto de vista masculino, para la exclusiva satisfacción de su deseo. Así, se refuerza el imaginario que se repite a lo largo de la mayoría de los films eróticos o pornográficos: el cine como memoria de los actos amatorios, y hasta normalizador de los mismos, estableciendo los deseos aceptables y aprobados para las conductas y aquellos que caerán en lo pecaminoso y que serán debidamente castigados. En Afrodita pareciera que el personaje femenino no puede liberar su deseo sin tener un destino punitivo, mientras que el personaje masculino, quien es el artífice de las acciones que llevan a la muerte a tres mujeres, accede a la recompensa perseguida. Personaje masculino que termina satisfaciendo su libido al mirarse en un espejo y enamorándose de su propia imagen, para luego abandonar a la mujer amada a su propia suerte. En algún aspecto, se podría llegar a pensar la coincidencia del punto de vista de la narración (y de la cámara) de un gran número de films que representan abiertamente al sexo con esta mirada del escultor auto-satisfaciéndose. |
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